Hace tiempo que asimilamos que estamos rodeados de microplásticos, tanto en el agua que tomamos como en los alimentos o incluso el aire que respiramos, haciendo que aparezcan hasta en la placenta humana. Sin embargo, todavía son muchas las preguntas en torno a las consecuencias de tener estos microplásticos en el organismo, aunque la ciencia sigue dando pasos para poder darnos una respuesta sobre cómo puede alterar nuestra salud general, y lo último que conocemos está relacionado con el efecto sobre nuestro aparato digestivo.
La zona cero. Algo que ya es conocido casi por cualquiera es que el intestino está plagado de billones de microorganismos que son fundamentales para nuestra inmunidad y también para el metabolismo, haciendo que su alteración esté relacionada incluso con problemas en el sistema nervioso central.
Pero ahora, la ciencia apunta a que los microplásticos pueden alterar drásticamente la composición y diversidad de este ecosistema al destruir algunas de las bacterias que albergamos en nuestro interior para crear un ambiente completamente diferente que puede afectar a nuestras digestiones, pero también a otras partes del organismo.
Cómo se ha visto. Para entender cómo ocurre esto en tiempo real, investigadores del CSIC desarrollaron un sofisticado sistema patentado de simulación de digestión conocido como SIMGI. Este se basa principalmente en introducir en el estómago y el colon unas partículas artificiales formadas por el plástico típico de las botellas de agua y observar cómo afectaba a la diversidad bacteriana.
A partir de aquí las diferentes investigaciones han visto que las familias de bacterias beneficiosas, como Lachnospiraceae, Oscillospiraceae y Ruminococcaceae, caen en picado, mientras que se favorece el crecimiento de grupos que pueden generar enfermedad. Y es que hay que entender que las bacterias 'buenas' ocupan un espacio en nuestro intestino para que nada más pueda 'germinar' ahí. Pero lógicamente, si desaparecen, dejan su 'hueco' para que pasen otras bacterias.
Va más allá. Pero más allá de un desequilibrio bacteriano, hay diferentes investigaciones que apuntan ya a cómo los microplásticos destruyen la barrera física que tenemos en nuestro intestino. De esta manera, los científicos han detectado que estos diminutos fragmentos provocan la generación de estrés oxidativo y, por tanto, la sobreproducción de especies reactivas de oxígeno, que lo único que genera es un gran daño sobre los tejidos.
Pero este ataque químico se suma también a un daño mecánico, que algunos expertos categorizan como 'lija', puesto que juntos logran reducir la expresión de proteínas que son clave para mantener la estructura de unión que caracteriza a las células que existen en nuestra pared intestinal.
El resultado. Si destruimos el andamio que mantiene las 'paredes' de nuestro aparato digestivo, lo único que se va a conseguir es que aumente la permeabilidad intestinal, por lo que cualquier toxina o molécula bacteriana va a poder pasar del intestino hasta el torrente sanguíneo, ya que no existe una 'muralla' que bloquee el acceso de los agentes que no se desean en nuestro organismo.
Lógicamente, el paso de toxinas sin el control de esta barrera intestinal activa nuestras defensas del sistema inmunitario, lo que se traduce en una inflamación mantenida en el tiempo que favorece la destrucción de tejidos y también avanza en enfermedades crónicas importantes.
Hay más. Por si fuera poco, se sabe que los microplásticos son unos excelentes vehículos de transporte, ya que al entrar en contacto con nuestros fluidos biológicos se recubren de una "corona proteica". Esto es algo realmente importante, ya que literalmente esta capa camufla el microplástico y facilita que se adhiera a nuestras células vivas.
Pero sumado a todo esto, también vemos que pueden actuar como el soporte perfecto para las bacterias y formen lo que se conoce como biofilms. De esta manera, se puede ver el microplástico como un vehículo para las comunidades microbianas externas y potencialmente peligrosas directamente a nuestros tejidos
¿A dónde van? Si los microplásticos alteran nuestras barreras, lógicamente el plástico tiene vía libre y es por eso que es capaz de viajar a diferentes órganos como, por ejemplo, el hígado, los riñones o el cerebro. Y una vez aquí, la investigación ya apunta a que su acumulación está relacionada con daños en el ADN, la desregulación del sistema inmunológico o alteraciones en todo nuestro sistema hormonal que pueden derivar en enfermedades crónicas.
Imágenes | rimufilms en Freepik
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