El desastroso terremoto de 2011 en Japón impulsó en el país una de las mayores movilizaciones estructurales de toda su historia. Y es que ahora la costa noreste se encuentra rodeada de Casi 400 kilómetros de muros de hormigón, con tramos que superan los 14 metros de altura y cientos de compuertas automáticas capaces de cerrarse solas en minutos. Es una obra que ha costado más de 12.000 millones de dólares, que ya ha superado su primera prueba real y que, al mismo tiempo, divide a las comunidades que se supone debe proteger.
Por qué se construyó. El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9 frente a la costa de Tohoku generó un tsunami con olas de entre 12 y 15 metros de altura. Japón ya contaba con un sistema de diques costeros, pero estaban diseñados para contener olas de hasta 8 metros. En apenas una hora, alrededor del 90% de esos muros fallaron o quedaron completamente superados por el agua, según recoge wordlessTech.
El resultado fue devastador, pues se estima que más de 20.000 personas murieron o desaparecieron, según cifras recogidas por la Agencia de Reconstrucción de Japón, y varias localidades enteras quedaron arrasadas, incluida la zona de la central nuclear de Fukushima.
Imagen: Damien Lutz
En detalle. Meses después del desastre, el Gobierno japonés puso en marcha un plan para levantar una nueva línea de defensa a lo largo de todo el litoral afectado. Hoy, hay muros y diques cubriendo unos 396 kilómetros de costa, con extensiones previstas hasta rondar los 430 kilómetros, según cuentan desde Geoengineer.
Los tramos más altos alcanzan los 15,5 metros sobre el nivel del mar y se apoyan en cimentaciones de hasta 25 metros de profundidad para resistir el empuje del agua y la erosión del fondo marino. El coste total del proyecto ronda, según las distintas fuentes consultadas, entre los 12.000 y los 17.000 millones de dólares, financiados casi en su totalidad por el Estado japonés.
Cómo está diseñado. La estructura no es un único muro continuo, sino una sucesión de segmentos adaptados a cada tramo de costa, con una base ensanchada que le da estabilidad frente a un posible desbordamiento del agua por encima del muro. El sistema incorpora, además, más de 440 compuertas automáticas repartidas por ríos, puertos y bahías, capaces de cerrarse en menos de cinco minutos sin intervención humana en cuanto los sensores detectan un seísmo de cierta magnitud, según el vídeo documental de NextGen Manufacturing.
El objetivo declarado del proyecto, según sus propios ingenieros, no pasa por detener por completo un tsunami de la magnitud del de 2011, sino al menos frenar el agua lo suficiente para ganar tiempo hasta evacuar a la población. Se calcula que en 2011 buena parte de las víctimas mortales perdieron la vida por apenas uno o dos minutos de diferencia.
No es la primera vez que Japón lo intenta. El país lleva siglos construyendo defensas costeras, pero el precedente más destacado quizás es el de Tarō, que tras sufrir dos tsunamis devastadores en 1896 y 1933 levantó un muro en forma de X de 2,4 kilómetros y 10 metros de altura que llegó a considerarse un modelo mundial de ingeniería costera, según recogen desde The B1M.
Otro caso célebre es el del pueblo de Fudai, en la prefectura de Iwate. Y es que su alcalde, Kotaku Wamura, superviviente del tsunami de 1933, impulsó en los años setenta la construcción de una compuerta de 15,5 metros pese a la fuerte oposición del propio ayuntamiento local, que la consideraba un gasto innecesario. La obra, de hecho, fue ridiculizada durante décadas, pero resultó clave para que Fudai apenas sufriera daños en 2011, según relatan desde Long Now Ideas.
El primer examen real. Estos grandes muros tuvieron una prueba real en 2022, cuando un seísmo de magnitud 7,4 frente a la costa de Fukushima activó automáticamente, y de forma simultánea, las 443 compuertas del sistema, sin necesidad de intervención humana. Fue la primera vez que la red se ponía a prueba en condiciones reales desde su construcción, cumpliendo con éxito su trabajo.
No todo el mundo lo celebra. La obra ha generado un intenso debate en Japón desde el primer día. Para muchos vecinos de la costa de Tohoku, los nuevos muros (que en algunos tramos superan la altura de un edificio de cuatro plantas) han acabado con la vista al mar de sus propias casas. "Parece el muro de una prisión", declaraba a Associated Press un vecino del puerto pesquero de Osabe, Kazutoshi Musashi, cuya vivienda quedó frente a un muro de 12,5 metros.
En Kesennuma, otro pescador, Makoto Hatakeyama, expresaba al medio NPR su preocupación por el impacto medioambiental de la obra sobre su propio sustento. Y es que colectivos ecologistas y asociaciones de pescadores advierten de que un litoral hormigonado de forma continua es capaz de alterar los ecosistemas marinos, perjudicando la actividad pesquera y puede afectar también al turismo de la zona, según compartían desde Al Jazeera.
Imagen de portada | ABC News
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