Puede que el caza europeo haya muerto, pero hay un plan B para evitar al F-35. Uno con España, Alemania y un invitado inesperado

Puede parecer una maniobra desesperada, pero en realidad es el último intento de evitar que el futuro del combate aéreo europeo se diseñe en Washington

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Miguel Jorge

Editor

Mientras Europa aún intentaba convencerse de que otra gran guerra era imposible, Alemania hacía volar por primera vez el Messerschmitt Bf 109 en 1935: el caza que acabaría convirtiéndose en la columna vertebral de la Luftwaffe. Noventa años después, el continente vuelve a debatir la misma pregunta de fondo: quién construirá su próxima superioridad aérea. 

La muerte del gran caza europeo. El gran sueño europeo de construir un caza de sexta generación común se ha estrellado. El núcleo tripulado del programa FCAS, el llamado NGF, llevaba años bloqueado por la guerra industrial entre Airbus y Dassault Aviation, pero ahora ya es oficial: la fórmula franco-alemana ha colapsado. 

Lo que debía ser el heredero conjunto del Eurofighter Typhoon y del Rafale se ha roto por algo muy europeo: reparto de poder, dinero y soberanía tecnológica. Francia quería liderarlo, y Alemania no aceptó ser socio secundario.

El peligro del vacío. Cuando un programa así muere, el riesgo no es solo industrial. También es estratégico. Europa necesita un sustituto para sus cazas actuales entre 2040 y 2045, y el reloj sigue corriendo. La salida más rápida sería comprar más Lockheed Martin F-35 Lightning II, algo que ya está sobre la mesa en Berlín. 

Pero eso significaría asumir que la soberanía aérea europea ha fracasado y que la dependencia de Washington es irreversible. En un momento en que Estados Unidos mira cada vez más hacia Asia y menos hacia Europa, eso tiene implicaciones mucho más profundas que simplemente comprar aviones.

El plan B existe. Aquí entra el verdadero giro, porque que el gran caza europeo haya muerto, pero no la idea de construir uno. Alemania y España han movido ficha con el denominado “Team Gen 6”, una nueva alianza industrial liderada por Airbus que intenta rescatar lo aprovechable del FCAS y convertirlo en otra cosa: un proyecto más ágil, menos político y más realista. No es un reinicio desde cero, ya que los motores, redes de combate, armas guiadas y drones acompañantes siguen vivos, y lo que ha muerto es la arquitectura política original.

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España deja de ser secundaria. En este nuevo tablero, qué duda cabe, España ganaría peso. Hasta ahora era el socio menor de un proyecto dominado por París y Berlín, pero el colapso ha cambiado las circunstancias. Empresas como Indra Sistemas, GMV, ITP Aero o Sener pasan a formar parte del núcleo duro del nuevo diseño. 

Para España, esto no es solo cuestión de defensa, es también industria, tecnología y presencia en la cadena de valor del futuro combate aéreo europeo. Dicho de otra forma, si el plan prospera, la nación española dejará de ser acompañante para convertirse en actor central.

Suecia como pieza inesperada. El gran problema de Team Gen 6 es el tamaño. Alemania y España juntas difícilmente justifican económicamente un programa de cientos de miles de millones. 

Por eso el nombre que empieza a sonar con fuerza es Saab AB. Suecia encaja mejor que Reino Unido o Japón porque sus necesidades son más parecidas: un avión más contenido, más barato y menos gigantesco que el GCAP anglo-japonés. Si Berlín, Madrid y Estocolmo convergen, podría surgir una tercera vía europea muy distinta a la francesa y a la británica.

Antes del F-35 queda una bala. Si se quiere también, eso es lo realmente importante. El colapso del NGF no significa que Europa haya perdido su última oportunidad. Significa que la vieja fórmula ha muerto y otra está intentando nacer de los escombros. En ese sentido, Alemania, España y Airbus lo saben. 

Por eso el verdadero plan B no es comprar el F-35 estadounidense, ese es el plan de emergencia. El plan B real es intentar salvar una autonomía industrial europea con otra coalición, otra lógica y otro calendario. Y aunque puede parecer una maniobra desesperada, en realidad es el último intento de evitar que el futuro del combate aéreo europeo se diseñe (otra vez) en Washington.

Imagen | Robert Sullivan

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