Han vertido 65.000 litros de un químico alcalino en el mar. Es el último gran (y polémico) experimento para enfriar la Tierra

La ciencia quiere dar un "antiácido" para eliminar más CO₂. El problema es que lo pagarán los animales

Mar
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José A. Lizana

Colaborador

El océano es el mayor sumidero de carbono de la Tierra, pero nuestra incesante emisión de gases de efecto invernadero lo está llevando al límite de su capacidad. Para ayudarle a tragar aún más emisiones, la ciencia plantea una solución de geoingeniería tan audaz como controvertida, que es darle un gigantesco "antiácido", pero no está libre de problemas. 

Una posible solución. En un experimento sin precedentes liderado por la Institución Oceanográfica de Woods Hole y autorizado por la EPA estadounidense, un equipo de científicos ha vertido 65.000 litros de una solución alcalina, específicamente hidróxido de sodio, en las frías aguas del golfo de Maine. Además, para poder rastrear cómo va avanzando, la mezcla iba marcada con un inofensivo tinte rojo brillante. 

Cómo funciona. El principio básico de la OAE es simple, puesto que al añadir sustancias alcalinas al agua, se contrarresta la acidificación oceánica y se altera el equilibrio químico del mar, obligándolo a absorber más dióxido de carbono de la atmósfera para compensar el cambio.

Su resultado. Durante el ensayo en el golfo de Maine, la inyección de hidróxido de sodio provocó un aumento localizado del pH, que pasó de 7,9 a 8,3. En apenas cuatro días, los niveles volvieron a la normalidad y, durante esa breve ventana, el experimento logró retirar entre 2 y 10 toneladas de CO₂ del ambiente, con proyecciones de alcanzar hasta 50 toneladas a medida que la pluma se diluía.

A corto plazo y en esta escala reducida, es una buena noticia, puesto que los análisis de la comunidad biológica, incluyendo larvas de peces y organismos planctónicos, no mostraron efectos adversos agudos. Pero trasladar esto a una escala global para frenar el cambio climático es una historia completamente distinta.

El límite químico. Aquí los informes técnicos de diferentes agencias medioambientales han enfriado este entusiasmo inicial, puesto que, aunque la química teórica de la OAE está bien entendida, llevarla a la práctica choca con la naturaleza marina. 

Investigaciones recientes demuestran que añadir demasiada alcalinidad puede resultar contraproducente, puesto que si se cruzan ciertos umbrales de saturación, se dispara un fenómeno conocido como precipitación secundaria de carbonatos que provoca la formación de carbonato cálcico. 

Es un problema. Lejos de ayudar, esta precipitación agota la alcalinidad añadida e incluso puede liberar CO₂ de vuelta al agua, anulando parte de la eficacia del proceso. Un ensayo reciente en mesocosmos de mar abierto demostró que, al superar ciertos niveles, se puede perder hasta un 10% del CO₂ almacenado en cuestión de semanas, por lo que se estaría consiguiendo el efecto contrario al que se busca originalmente. 

Además, las matemáticas de la captura de CO₂ no son tan directas como parecen, puesto que los expertos estiman que cada mol de alcalinidad añadida se traduce solo en unos 0,35 moles de reducción de CO₂ atmosférico. Esto se debe a complejas compensaciones y retardos temporales tanto en el sumidero oceánico como en el terrestre.

Sobre la naturaleza. Más allá de la química pura, los efectos ecológicos a gran escala son un terreno lleno de incógnitas. Aunque el vertido de sosa cáustica en Maine no mostró toxicidad aguda, diferentes modelos apuntan que una bajada de la acidez del agua masiva podría alterar gravemente la cadena trófica. 

En ciertos escenarios prolongados, se han proyectado reducciones de hasta un 15% en la producción primaria neta. Contra lo que se suponía inicialmente, los cambios en la estructura de la comunidad de fitoplancton y cocolitofóridos son impredecibles, pudiendo afectar al resto de animales que se alimentan de ellos. A esto se suman los retos logísticos abordados por organizaciones como el NRDC y el EDF puesto que si en lugar de hidróxido de sodio sintético usamos minerales molidos, nos enfrentamos al grave riesgo de liberar metales tóxicos pesados en el mar, dependiendo de la roca original.

Imágenes | Malcoln Oliveira

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