Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, la modernización agrícola transformó radicalmente Bretaña: pequeñas parcelas rodeadas de setos y taludes fueron agrupadas para crear campos mayores por los que pudieran circular tractores y maquinaria pesada. Aquello permitió construir una de las regiones agrícolas más productivas de Francia, pero también eliminó aproximadamente el 70% de su histórico bocage.
El tiempo. Décadas después, la ciencia ha permitido comprender mejor algo que aquel proceso infravaloró: los setos no eran simplemente divisiones entre propiedades. Formaban una gigantesca infraestructura natural capaz de frenar la lluvia, favorecer su infiltración y evitar que suelo, nitratos y pesticidas acabasen rápidamente en los ríos.
Francia y el obstáculo. A mediados del siglo XX, buena parte de la campiña bretona estaba cubierta por el bocage, un entramado formado por pequeñas parcelas separadas mediante setos, árboles, taludes y caminos hundidos que se había desarrollado durante siglos.
Aquellas estructuras servían como límites entre propiedades, cerramientos para el ganado, cortavientos y fuentes de madera, pero tenían un inconveniente para la nueva agricultura que empezaba a imponerse después de la Segunda Guerra Mundial: fragmentaban enormemente las explotaciones. La mecanización necesitaba exactamente lo contrario, grandes superficies continuas donde tractores y maquinaria pudieran trabajar con rapidez, y convertir aquel complicado mosaico en campos amplios y geométricos pasó a considerarse una condición necesaria para modernizar el campo.
La solución. A partir de los años cincuenta, el remembrement (la concentración y reorganización parcelaria promovida por el Estado) acompañó la industrialización de la agricultura bretona y cambió físicamente el territorio. Se eliminaron setos y taludes, se desecaron miles de hectáreas de humedales y se rectificaron miles de pequeños cursos de agua mientras las explotaciones aumentaban de tamaño y se especializaban.
En algunas zonas especialmente transformadas, la densidad de setos cayó de manera espectacular. En ese sentido, el resultado económico fue formidable: ocupando alrededor del 6% del territorio metropolitano francés, Bretaña llegó a concentrar el 56% de los cerdos, el 40% de las aves destinadas a carne y puesta y el 20% de la producción de leche del país.
El tradicional bocage (aquí procedente de Cotentin, en Francia, alrededor de 1945)
El problema. Las cifras permiten apreciar hasta qué punto cambió el paisaje: desde los años cincuenta habría desaparecido aproximadamente el 70% del entramado bocagero bretón, mientras algunas estimaciones hablan de más de 40.000 kilómetros de setos perdidos y atribuyen unos 12.000 kilómetros a una determinada oleada de concentración parcelaria. Dicho de otra forma, hablamos de un fenómeno establecido donde a finales del siglo XX habían desaparecido alrededor de dos tercios de los setos, taludes y estructuras que caracterizaban el paisaje tradicional.
Y cuando comenzaron a estudiarse las consecuencias quedó claro que aquellos obstáculos que dificultaban el trabajo de las máquinas estaban realizando gratuitamente otra tarea esencial.
La concentración de tierras ha propiciado el desarrollo de grandes parcelas de viñedos en esta zona, en las laderas del Mosela
Y llegó la lluvia. Un campo rodeado por bocage se comporta de forma muy distinta ante un aguacero: el agua que desciende por la superficie encuentra sucesivamente taludes, raíces y vegetación que reducen su velocidad, retienen parte del flujo y favorecen que penetre lentamente en el suelo. Cuando esos obstáculos desaparecen y varias parcelas pequeñas se convierten en una gran superficie continua, aumenta la distancia que el agua puede recorrer sin encontrar barreras, especialmente en terrenos inclinados, incrementando la escorrentía y la capacidad de arrastrar suelo.
El remembrement no hizo que la lluvia fuese más intensa, pero sí modificó las condiciones del territorio sobre el que caía, y los estudios sobre aquella transformación han relacionado la eliminación del bocage con una intensificación de la erosión de los suelos.
Monumento en Geffosses (Normandía) dedicado a la naturaleza y a las personas que fueron víctimas de la concentración de tierras
No es solo tierra, arrastra “todo”. La desaparición de esas barreras tiene además consecuencias para la calidad del agua, porque los setos y las franjas vegetales pueden interceptar sedimentos y reducir el transporte de nutrientes y determinados contaminantes agrícolas hacia arroyos y ríos. Esto resulta especialmente relevante en Bretaña, donde la extraordinaria concentración ganadera y el uso intensivo de fertilizantes convirtieron los excedentes de nitrógeno en uno de sus grandes problemas ambientales.
Para que nos hagamos una idea, la región tiene más de 100 millones de animales de explotación frente a unos 3,3 millones de habitantes, y la contaminación por nitratos procedente fundamentalmente de la agricultura está estrechamente relacionada con las proliferaciones de algas verdes de su litoral. Eliminar buena parte del bocage significó por tanto simplificar el paisaje justo cuando el modelo productivo estaba aumentando enormemente la presión ejercida sobre suelos y aguas.
La reconstrucción. La percepción de los setos ha cambiado hasta el punto de que el Estado francés puso en marcha un Pacte en faveur de la haie destinado a recuperar miles de kilómetros, mientras agricultores y administraciones vuelven a valorar el bocage como herramienta contra la erosión, la pérdida de biodiversidad y la escorrentía. Pero plantar un árbol joven no reconstruye automáticamente el sistema que desapareció.
¿La razón? Una estructura madura combina árboles, arbustos, raíces, suelo y, en muchos casos, antiguos taludes desarrollados durante décadas, de modo que recuperar plenamente sus funciones requiere mucho más que sumar kilómetros de nuevas plantaciones. La paradoja: la agricultura del siglo XX gastó enormes esfuerzos en eliminar del paisaje una infraestructura natural porque estorbaba a las máquinas, y la del siglo XXI empieza a invertir dinero público en recuperarla porque necesita nuevamente los servicios que prestaba.
Descubrir que los obstáculos también son útiles. La historia del bocage resume uno de los grandes cambios de perspectiva de la agricultura europea: durante la modernización, eficiencia significaba simplificar el paisaje, especializar explotaciones, aumentar su tamaño y eliminar elementos que no parecían directamente productivos.
Setenta años después, muchos de aquellos elementos se contemplan como auténticas infraestructuras ecológicas capaces de proteger el suelo, regular parcialmente el movimiento del agua, almacenar carbono, ofrecer refugio a la biodiversidad y amortiguar algunos extremos climáticos.
Si se quiere también, los setos bretones parecían ocupar un espacio que podía dedicarse a producir... y solo cuando desaparecieron a enorme escala se hizo evidente que también estaban trabajando.
Imagen | SC, Friedrich Petersdorff, wolny
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