Por qué los españoles, al contrario que los habitantes de otros países, tenemos dos apellidos

Por qué los españoles, al contrario que los habitantes de otros países, tenemos dos apellidos
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Seguro que te lo has preguntado más de una vez al estrechar la mano de un alemán o un inglés o quizás mientras ves una peli de Hollywood y te fijas en los nombres de sus protagonistas: ¿Por qué ellos tienen un apellido y nosotros dos? ¿Por qué, por ejemplo, Bill Gates se llama así y no Bill Gates Maxwell, añadiendo el de su madre? ¿Y por qué si tienes que cubrir un impreso oficial en EEUU lo más probable es que tengas que comprimir tus dos apellidos en una única casilla?

En resumen: ¿Por qué somos "bichos raros" de la genealogía? En otros países vecinos los recién nacidos han recibido tradicionalmente un solo apellido —el del padre, casi siempre—. La pauta se ha flexibilizado a lo largo de los últimos años, cierto; pero a menudo cambiar la dinámica exige que los progenitores lo escojan de forma directa. No es algo automático, como en España.

La historia de por qué nos apellidamos como lo hacemos obliga a dar un salto considerable en el tiempo, de cinco siglos, hasta la época del cardenal Cisneros. A él le debemos el primer intento por poner cierto orden donde hasta entonces reinaba básicamente el caos y la arbitrariedad; que de una sopa desordenada de nombres hayamos pasado a lo que hoy entendemos como apellidos.

Objetivo: poner un poco de orden

Hasta principios del XVI lo habitual era que cada persona cargase con un nombre de pila y un genitivo, una coletilla casi casi a modo de apodo que estaba relacionado con su lugar de origen o familia y que básicamente servía para identificarla. Si bien es cierto que aquello tenía sentido, daba pie también a algunas circunstancia que hoy nos parecerían delirantes y, sobre todo, hacían que la administración fuese endiabladamente complicada. Un ejemplo claro: ¿Se apellidaban igual dos hermanos que habían nacido en ciudades distintas? Puede que sí. Puede que no.

Para arrojar algo de orden en ese caos, a principios del siglo XVI el poderoso, influyente y sobre todo metódico y ordenado cardenal Cisneros decidió tomar cartas en el asunto: cada persona recibiría el apellido de su progenitor. De forma obligatoria, sin opciones. La medida se instituyó en 1501 y sirvió como primer paso para que hoy compartas apellidos con tus padres y hermanos.

Poco a poco y ya en el siglo XVI el uso del doble apellido fue calando entre la clase alta de Castilla, de buen linaje y que se resistía a ver cómo una de sus dos marcas de familia se esfumaba. Con el tiempo fue calando entre el resto de la población del país. “La Administración se percata de que es mucho más sencillo controlarnos con el sistema del doble apellido”, comentaba hace poco Antonio Alfaro, el presidente de la Asociación de Genealogía Hispana (Hispagen), en laSexta.

En la década de 1830 lo del doble apellido era ya una práctica habitual, aunque todavía sin regular. Para que su adopción empezase a institucionalizarse habría que esperar varias décadas, a mediados del siglo XIX, cuando se incluye por primera vez en el registro oficial. Que se convirtiese en la norma exigió sin embargo algo más de tiempo: no llegó hasta el Registro Civil de 1871.

Su aplicación vía ley se confirmó ya definitivamente dos décadas después, con el Código Civil de 1889. Aquel texto recogía en su artículo 114 que los hijos tienen derecho a ambos apellidos, el del padre y la madre. Práctica similar se encuentra en otras latitudes, como países de habla hispana.

¿Fue ese el final de la historia?

No. Hace años un cambio legal permitió romper la que había sido la pauta durante siglos y que los progenitores pudiesen escoger el orden de los apellidos, sin que el del padre figure por defecto en primer lugar. Las modificaciones, en cualquier caso, no son exclusivas de España.

A lo largo de los últimos años en Italia o Francia, por ejemplo, se han dado pasos también para que los retoños puedan incorporar sus dos apellidos. En Francia incluso [hay un movimiento](Porte mon nom), Porte mon nom, para que los recién nacidos reciban ambos de forma automática. Casos hay de todo tipo. En Suecia ante la falta de acuerdo pasa lo contrario: prima en exclusiva el de la madre.

Una cadena de cambios que explican que hoy nos llamemos como nos llamamos.

Y que los funcionarios no tengan que tirarse de los pelos por los desbarajustes de nombres.

Imagen: Jacek Dylag (Unsplash)

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