Madrid quiere la noria más grande del mundo. De momento se está conformando con un tiovivo francés

  • Tras casi 60 años de explotación sin cambios, el Ayuntamiento de Madrid presenta una nueva licitación del mítico Parque de Atracciones de Casa de Campo

  • La batalla por colocar una noria de 260 metros todavía no se ha resuelto

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Isra Fdez

Colaborador

Cincuenta y nueve años. Esa es la cantidad de tiempo que ha pasado desde que el noble Parque de Atracciones de Madrid lleva sin una nueva licitación que permita a alguna nueva empresa gestionar las más de 30 máquinas que atraen aproximadamente un millón de visitantes cada año. 

Un único explotador. La concesión jugó a favor de una única empresa: por un periodo inicial de 35 años, hasta 1992, el concesionario podía así amortizar al completo la inversión en obra civil y atracciones. Y tanto: se estima que más de un millón de personas se pasean por estas atracciones cada año. El plazo se fue ampliando: primero, una prórroga de 24 años más, hasta 2016; después, otra extensión hasta el 27 de septiembre de 2027, coincidiendo con sucesivas grandes reformas internas —más áreas temáticas, montañas rusas, ampliación Nickelodeon— que justificaban mantener el mismo operador.

Casi seis décadas de explotación continuada desde la concesión a Parques Reunidos que arrancó en 1967. Y ahora, Madrid quiere “resucitarlo” bajo dos reglas claras: una concesión de ocho años imporrrogables y una puesta a punto completa. Y, en el horizonte, esa atracción gargantuesca de la que hemos hablado en alguna ocasión.

Dos veces el London Eye. Literalmente, Madrid sueña con la noria más grande del mundo. Detrás del Foro Empresarial de la capital, que lleva años defendiendo una estructura de unos 260 metros, duplicando los 135 metros del London Eye. El diseño de Carlos Rubio plantea un aparato elíptica más alta que el Ain Dubai (250 metros), con cabinas panorámicas y un mirador de varios pisos en el centro. El problema es que buena parte de Madrid no quiere hablar de la noria.

En 2025, el Ayuntamiento encargó un estudio geotécnico para valorar si era viable plantar algo de semejante escala en el parque Enrique Tierno Galván, dentro de Arganzuela. El informe concluyó que técnicamente se podía hacer. Y los vecinos se opusieron, sospechando que este movimiento sería la antesala de la privatización de un pulmón verde, una zona idílica para pasear al perro o leer un rato.

La asociación vecinal Delicias para Todos advirtió del impacto: 300 árboles menos, casi mil metros de suelo perdido y un paisaje público robado. Juntaron más de 14.000 firmas en contra en pocas semanas. Finalmente, una parcela municipal junto a las cocheras de la EMT, al ladito del hospital de La Paz en Madrid Nuevo Norte, aún sin proyecto formal registrado en el Ayuntamiento, será presuntamente el nuevo hogar de esta rueda estelar.

Un tiovivo francés. Paralelamente, el Consistorio ha decidido sacar a concurso la gestión del mítico Parque de Atracciones de Casa de Campo. José Luis Martínez-Almeida, alcalde de la ciudad, anunció durante el Debate del Estado de la Ciudad que esas casi veinte hectáreas pasarán a concurso. Objetivo: modernizarlo.

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Entre las condiciones hay una joya muy específica a conservar, mantener y restaurar: el tiovivo de madera, la más antigua de todas las máquinas, construido en Francia en 1927 y adquirido para la inauguración del parque en 1968. Un feriante madrileño lo compró y lo llevó hasta la pradera de San Isidro, para finalmente pasar a manos del Ayuntamiento e instalarlo en Casa de Campo. Está considerado “una de las piezas con mayor valor patrimonial del recinto” y protegido bajo una pérgola de madera para evitar que se deteriore.

Taxidermia y memoria. Dicho tiovivo es una atracción artesanal de estilo art déco/modernista, hecha a mano por ebanistas franceses, con caballos, tigres, elefantes e incluso cerdos tallados en madera, algunos con ojos de cristal propios de taxidermia, y melodías de época que recrean la atmósfera de principios del siglo XX. Un poco turbio para niñeces actuales, si bien la memoria del carrusel pesa más que cualquier susto.

Durante su última gran restauración, completada en 2012 por el artista Félix Rego, se desmontaron y recompusieron figuras, se corrigieron daños tras décadas a la intemperie y se repintó desde la capota hasta el cromado. La idea era que el carrusel siguiera girando como algo activo, no dejarlo relegado a pieza de museo.

Madrid ya tuvo su noria. Comparado con el monstruo de 260 metros de altura, Noria Visión era modesta, por decir algo. Instalada en los años 70 junto al lago central y desmantelada en 2011, esta atracción ofrecía vistas de la Casa de Campo. Formó parte de una época de ampliaciones junto al Jet Star, La Casa Magnética o Las Alfombras Mágicas.

Su desaparición se vivió como un pequeño trauma. Tras 40 años de servicio, recibió un vídeo‑homenaje oficial cuando se jubiló para dejar paso a velocidades más intensas, como la Abismo o Tarántula. Y tampoco fue la única en morir. Siete Picos, el Árbol‑cafetería, el Barco Fantasma… la mayoría han ido cayendo en favor de las montañas rusas. Nuevos tiempos, nuevos ritmos.

Con el teleférico en reforma —47 cabinas panorámicas de fabricación suiza, con suelo de cristal en algunas de ellas, sensores, IA y casi el doble de velocidad—, parece que toca revisar el botón nostálgico. Que hoy el Ayuntamiento proteja un tiovivo francés de casi cien años al mismo tiempo que abre la puerta a una estructura gigantesca dice mucho del momento: la capital quiere jugar en la liga de los iconos globales —"bien vale una noria", suele decirse— pero sabe que su verdadero patrimonio emocional sigue flotando sobre los artefactos que llevan décadas girando a 10 km/h en la Casa de Campo. Movimiento circular continuo, el ciclo de la vida.

Imágenes | Parque de Atracciones de Madrid; montaje propio

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