Lobos que se tragan al sol, procesiones urgentes y un rey portugués muerto: las leyendas de España sobre los eclipses

  • Desde evitar la leche de vaca que pastó durante el eclipse hasta celebrar una victoria cristiana: un eclipse vale para todo

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Isra Fdez

Editor

El eclipse total del 12 de agosto de 2026 es, para la comunidad astronómica, un laboratorio a escala país. La Luna pasa por su nodo descendente y cubre por completo el disco solar sobre el norte de España, con magnitudes ligeramente superiores a 1 y duraciones de totalidad que rondan el minuto y medio en la franja entre Luarca y Peñíscola. El fenómeno arranca hacia las 17:34 UTC en el mar de Bering y pisa territorio español cerca de las 19:30, cuando el Sol se encuentra a alturas muy bajas, entre 12 grados en A Coruña y apenas 2 grados en Palma. Eso convierte la franja de totalidad ibérica en un experimento sobre observación en condiciones límite.

Y eso nos lleva a plantear la pregunta: ¿ha sido España siempre tan fan de los eclipses? Más que eso: España en particular e Iberia en general acumula al menos una veintena de mitos y leyendas alrededor de los eclipses, desde monstruos que devoran el Sol hasta procesiones para frenar una “tempestad” enviada por Dios. La inscripción latina OSCURAUIT SOL ya resume un puñado de marcas en piedra que, junto a los documentos notariales, permiten identificar eclipses como los de 1239 y 1354 y la fenomenología en torno a ellos.

Cosmogonías ibéricas. ¿Interpretaron las primeras comunidades de la península los eclipses como batallas entre divinidades celestes? Desde el Nuberu (o Reinoso), la leyenda asturiana y cántabra que cuenta cómo una bestia lograba tapar por completo al Sol al mediodía —para beneficiar a esas criaturas mitológicas que no podían tolerar la luz directa, como ciertos trasgos o xanas— hasta el A Morte do Sol, esos minutos donde se difuminaba la frontera entre lo terrenal y el Outro Mundo, los eclipses siempre sirvieron de instrumentos a la travesura literaria, alimentando un miedo que solo se opacaba con ramas de olivo, círculos de tiza, hogueras y caceroladas. Lo que está claro es que los eclipses ayudan: la teoría de la relatividad general publicada por Albert Einstein en 1915 fue confirmada gracias al eclipse solar de 1919.

Un volcán que traga soles. En la mitología aborigen de Tenerife, Magec (el dios del Sol) fue capturado por Guayota, el espíritu maligno del infierno que habitaba en las entrañas del volcán Echeyde (el Teide). Guayota encerró al astro en el interior del volcán, sumiendo a las Islas Canarias en una oscuridad absoluta similar a un eclipse. Los guanches imploraron auxilio a su dios supremo, Achamán, quien entabló una feroz batalla con el diablo. Achamán derrotó a Guayota, liberó a Magec para devolver la luz al cielo y selló la boca del Teide con un tapón volcánico (conocido hoy como el Pan de Azúcar) para impedir que el sol volviera a ser devorado. 

El lobo que devora el sol. En el norte peninsular, la tradición céltica habla de un lobo cósmico que devora el astro rey cuando llega el eclipse, y que solo suelta la presa si la comunidad ejecuta el ritual correcto. A veces es un jaguar, otras, una serpiente. Pero aunque esta imagen del “devorador solar” se repite en otros imaginarios europeos, nuestro caso peninsular se ancla en sociedades que dependen del Sol para los ciclos agrícolas y leen cualquier sombra prolongada como amenaza directa sobre la cosecha y el porvenir.

Ruido contra la muerte del astro. Desde época romana y durante la Edad Media, la gente creía que la Luna o el Sol podían morir durante el eclipse. Con el fin de de “despertarlo”, el pueblo tenía la responsabilidad de ayudar con ruido para evitar la tragedia. Crónicas de etnógrafos españoles recogen cómo en zonas rurales se golpean calderos, se hacen sonar campanas o se elevan gritos durante un eclipse, en la idea de espantar lo que sea que esté devorando la luz.

Agua, cosechas y ganado contaminados. ¿Un eclipse que pudre el mundo? ¿Qué estamos, jugando a Dark Souls? En buena parte de la España rural, un eclipse, además de “oscurecer”, contaminaba el entorno. En el bajo medievo se cree que el agua se vuelve dañina, que las cosechas pueden “quemarse” simbólicamente y que el ganado enferma si pasta bajo la sombra del eclipse, por lo que se suspenden actividades agrícolas y se encierra a los animales.

Embarazadas y recién nacidos. Hasta bien entrado el siglo XX, no pocas familias españolas creían que el eclipse afecta de forma especial a las embarazadas y los bebés. Se aconsejaba a las mujeres quedarse en casa, evitar la luz directa y, en algunos lugares, incluso se desaconseja cocinar o comer alimentos preparados durante el eclipse, por miedo a malformaciones o desgracias posteriores. Es más, en la comarca leonesa del Bierzo circula esta leyenda: si un niño nace durante un eclipse de Luna, toda la familia sufrirá un sinnúmero de desgracias. Estará marcado desde el primer minuto del alumbramiento. 

El caldo que no se cocina. Un trabajo de etnografía del folklore leonés recoge una superstición según la cual los campesinos gallegos evitaban recoger verdura (como grelos) para el caldo durante un eclipse porque podían considerarla dañina. Tampoco bebían leche fresca de vacas que pastaran durante el eclipse, por miedo a que esa ingesta trajese enfermedad. Así que a guardar el unto en la despensa.

El cielo decide política. Lo de usar el cielo como sistema de señales, viene de largo. El libro ‘El Sol, la Luna y los eclipses en León’ recoge interpretaciones rurales que atribuyen a los eclipses efectos sobre personas, decisiones políticas o sucesos naturales, y las cruza con expediciones científicas que observan los eclipses de 1905 y 1912 desde Cistierna y Cacabelos. En 1630, un vecino de Villanueva de los Infantes publicó un folleto sobre dos eclipses de Sol visibles en España para lanzar predicciones astrológicas siniestras. Entre ellas destacó la posible muerte del rey de Inglaterra, que el autor desea “con gozo general de la Cristiandad”. Sí, un eclipse también sirve como herramienta retórica para justificar cualquier crisis.

La culpa fue de Abd al-Rahman. Aunque si queremos ir mucho más allá debemos recordar la batalla de Simancas, en 939: crónicas árabes describen un “espantoso eclipse” que cubre la tierra de un amarillo oscuro y llena de terror a los ejércitos de Ramiro II de León y Abd al-Rahman III, hasta el punto de organizar una tregua. Dos días paralizados sin mover ficha. La tradición musulmana posterior culpó en parte al eclipse de la derrota de Abd al-Rahman III, viendo en la sombra un mal augurio que anticipa la caída del califa. Al otro lado, los relatos cristianos hablaban de la aparición de San Millán en la batalla y de cómo la victoria refuerza la idea de que Dios usa fenómenos celestes para señalar qué bando tiene razón.

Procesión urgente en Santiago. En 1684, un eclipse parcial de Sol provocó tal alarma en Galicia que el cabildo de la Catedral de Santiago convocó una reunión extraordinaria. Actas capitulares difundidas por la propia catedral describen cómo se organiza una procesión solemne y la exposición del Santísimo para pedir protección contra la “tempestad”. Aquel eclipse de 1684 fue total en el Algarve portugués y en partes de Huelva y Cádiz. Un matemático y fraile, Leonardo Ferrer, lo calificó de fenómeno “mortífero” por producirse bajo el signo de Cáncer y la influencia de Saturno. Eclipses como el de 1478, descrito con dramatismo por Andrés Bernáldez —“el Sol negro”, las estrellas visibles, el pánico colectivo— ya desencadenaron un fenómeno similar. La gente huía a las iglesias porque “nunca de aquel ora tornó el sol en su color, ni el día esclareció como antes”.

Luna de sangre y un rey portugués muerto. Una exposición del Archivo General de Simancas recuperó documentos donde Felipe II vincula un eclipse lunar de “luna de sangre” con la muerte del rey Enrique I de Portugal en 1580. La carta lo presenta como mal presagio y aprovecha la coincidencia temporal para reforzar la idea de que el cielo comenta y legitima la crisis dinástica que abre la puerta a la unión ibérica bajo la monarquía hispánica. Los mismos documentos de Simancas muestran hasta qué punto se mezclaron fenómenos celestes: una misiva de 1531 citaba un eclipse visible en Europa que la investigación moderna descartó. El autor estaba confundiendo el paso del cometa Halley.

El abrazo vasco. En muchos mitos, el sol y la luna eran dos seres relacionados, hermanos (gemelos divinos) o amantes, separados a la fuerza, con fugaces momentos de conexión y siempre asociados a ese binomio hombre-mujer. Pero el más bonito de todos, en mi opinión, es el mito de Eguzki (también conocido como Ekhi) e Ilargi (o Ilazki). Ambos son gemelos e hijos de la diosa Mari que fijan el ritmo del mundo. 

La penumbra resultante permitía que Gaueko (el espíritu de la noche) y las sorginak (brujas) recuperaran su poder. Para defender sus hogares durante la unión cósmica, los vascos colocaban la flor del cardo (eguzkilore) en las puertas. Según este relato, los antiguos vascos interpretaron los eclipses como un abrazo de afecto; por eso nunca hay que señalar la Luna ni lanzarle piedras porque se cree que podría sangrar. También por esto, en los equinoccios (Gau Baltza) había que encender fuegos para recuperar la luz y así domeñar a los seres que viven en la oscuridad.

Hoy España se sitúa en la cola geométrica del eclipse, pero en cabeza simbólica. La ESA y la NASA señalan que será el primer eclipse total visible desde la península desde 1905, el primero de un tríptico 2026–2028 que incluye otro total en 2027 y un anular en 2028, y que la mayor zona de totalidad terrestre estará precisamente sobre suelo español. De ahí que se prepare retransmisión desde observatorios como Javalambre, campañas de turismo astronómico y guías de seguridad que insisten en algo tan prosaico como la norma ISO 12312-2 en las gafas de eclipse. Mientras ahora se democratiza el acceso a gafas homologadas y la sombra se celebra como derecho popular al conocimiento científico, los supersticiosos todavía creen que este eclipse despertará algún tipo de desgracia nacional.

Imágenes | Pintura The Wolves Pursuing Sol and Mani (1909), de John Charles Dollman (1851–1934)

En Xataka | España va a vivir un día histórico con el eclipse del 12 de agosto. Y acto seguido, algo casi mitológico: el rayo verde

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