José Luis Gómez-Pardo, CEO de Nixval: "La factura de agua de nuestro centro de datos es literalmente la del consumo de los baños"

Hablamos con el CEO del centro de datos "neutro" más importante del este de España

Jose Luis Gomez Pardo Nixval Entrevista
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Andrés P. Mohorte

Subdirector de Xataka
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Andrés P. Mohorte

Subdirector de Xataka

Pocas infraestructuras tecnológicas han causado tanta controversia durante los últimos años como los centros de datos. Aunque su existencia precede a la inteligencia artificial, ha sido desde su auge cuando han cobrado una inusitada relevancia pública. Las ingentes necesidades de cómputo de los LLM han provocado que las grandes tecnológicas desplieguen enormes cantidades de centros de datos por todo el mundo, España incluida.

Las cifras hablan por sí solas: solo en nuestro país hay más de un centenar de centros de datos construidos o previstos, con un total de 2,9 GW de potencia; a nivel internacional, las cinco grandes tecnológicas estadounidenses gastarán este año unos 900.000 millones de dólares, sin duda la factura más elevada que deja la IA. La descomunal inversión en centros de datos es a día de hoy el factor limitante más claro para la rentabilidad de la IA, fruto de los costes siempre crecientes que representan.

Y en paralelo ha sucedido otra cosa: los centros de datos han sido instrumentalizados políticamente. Al ser poco intensivos en mano de obra, ocupar mucho espacio y consumir mucha energía, su construcción ha despertado recelos tanto en las poblaciones locales como en grupos políticos escépticos del poder de las tecnológicas. Esto ha provocado que los centros de datos sean objeto de una larga, confusa disputa sobre su impacto y beneficios.

José Luis Gómez-Pardo es el CEO de Nixval, uno de los centros de datos más singulares de España. Charlamos por teléfono en las jornadas previas al Tech Show Madrid, la gran feria de la tecnología organizada en la capital de la que Xataka es “media partner” y en la que Gómez-Pardo participará mañana hablando precisamente de los centros de datos. Su visión es útil para entender cómo ve la industria su propio auge desde dentro.

“Los centros de datos son la casa de la tecnología, el lugar donde empresas de diferentes tipos alojan sus infraestructuras para hacer funcionar sus plataformas digitales”, explica. Este es un punto importante: como hemos mencionado al principio, los centros de datos anteceden a la IA, aunque durante los últimos tiempos hayan quedado atados a ella. Nixval, situado en Valencia, lleva operando casi 20 años como un centro de datos “neutro”.

¿Qué significa “neutro” en este contexto? Lo explica Gómez-Pardo: “Proveemos principalmente a diferentes proveedores de internet un lugar en el que encontrarse con el resto de redes. Internet existe porque existe la interconexión entre redes. En el este de España somos el lugar de referencia: aquí se alojan todos los operadores posibles y les proporcionamos a todos las mismas condiciones de neutralidad para que se interconecten entre ellos”.

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Resumido de forma simple, si entendemos a internet como una infraestructura crítica, Nixval tiene especial valor para su región porque “el tráfico que se genera en la Comunidad Valenciana se queda en la Comunidad Valenciana y puede intercambiarse localmente”. En caso de catástrofe, como un apagón o como la dana de 2024, si las redes de fibra de larga distancia hasta las grandes ciudades quedan inhabilitadas, “aquí existe un lugar en el que poder intercambiar ese tráfico”.

Gómez-Pardo emplea un paralelismo de gran valor visual: los centros de datos neutros son a internet lo que los aeropuertos son a los aviones de pasajeros. “Un aeropuerto es un edificio que no es propietario de los aviones ni les vende los billetes a los pasajeros, pero facilita la infraestructura necesaria para que el tránsito de pasajeros en esa región del mundo sea mucho más eficiente”, sugiere, “y se nutre de la misma ventaja de la diversidad geográfica: cuantos más aeropuertos regionales existan, más vuelos directos habrá y menos saltos intermedios, que aumentan los costes y el tiempo”.

Hacia una soberanía de datos

Esta idea, tan poderosa, me despierta interés por el carácter tan local de Nixval, un centro de datos valenciano. La “soberanía tecnológica” se ha apoderado de la conversación política de la Unión Europea, muy dependiente del desarrollo técnico de Estados Unidos y China. ¿Tener centros de datos en nuestro propio territorio es una forma de acercarnos a la tan ansiada soberanía, al menos parcialmente?

Sí, opina Gómez-Pardo: “Hacen falta centros de datos ubicados en todos los países de la Unión Europea, controlados por los Estados miembros o por capital perteneciente a esos Estados, no capital extranjero. E incluso por encima de eso: no solo que el dato esté físicamente alojado aquí, sino que la tecnología utilizada para tratar o transportar ese dato también sea europea”. Siguiendo con el paralelismo de los aeropuertos, uno no desearía depender de otro país para que los aviones despeguen y aterricen dentro de sus fronteras.

La cuestión de la soberanía nos lleva inevitablemente hacia la regulación política. La Unión Europea se ha ganado fama de “regular antes que innovar”, coartando a través de la burocracia el desarrollo tecnológico del continente. Gómez-Pardo no lo ve del todo así, pero sí cree que con las nuevas regulaciones de centros de datos corremos el riesgo de maniatar una industria en plena expansión hasta el punto de asfixia.

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“Es una carrera que se gana de forma contraintuitiva. Está bien que la Unión Europea regule, pero cuando hablamos de algo tan avanzado y tan disruptivo, en mi opinión, se debe regular después: primero conseguir el liderazgo tecnológico y luego regular sobre eso”, opina. Para él, la base regulatoria de la Comisión es “bastante positiva”, pero depende mucho de cómo la aplique cada país.

Se trata de una cuestión de actualidad en España. La presentación del proyecto de Real Decreto sobre sostenibilidad de los centros de datos el pasado mes de agosto supuso un terremoto dentro de la industria, al obligar a las instalaciones a cubrir cada hora al menos un 80% de su consumo con renovables nuevas. Esta idea ha sido matizada en la última revisión del Ejecutivo, pero sigue causando asperezas con los principales actores de la industria. Temen que, a causa de la regulación, España pierda su posición como hub continental.

“Una solución técnica tiene que ser, primero, factible y, segundo, económicamente viable. Bajo esas premisas, la obligatoriedad del uso de energías renovables, PPA y demás (…) puede ser algo muy positivo. Pero el gran inconveniente que yo atisbo aquí es la correspondencia horaria. Es tremendamente complicado implementarla a nivel técnico, y sobre todo en los plazos que se marcan”, plantea Gómez-Pardo.

El proyecto no se conforma con que los centros de datos compren a lo largo del año tanta energía renovable como consumen, que es como las grandes tecnológicas presumen hoy de funcionar en España. Les exige que, hora a hora, al menos el 80% de lo que consumen proceda de electricidad renovable generada en esa misma hora, en instalaciones propias o mediante contratos a largo plazo con plantas nuevas españolas. Un centro de datos consume casi lo mismo a las tres de la tarde que a las tres de la madrugada, mientras que la solar solo produce de día.

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Para cumplir de noche o en días sin viento hay que combinar fotovoltaica, eólica y baterías, y sobredimensionar la instalación respecto al consumo real. Según Gómez-Pardo, “eso multiplica, a grandes rasgos, prácticamente por diez la necesidad de energía (…) Hay una correlación muy directa entre el coste de un nuevo centro de datos y la energía que va a consumir, que también se construye en ese momento”. Su preocupación es que ese aumento de costes mate muchos proyectos desde el inicio, siendo como son los centros de datos inversiones costosas.

“Seamos claros: esta inversión que quiere venir a España por todos los mimbres que tenemos, si aquí no encuentra las condiciones, si construir cada megavatio va a ser más caro que en el extranjero, al final buscará otros destinos. Lógicamente, España tiene que satisfacer su necesidad de infraestructura digital, pero no a cualquier precio”, completa.

¿Y a qué obedece la regulación planteada por España? La principal razón es el interés que las grandes tecnológicas han depositado en nuestro país. Regiones como Aragón disponen de abundante energía, abundante espacio y abundante voluntad política para convertirse en auténticos epicentros de la industria. Sucede que, como hemos visto recientemente a propósito de Villanueva de Gállego, cuyo ayuntamiento reclamó a Amazon los impuestos que tributaba en Madrid, los habitantes afectados por la instalación de centros de datos no siempre perciben sus beneficios de forma directa. Al contrario: lo que observan o interpretan es una degradación ambiental atribuible a su construcción.

Batallando la mala fama

En el centro de casi todas las disputas está el consumo de agua. Es un asunto que persigue a los centros de datos desde hace varios años, amplificado por un error de cálculo en un popular libro. Gómez-Pardo es consciente del problema de imagen que tiene la industria, específicamente en torno al consumo de agua. Considera que no tiene mucho fundamento, dado que en España la mayoría de centros de datos refrigeran sin impacto hídrico y con expansión directa de gas o de circuitos cerrados.

La refrigeración evaporativa con agua potable fue una solución implementada por algunos centros de datos estadounidenses, y según Gómez-Pardo es minoritaria en España, aunque no inexistente: Amazon acaba de recibir permiso para gastar un 48% más de agua en su centro de El Burgo de Ebro. “Yo te puedo decir que Nixval no consume agua: nuestra factura del agua mensual es literalmente la del consumo de los baños (…) Hacemos habitualmente visitas con universidades, institutos o asociaciones profesionales, y siempre surge: ‘¿los centros consumen agua?’. Pues tengo el dato concreto, y el consumo de agua corresponde únicamente al de los baños”.

Ante la claridad de su respuesta, le planteo las objeciones que vecinos y algunas organizaciones políticas hacen a nivel energético. Por su naturaleza, los centros de datos consumen mucha energía. ¿Es un problema? “Es equivalente a preguntarse cuánta energía consume el metro de Madrid. ¿Consume energía eléctrica? Sí, desde luego. Pero cualquier otra alternativa sería peor”. Gómez-Pardo defiende a los centros de datos como una infraestructura más eficiente, por puro efecto de escala, que un escenario donde cada empresa aloje sus “cuatro o cinco servidorcitos”, como sucedía antes, en sus propias instalaciones.

Llegamos al fondo de la cuestión de los centros de datos en la esfera pública: tienen mala fama. Quizá el sector no ha sabido explicar bien qué es, para qué sirve, qué impacto real tienen en la sociedad. Gómez-Pardo cree que han pecado de solipsismo: “La industria, en realidad, ha sido tremendamente técnica y ha hablado entre ella. Hemos pasado prácticamente 20 años hablando entre nosotros de ingeniería y telecomunicaciones, pero no hemos hecho la labor de ser didácticos, salir al exterior y comunicar (...) Soportamos la vida digital de toda la sociedad y no hemos sabido explicar cómo lo hacíamos”.

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Y llama la atención sobre algo: “Hasta prácticamente 2020 éramos una infraestructura crítica para la sociedad totalmente invisible. Nadie sabía nada al respecto. ¿Qué ocurrió? Que empezamos a captar atención”. La mezcla de inversión rápida por un lado y los relatos entrecruzados en torno a la IA por otro han provocado que, de cara al público, los centros de datos sean una infraestructura problemática. Aunque él es optimista: “La realidad social no es tan negativa como nos hacen creer (…) Aquí en España no considero que exista esa tensión, o no es tan palpable”.

Con estos mimbres y ante un futuro mediado irremediablemente por la IA, cabe preguntarse qué podemos esperar de los centros de datos a uno, dos, cinco, diez años vista. Le planteo la pregunta a Gómez-Pardo y responde de inmediato: “Tendremos inteligencia artificial por todas partes y la usaremos con una interacción entre modelos. Habrá diferentes modelos: uno encargado del sonido, otro del movimiento, otro de la visión, otro del tacto. Y habrá sensores, incluso autómatas, robots, que necesitarán recibir todos estos datos, procesarlos e interactuar entre diferentes modelos”.

La palabra en la que más hace hincapié: latencia. Una cosa es pedirle a Claude que nos haga un informe para el que tenemos tiempo de sobra durante toda la mañana, otra muy distinta es que el funcionamiento de nuestro robot humanoide o de nuestra máquina-herramienta robotizada en una fábrica dependa al 100% de tiempos de respuesta y procesamiento muy rápidos. En ese escenario, cuanto más cerca esté el centro de datos de nosotros, mejor.

“Iremos hacia un mundo en el que el tiempo de respuesta entre el modelo que procesa la información y el sensor que la recibe, es decir, entre el autómata que está cerca de ti y el data center, será inferior a un milisegundo. Llevado al mundo físico, eso requerirá que existan puntos de intercambio como Nixval quizá cada 80 kilómetros”, añade.

El escenario que dibuja Gómez-Pardo es interesante. Más que un monopolio de hiperescaladores con infraestructuras gigantescas, iremos hacia una red descentralizada con pequeños actores centrados en dar respuesta local a demandas locales. Hacia centros de datos como Nixval, en suma.

Imagen | Nixval, editada con ChatGPT, Valentin Lacoste, Northleg Official, Kirill Sh, Jakub Żerdzicki, Alexis Presa, İsmail Enes Ayhan, Taylor Vick

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