La desaparición del mar de Aral, situado entre Kazajistán y Uzbekistán, es ampliamente conocida como uno de los mayores desastres ecológicos provocados por la mano humana. A partir de la década de 1960, el desvío de los ríos que lo alimentaban para potenciar los cultivos intensivos de algodón soviéticos transformó el cuarto lago más grande del mundo en un inmenso desierto salino. Sin embargo, las consecuencias van mucho más allá de la pérdida de biodiversidad o los cambios geográficos locales.
El impacto climático. Un estudio con firma española ha puesto cifras a un problema que va mucho más allá de la desecación, puesto que la realidad es que el lecho seco del Aral es una gigantesca fuente emisora de gases de efecto invernadero. Y para ponerlo en contexto, se ha visto que desde el inicio de su desecación ha liberado unas 748 millones de toneladas de CO₂, una cifra equivalente a las emisiones conjuntas de un año de España, Francia y Bélgica.
El mecanismo biológico. Históricamente, las zonas áridas transformadas en cultivos mediante regadío, como ocurrió en Asia Central, se han contabilizado como sumideros de carbono. Sin embargo, al cruzar el ciclo de esos regadíos con las emisiones del lago que secaron para existir, el balance global se invierte completamente en favor de la emisión de gases de efecto invernadero.
Algo que hemos repetido bastante es que los lagos y humedales actúan como sumideros naturales al retener el carbono atmosférico que la vegetación absorbe durante la fotosíntesis, el cual termina depositado e inmovilizado en los sedimentos del fondo arrastrado por las redes fluviales. Y ahora nos estamos acordando de este mismo mecanismo.
El problema. La columna de agua actúa como un tapón físico que aísla los sedimentos del oxígeno atmosférico y, cuando el agua desaparece, ese tapón se esfuma. Esto hace que el oxígeno penetre rápidamente en las capas de sedimentos y desencadene una respuesta biológica inmediata: las comunidades de microorganismos letárgicos "despiertan" y comienzan a degradar la materia orgánica que llevaba siglos acumulada. Es durante este proceso de degradación microbiana aeróbica cuando se produce la liberación masiva de dióxido de carbono a la atmósfera que se ha ido acumulando durante muchísimos años.
Las mediciones del equipo español corroboran este proceso, puesto que, mediante análisis de sedimentos en un gradiente espacial hasta el centro del humedal, los investigadores comprobaron que los lechos secados más recientemente retienen aún una gran cantidad de carbono orgánico en comparación con los que quedaron expuestos en los años sesenta.
La solución. Una de las conclusiones más tajantes del trabajo es que las actuales estrategias de mitigación en el área no están funcionando. Los esfuerzos por plantar vegetación sobre el antiguo lecho seco presentan una capacidad de absorción de CO₂ prácticamente nula en este tipo de ecosistemas áridos y no están aportando ninguna solución real.
Es por todo esto que la única manera que se tiene para detener la degradación microbiana y frenar las emisiones de CO₂ es restaurar el aislamiento físico, es decir, volver a cubrir la zona con agua.
Los datos. Los investigadores calculan que todavía quedan por liberarse unos 605 millones de toneladas de CO₂ si no se toman medidas, y evitar esta fuga masiva requiere una intervención monumental, pero técnicamente viable. El problema que se ha visto ahora mismo es que la obsoleta red de riego de la zona desperdicia hasta el 90% del agua que transporta.
Es por ello que modernizar toda la infraestructura, que requeriría 8.500 millones de euros, permitiría recuperar alrededor del 50% de la superficie original del lago de 1960. Y el resultado nos beneficiaría a todo el planeta.
La financiación. Para sufragar una obra de ingeniería hídrica de esta magnitud, los autores de la investigación proponen utilizar las propias emisiones evitadas como moneda de cambio. Y es que si se logra inundar de nuevo el humedal y frenar la emisión de esos 605 millones de toneladas de CO₂, esa cantidad podría transformarse en créditos de carbono comercializables. Los cálculos estiman que el proyecto generaría unos 323 millones de toneladas equivalentes en créditos, cuyo valor en el mercado internacional oscilaría entre los 3.100 y los 15.800 millones de euros.
Imágenes | Khusen Rustamov
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