Durante décadas, mucho antes de que se inventaran los aires acondicionados y los ventiladores tomaran cada rincón de su geografía, España sabía cómo manejar el calor: de día, todo cerrado a cal y canto; de noche, todo abierto y a ventilar.
Suena rudimentario, pero en 2026 esa sigue siendo la estrategia que recomienda el Ministerio de Sanidad. Y, sin embargo, hay un problema.
La España del juego de persianas no dormía en ciudades a 26 grados a las cuatro de la mañana. Ni 26, ni 28, ni más de 30, como ha venido ocurriendo estos días en Almería. La llegada de las 'noches infernales' pone en jaque todo lo que creíamos saber sobre gestión doméstica del calor. Por eso, nos hemos preguntado... ¿y ahora qué?
Lo que hacíamos hasta ahora. Ese saber popular del que hablaba se hace viral cada vez que el calor hace acto de presencia. Y, como digo, tiene sentido. En un mundo en el que refresca por la noche, la estrategia ganadora es el enfriamiento nocturno y el aislamiento diurno. Lo que dice el Plan de Sanidad frente a las altas temperaturas.
El asunto central aquí es que ese mundo ha dejado de existir.
Porque la clave no es la hora, es el termómetro. En realidad, lo que buscamos es abrir cuando hace fresco y cerrar cuando hace calor. Normalmente hace fresco por la noche, pero...
¿Y si deja de hacerlo? El verano se ha estirado cinco semanas y España es unos dos grados más cálida que a comienzos los ochenta. Las noches tórridas (con mínimas de 25 grados o más) se han multiplicado por diez desde 1984 en las diez capitales más pobladas y, según datos de AEMET, eso afecta a unos nueve millones de personas. Incluso las tropicales (mínimas de 20 o más) suman hoy una docena más al año que hace décadas.
Que no podemos dormir... aunque los investigadores no se han puesto de acuerdo en cuál es la temperatura ideal para dormir (algunos apuntan que son unos 18,3ºC, pero no hay un consenso), sí lo han hecho en una idea fundamental: dormir con calor es objetivamente una mala idea.
Sea por el motivo que sea, es cierto que nuestra temperatura cambia entre la vigilia y el sueño. De hecho, "la regulación térmica es un factor significativo" en el control del sueño, explicaba el profesor Cameron Van Den Heuvel, de la Universidad de Adelaida. "En torno a una hora o treinta minutos antes de dormir, el cuerpo empieza a perder calor corporal. Esto hace que aumenten los sentimientos de cansancio en adultos normales sanos".
Las personas con insomnio, sin ir más lejos, "muestran que tienen una temperatura basal justo antes de dormir más alta que las personas que no tienen problemas de sueño". El calor ambiente no ayuda a esa reducción térmica y parece demostrado que cuando la temperatura es muy alta, es más difícil conciliar el sueño y, cuando se consigue, este es de muy poca calidad.
¿Y entonces qué hacemos? En el interior peninsular, como la amplitud térmica sigue siendo alta, abrir de madrugada rinde. No hay nada que cambiar.
El problema es para quien vive en la costa o en la gran ciudad. Cuando la noche supera los 20 grados, la estrategia se invierte. Ventilar por la noche deja de ser la técnica principal y la batalla se gana de día: hay que sellar la casa en cuanto la calle se caliente, exprimir la inercia térmica y usar el aire acondicionado con cabeza.
No obstante, a medida que las noches se calientan los trucos domésticos se acaban. Si la tendencia se confirma, tendremos que asumir que hay que transformar el parque de viviendas: protección solar, rehabilitación y refugios climáticos serán las palabras de moda en pocos años.
Imagen | Fernando Rosado
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