Llevamos décadas "sembrando nubes" para combatir la sequía. Ahora sabemos que servía para más bien poco

Llevamos décadas "sembrando nubes" para combatir la sequía. Ahora sabemos que servía para más bien poco
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Si algo tienen en común las danzas cheroquis y las cestas de huevos para Santa Clara es que ambas muestran que la humanidad lleva tiempo soñando con que puede cambiar el clima. Soñamos con que llueva cuando queremos. Y con que deje de hacerlo cuando no nos conviene. Ahora a esa aspiración, tan vieja como la humanidad misma, se suma un nuevo aliciente: la sequía. A lo largo de las últimas décadas la falta de lluvias ha tomado tintes históricos, un problema que irá a mayores.

Con ese telón de fondo algunos territorios apuestan por la "siembra de nubes". Suena futurista, pero la técnica se remonta a mediados del siglo pasado y tenemos datos suficientes para valorar su efecto con perspectiva. La cuestión es, con todo ese bagaje acumulado: ¿Funciona o no funciona?

Sembrar los cielos para generar precipitaciones. La siembra de nubes consiste en liberar partículas de yoduro de plata u otros aerosoles en nubes que cumplen ciertas características con un objetivo claro: causar lluvia o nevadas. En The Conversation el profesor William R. Cotton detalla que el sistema opera con varios enfoques que se diferencian, básicamente, por el tipo de nube: si está sobreenfriada o es cálida y requiere materiales higroscópicos, capaces de absorber la humedad. A la hora de actuar, los expertos pueden rociar con aviones, desde tierra o incluso usar cohetes.

Aunque algunos científicos habían teorizado antes sobre los cristales de hielo, los orígenes del sistema se remontan a los años 40 del siglo XX y las investigaciones de Vince Schaefer, de General Electric. Tras sus pruebas en el laboratorio, en 1946 Schaefer roció hielo seco triturado sobre nubes con estratos sobre enfriados. El proyecto no tardó en atraer el interés del ejército de EEUU.

Sobre la mesa desde hace décadas. La promesa de aumentar las precipitaciones casi a la carta, cuando son más necesarias, captó hace tiempo el interés de los gobiernos. Y lo sigue haciendo a día de hoy. En Emiratos Árabes Unidos (EAU) recurren a flotas de drones para sembrar nubes y generar lluvias artificiales y en China quieren tener cubierto 5,5 millones de kilómetros cuadrados, más o menos el 60% de su territorio, con programas de este tipo para mediados de la década.

Al otro lado del Atlántico, en EEUU hay diferentes estados, como Idaho, Utah, Colorado o California, que han apostado por operaciones similares para combatir la sequía. La misma estrategia se sigue en el oeste, donde la agencia NOAAA prevé que el problema se agrave esta primavera.

...También en España. El sistema no se ha utilizado solo en las regiones desérticas de Oriente Medio, América o Asia. En España también hemos experimentado con técnicas de modificación del tiempo. En la Comunidad de Madrid o Aragón, por ejemplo, aplican desde hace tiempo una filosofía parecida con un objetivo algo distinto: evitar las granizadas que pueden destruir los cultivos. Hace cuatro décadas, entre 1979 y 1981, en Valladolid le daban vueltas también a un proyecto con la Organización Meteorológica Mundial (OMM) para intensificar las precipitaciones.

Ni simple, ni mágico. Con la experiencia que da ya casi medio siglo de pruebas, los expertos advierten: la siembra de nubes no es una solución sencilla ni mágica. "No es tan simple y puede que no sea tan prometedora como la gente desea", advierte el profesor Cotton: "Los experimentos que producen nieve o lluvia requieren el tipo correcto de nubes con suficiente humedad y condiciones adecuadas de temperatura y viento. Los aumentos porcentuales son pequeños y es difícil saber cuándo la nieve o la lluvia cayeron naturalmente y cuándo se desencadenó por la siembra."

Alentadores, sí; pero lejos todavía de las expectativas. Cotton va más allá y reconoce que, aunque se han desarrollado experimentos "alentadores", no han alcanzado "el nivel de importancia" que vaticinaban hace décadas Schaefer y sus compañeros. "La mayoría de los estudios destinados a evaluar los efectos de la siembra de cúmulos han mostrado poco o ningún efecto. Sin embargo, los resultados de sembrar nubes orográficas de invierno (nubes que se forman cuando el aire se eleva sobre una montaña) han mostrado aumentos en la precipitación", precisa el experto.

El profesor emérito de la Universidad Estatal de Colorado (CSU) aporta algunos datos para la reflexión. Por ejemplo, la disparidad de cifras que arrojan los estudios que intentan medir cuánta lluvia o nieve es achacable a la siembra de nubes. En un experimento de Australia han llegado a señalar incluso que las nevadas se han incrementado un 14%. Otra investigación de 2014 centrada en las montañas de Wyoming señalaba que a pesar de que la región era adecuada para la siembra de nubes durante buena parte del año el aumento de la capa de nieve no pasaría del 1,5%.

Ferdinand Stohr Hzscr9frfd0 Unsplash

Ni varitas mágicas ni fracasos rotundos. ¿Significa eso que la siembra de nubes no sirve para nada? En absoluto. En su artículo, el propio Cotton detalla resultados y cita un estudio de 2020 en el que se constató cómo apenas 20 minutos después de la siembra se registró una nevada que dejó la décima parte de un milímetro de nieve en algo más de una hora. La clave, como él mismo indica también, es que puede no ser tan "prometedor" como se llegó a pensar en su día, hace años.

Hay investigaciones que concluyen con rotundidad que la siembra de nubes es efectiva, si bien coinciden en que aún queda trabajo por delante. "Funciona. Lo sabemos por experimentos en el laboratorio. También tenemos suficientes evidencias de que funciona en la naturaleza. Realmente, la cuestión es: aún no tenemos un gran conocimiento de la cantidad de agua que podemos producir", explica Katja Friedrich, científica atmosférica y autora del estudio SNOWIE, que pretendía mostrar precisamente, sin ambigüedades, que la siembra puede ayudar al incremento de las nevadas.

Un momento clave para resolver dudas. "En términos de investigación, este es un momento realmente emocionante para la siembra de nubes", coincide Sarah Tessendorf, otra de las autoras de SNOWIE, estudio que, a pesar de sus conclusiones, presenta ciertas carencias, como que no abarca todos los contextos, que sus resultados para un territorio pueden no ser extrapolables o que durante sus pruebas no siempre se observó un aumento de nevadas después de los ciclos de siembra.

Su campo de estudio se está beneficiando en cualquier caso de los avances en otras áreas del conocimiento. La doctora Linda Zou, profesora de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Khalifa, explicaba hace poco a la revista IMT Technology Review cómo está aprovechando los avances en el área de la nanotecnología y nanociencia para crear materiales de siembra que garanticen que la condensación del vapor se produce de una "manera efectiva y maximizando la precipitación".

No es (la única) respuesta a la sequía. Lo que sí parece claro es que la siembra de nubes no debería ser nuestro único recurso en la lucha contra la sequía. "Es solo otra herramienta en la caja", explica Mikel Eytel, especialista en recursos hídricos del Distrito del Río Colorado, a la revista Yale Environment 360: "No es la panacea que algunas personas piensan que es".

Hay otros hándicaps que desaconsejan fiarlo todo a la modificación artificial del tiempo. Por ejemplo, como recuerda el mismo medio de Yale, durante una sequía prolongada es probable que los expertos dispongan de menos tormentas susceptibles de "siembra". E incluso cuando las hay, las empresas especializadas calculan que el aumento de las precipitaciones es del 10% en zonas concretas.

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Costes razonables y con la confianza ganada. A su favor, la siembra tiene algunos factores relevantes. Quizás el más importante es que ya se ha ganado la confianza de buen número de países e instituciones. Según los datos que maneja la OMM, en 2017 había más de 50 países con programas de modificación del clima en marcha, iniciativas que buscaban desde inducir el aumento de la lluvia y nieve a suprimir los efectos del granizo en los cultivos. Solo la NOAA ha recibido a lo largo de los últimos 20 años decenas de propuestas que suman alrededor de 800 informes.

Otro de sus puntos fuertes es que, aunque evidentemente los programas de siembra de nubes exigen fondos, su costes son relativamente bajos cuando se comparan con los resultados. Incluso, recuerdan desde Yale, en el caso de que los informes exageren el efecto de las campañas. Con el tiempo esa fortaleza podría ser incluso mayor gracias a trabajos como el que desarrolla la doctora Linda Zou, de la Universidad de Khalifa, que busca "escalar la producción y reducir el costo".

Impacto menor en el medio y... en el momento justo. Además de razonablemente económica, la siembra tampoco parece tener un gran impacto perjudicial. El propio Cotton reconoce que, a pesar de lo que se pueda creer habitualmente, "los efectos negativos parecen ser menores": "El ion de plata es un metal pesado tóxico, pero la cantidad de yoduro de plata en la capa de nieve sembrada es tan pequeña que se debe usar instrumentación extremadamente sensible para detectar su presencia".

Aunque si de buscar fortalezas se trata, sin duda la principal tanto para la siembra como para cualquier otra estrategia que quiera combatir la sequía es que el problema parece haber entrado en la agenda pública. El motivo: una realidad que aprieta cada vez más. El informe presentado en 2021 por el Ministerio de Transición Ecológica sobre el impacto del cambio climático muestra que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX se ha detectado una reducción de entre el 10 y 20% de los recursos hídricos disponibles y más del 75% del territorio español está en riesgo de desertificación.

Imágenes | Lisanto 李奕良 (Unsplash), Ferdinand Stöhr (Unsplash) y Wikimedia

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