Hay una frase que siempre me repetían mis abuelos cuando a escondidas, como de contrabando, me regalaban algunas monedillas (o algún que otro billete) en las sobremesas familiares de los domingos o les acompañaba a comprar lotería de Navidad: "El dinero llama al dinero", me decían. Y, los abuelos, casi siempre tienen razón.
Detrás de ese dicho hay una idea con más de cincuenta años de estudio científico a sus espaldas. Un sociólogo le puso nombre en 1968 y, desde entonces, es una de las explicaciones más recurrentes de por qué le cuesta tanto a los más pobres incrementar su patrimonio: el efecto Mateo.
Una frase que viene de la Biblia. El término nace de un pasaje del Evangelio de San Mateo (25:29). El versículo original dice: "Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado".
El sociólogo Robert K. Merton tomó esa idea bíblica en 1968 para convertirla en un estudio publicado en la revista Science sobre un hecho que había observado entre sus colegas científicos: los investigadores más famosos se llevaban más crédito que sus colegas menos conocidos. Pasaba incluso cuando ambos habían aportado lo mismo al trabajo. Bautizó el fenómeno como "efecto Mateo" por el versículo que evocaba lo que mis abuelos siempre me decían: el dinero llama al dinero o, en este caso, el éxito llama al éxito.
Un versículo respaldado por números. En economía, el efecto Mateo se nota en la rentabilidad de los activos. El economista francés Thomas Piketty lo resumió con una fórmula corta. Cuando el capital rinde más que la economía, quien ya tiene patrimonio gana más cada año, sin mover un dedo. Dicho de otro modo, cuando las bolsas están disparadas, el patrimonio de quienes más tiene, crece en mayor proporción que el de aquellos que basan su sustento en las rentas del trabajo.
Un estudio Bank for International Settlements lo comprobó con datos reales de Italia. Entre 1991 y 2016, el 10% más rico logró una rentabilidad de hasta 2,75 puntos superior sobre sus activos. Ganó ese plus gracias en parte al acceso temprano a la banca digital. La ventaja se fue reduciendo según la banca online llegó a todos los hogares.
Un fenómeno más allá de la riqueza. Un estudio publicado en PNAS realizado por investigadores de la Universidad de Harvard quiso ver si ese patrón de "tendencia al favoritismo" hacia quienes más tenían se replicaba en otros ámbitos fuera de la economía y analizó el efecto Mateo en la financiación de proyectos científicos.
Los investigadores de Harvard compararon a quienes quedaron justo por encima y por debajo del umbral de aprobación de nuevos fondos y descubrieron que los primeros consiguieron más del doble de fondos en los ocho años siguientes. La diferencia no vino de méritos nuevos. Vino de tener ya un proyecto aprobado, esa inercia da prestigio y facilita la siguiente solicitud. El estudio de Harvard, por tanto, confirmaba la teoría de Merton y cuando un investigador famoso colaboraba con uno desconocido, el primero se llevaba casi todo el crédito, aunque el trabajo se compartiera a partes iguales.
Aprender a leer también sigue esta regla. El patrón del efecto Mateo se ha observado en áreas tan distantes de los círculos financieros como es el de la educación. El psicólogo Keith Stanovich estudió a niños que leen bien desde pequeños. Las conclusiones de su investigación es que estos niños que ya han aprendido a leer cuando sus compañeros apenas comienzan, acumulan más vocabulario, más comprensión y más facilidad para seguir aprendiendo cosas nuevas.
En cambio, aquellos que comienzan con dificultades leen menos y se quedan más atrás con cada curso. En apenas tres o cuatro años, la brecha entre ambos grupos ya es enorme. Los profesores lo describen como una espiral que se alimenta sola, cada vez más difícil de frenar. Un escenario fácil de identificar si, en la actualidad, se traslada ese mismo patrón a la desigualdad en la concentración de riqueza entre los más ricos y los más pobres.
Una brecha que las herencias no hacen sino ampliar. La riqueza heredada multiplica y acelera este patrón generación tras generación. Un análisis reciente calcula que las herencias explican alrededor de un tercio de esa brecha de riqueza en países como España, Francia o Estados Unidos.
A escala global, el reparto es todavía más desigual. Desde mediados de los 90, el 1% más rico se quedó con el 38% del crecimiento de la riqueza mundial. La mitad más pobre apenas capturó un 2%. La teoría del efecto Mateo llevado a la realidad explica el reparto desigual de la riqueza en regiones como América Latina. Algo parecido muestra también el índice Gini en la mayoría de países. Saberlo no cambia el sistema, pero explica por qué, a alguien de orígenes humildes, cuesta tanto alcanzar una situación económica holgada.
El efecto Mateo en las grandes fortunas. Por poner en contexto el efecto Mateo en la concentración de riqueza, en 2016, Bill Gates era el hombre más rico del mundo según Forbes, con un patrimonio estimado de 75.000 millones de dólares. En quinta posición encontrábamos a Jeff Bezos con 45.200 millones de dólares.
Una década más tarde, Elon Musk ostenta el título de persona más rica del mundo con un patrimonio de 708.000 millones de dólares. Es decir, se ha multiplicado por diez el volumen del patrimonio de la persona más rica. Por su parte, la quinta mayor fortuna en 2026 es Michael Dell, con un patrimonio de 228.800 millones de dólares, lo que implica que se quintuplicado la cuantía de este quinto puesto.
En contraste, según el Informe de riqueza mundial 2016 de la entidad suiza Credit Suisse, la riqueza media por adulto en España en 2016 era de 116.320 dólares, mientras que el Informe Global Wealth 2025 elaborado por UBS señala que la riqueza media en 2025 era de 111.575 dólares
Imagen | Unsplash (Masarath Alkhaili)
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