El 13 de marzo de 2004, al amanecer, quince vehículos partieron desde Barstow, California, rumbo al desierto de Mojave. No llevaban conductor. Su misión era recorrer más de 200 kilómetros de terreno hostil hasta Primm, Nevada, sin nadie al volante ni control remoto de por medio. El primero que lo lograra se llevaría un millón de dólares. Ninguno lo consiguió.
Objetivo: operar sin conductor. La DARPA Grand Challenge fue una competición organizada por la agencia de proyectos avanzados de defensa de Estados Unidos, el mismo organismo que en su día sentó las bases de internet. El Congreso estadounidense había fijado la meta de que, para 2015, un tercio de los vehículos militares terrestres pudieran operar sin conductor, reduciendo así el riesgo para los soldados en misiones de reabastecimiento y transporte en zonas de guerra.
Para acelerar esa investigación, DARPA decidió abrir la puerta a cualquiera, ya fuesen universidades, aficionados, o ingenieros independientes. Bastaba con presentar un vehículo capaz de conducirse solo.
En detalle. Veintiuna candidaturas superaron las pruebas de clasificación previas, celebradas en el circuito California Speedway, y quince vehículos llegaron a la línea de salida del desierto. Había de todo, desde todoterrenos, hasta camionetas e incluso motocicletas modificadas con ordenadores, radares, cámaras y receptores GPS para "ver" el terreno y decidir por sí mismos cómo sortearlo.
La ruta, de unos 228 kilómetros, no se reveló hasta dos horas antes de la salida, precisamente para comprobar que los sistemas fueran capaces de interpretar el entorno en tiempo real y no de memorizar un trayecto de antemano.
Un desastre casi cómico. Uno de los coches volcó nada más empezar y tuvo que retirarse antes de la salida oficial. Otros dos ni siquiera llegaron a arrancar la prueba. A las tres horas de carrera, de un límite de diez, solo cuatro vehículos seguían en marcha. El resto fue cayendo por fallos mecánicos, frenos bloqueados, ejes rotos o sistemas de navegación que perdían el rumbo.
Según recoge la revista especializada IEEE Spectrum, la imagen que ofrecía la salida era "la colección de vehículos más variopinta reunida en un mismo lugar desde el rodaje de Mad Max 2".
Quién llegó más lejos. El vehículo que más avanzó fue Sandstorm, un Humvee de 1986 modificado por el equipo Red Team de la Universidad Carnegie Mellon. Recorrió 11,9 kilómetros antes de quedar encallado en un desnivel del terreno tras salir de una curva de herradura, según explicó la propia universidad. El impacto rompió ejes delanteros y reventó las ruedas, y el combustible empezó a derramarse del depósito.
Su responsable, el profesor de robótica William "Red" Whittaker, reconocía que el coche llegaba "herido" a la prueba, ya que había volcado durante un ensayo la semana anterior y el equipo apenas tuvo tiempo de repararlo del todo. Poco después, otro de los vehículos, apodado D.A.D. (Digital Auto Drive), quedó inmovilizado y llegó a incendiarse antes de que los responsables del evento lo desactivaran a distancia. Ningún equipo superó los 12 kilómetros de un recorrido que debía superar los 200.
No fue del todo un fracaso. Aunque el millón de dólares se quedó sin dueño, DARPA consideró que el experimento había cumplido su función real: demostrar que existía una comunidad de ingenieros, estudiantes y programadores dispuesta a resolver un problema que hasta entonces parecía cosa de ciencia ficción.
Al día siguiente del desastre en el desierto, la agencia anunció que repetiría la prueba año y medio después, esta vez con dos millones de dólares.
Y la revancha llegó. El 8 de octubre de 2005, en una nueva edición sobre un trazado de 212 kilómetros, cinco vehículos completaron el recorrido por primera vez en la historia. El ganador fue Stanley, un Volkswagen Touareg modificado por el equipo de la Universidad de Stanford liderado por el ingeniero alemán Sebastian Thrun, que cruzó la meta en 6 horas y 53 minutos. El propio Sandstorm, ya reparado, quedó segundo.
El verdadero impacto llegó después. Aquella carrera por el desierto acabó siendo el germen de la industria del coche autónomo tal y como la conocemos hoy. Los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, acudieron disfrazados a presenciar la prueba de 2005 y, poco después, ficharon a Thrun para liderar Google X, el laboratorio de proyectos experimentales de la compañía.
Allí, junto a otros veteranos de las pruebas de DARPA como Anthony Levandowski, Chris Urmson o Mike Montemerlo, Thrun puso en marcha en 2009 el proyecto secreto que con el tiempo se convertiría en Waymo, hoy una de las principales empresas de coches autónomos del mundo. El propio Stanley, el coche ganador de 2005, se conserva actualmente en el Museo Nacional de Historia Americana del Smithsonian.
Y ahora qué. Dos décadas después de aquella primera prueba fallida en el desierto, los coches sin conductor circulan ya por las calles de ciudades como San Francisco, Phoenix o Shanghái, y compañías como Waymo o Tesla apuestan por que los taxis autónomos se conviertan en algo habitual. En España veremos fugazmente algunos haciendo pruebas este año por Madrid. Aunque lo realmente curioso fue que, una prueba en la que la mayoría de coches hicieron el ridículo, terminó siendo el punto de partida real de una tecnología que hoy mueve miles de millones de dólares.
Imagen de portada | Lemonodor

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