La jefa de investigación de la Armada de EEUU advierte: "dejen de copiar lo que desarrolla la industria"

La Armada parece haber entendido algo que la guerra de Ucrania lleva años demostrando: innovar rápido importa más que perfeccionar lento

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Miguel Jorge

Editor

En 1969, el primer mensaje de la historia de Internet fue tan ambicioso como breve: debía ser “LOGIN”, pero el sistema se cayó tras transmitir solo “LO”. Aquel fallo nació dentro de DARPA, el gran laboratorio militar de Estados Unidos que acabaría alumbrando la red que hoy mueve el mundo. Medio siglo después, la Armada parece querer repetir la jugada: dejar que el mercado haga lo suyo y reservar la innovación realmente disruptiva para aquello que solo la guerra necesita.

La gran corrección de rumbo. La Armada de Estados Unidos acaba de asumir algo que llevaba años flotando en el aire: su sistema de innovación se había vuelto demasiado lento, pesado y, sobre todo, redundante. Rachel Riley, jefa de investigación naval, ha puesto sobre la mesa en el medio Defense una idea casi brutal por su sencillez: dejar de gastar dinero público en copiar lo que la industria privada ya está desarrollando por su cuenta. 

Su mensaje ha sido directo: si hay beneficios posibles, el capital privado acabará llegando. La misión militar, por tanto, no debía competir con eso, sino centrarse en lo que nadie más quiere o puede financiar.

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“Dejen de copiar”. Ese es el núcleo del cambio doctrinal. Durante décadas, la Oficina de Investigación Naval funcionó como un gran laboratorio paralelo que a menudo avanzaba por caminos similares a los del sector privado. Ahora la orden es otra: adelgazar burocracia, simplificar procesos y asumir que la velocidad importa más que nunca.

Riley lo resumió con una frase que marca el tono de esta nueva etapa: “la velocidad es la palabra del año en nuestro negocio, Dejen de copiar lo que construye la industria”. En el fondo, es una admisión estratégica: en una guerra tecnológica, el tiempo ya vale tanto como la propia tecnología.

Lo que solo el Estado puede construir. La nueva frontera, según Riley, está en aquellas capacidades que no tienen mercado civil. Su ejemplo fue demoledor por lo simple: “no existe una necesidad comercial de tubos muy silenciosos que se muevan bajo el agua durante mucho tiempo”. 

Hablaba, claro, de submarinos. Esa frase resume el nuevo criterio de inversión: si el mercado no lo hará jamás, el Pentágono debe hacerlo. Y eso pesa especialmente en 2026, con el acuerdo AUKUS en marcha y la guerra submarina recuperando centralidad en el Indo-Pacífico frente a China.

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Del experimento a la guerra real. El mejor ejemplo de esta transición es el Sea Hunter. Lo que empezó como un experimento en 2017 para cazar submarinos y limpiar minas ha tardado casi una década en convertirse en activo operativo real. Ese plazo es precisamente lo que la Armada quiere reducir. 

El problema ya no es demostrar que algo funciona, sino integrarlo antes de que quede viejo. La lógica es clara: menos laboratorios eternos, más prototipos que lleguen rápido a la flota.

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El rescate que cambió la conversación. La prueba de que este modelo empieza a funcionar llegó hace apenas semanas: un dron naval autónomo Saronic Corsair rescató por primera vez a dos pilotos derribados de un Boeing AH-64 Apache frente a la costa de Omán. 

El dato más revelador no fue solo el rescate, sino el tiempo: cuatro meses desde la primera prueba hasta una misión real con éxito. Para la Defense Innovation Unit, eso es exactamente lo que buscan: iteración rápida, adaptación inmediata y utilidad práctica, incluso para funciones que el sistema ni siquiera había sido diseñado para cumplir.

La guerra de masas autónomas. Sea como fuere, el verdadero cuello de botella no está en construir un dron, sino cien. Tanto Riley como Jarred Conley coincidieron en la misma obsesión: pasar de un humano controlando un dron a un humano controlando enjambres enteros. 

Riley ridiculizó muchos de los enfoques actuales diciendo que parecen “niños pequeños jugando al fútbol”, todos corriendo detrás del mismo objetivo sin coordinación. Por eso la Armada está estudiando cómo se organizan insectos y aves para convertir esa lógica biológica en doctrina militar. Porque la siguiente revolución no será el dron individual, será algo más parecido a la masa inteligente.

La burocracia como enemigo interno. Si se quiere también, lo más importante de todo esto es que la Armada parece haber entendido algo que la guerra de Ucrania lleva años demostrando: innovar rápido importa más que perfeccionar lento. 

Durante décadas, el Pentágono creyó que podía controlar cada fase del desarrollo. Ahora empieza a aceptar que su papel debe ser otro: detectar huecos, financiarlos y dejar que la industria haga el resto. La advertencia es clara y poderosa: el futuro militar ya no parece que se vaya a ganar inventándolo todo, sino sabiendo qué merece la pena inventar.

Imagen | Jasmin Aquino, US Army

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