En el pasado, la gente solía encalar las paredes interiores de sus casas cada verano: la razón olvidada resurge en 2026

Porque el progreso no siempre consiste en inventar materiales nuevos, sino también en recuperar conocimientos que parecían superados

Limewash
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Miguel Jorge

Editor

Durante siglos, la llegada del verano no solo se anunciaba con días más largos y temperaturas más altas. En buena parte del Mediterráneo también significaba sacar una brocha y un cubo de cal para renovar el blanco de las paredes de casa. Aquella costumbre, heredada desde la Antigua Roma y repetida generación tras generación, parecía una simple tarea de mantenimiento. En realidad, era una de las soluciones más eficaces que desarrolló la arquitectura tradicional para combatir el calor.

Volver a encalar. Fueron los romanos quienes extendieron el uso de la cal como revestimiento en buena parte del Mediterráneo, aprovechando un material abundante que se obtenía al calcinar piedra caliza y mezclarla después con agua. Su aplicación no se limitaba a edificios públicos o grandes villas, sino que terminó convirtiéndose en una práctica habitual en viviendas, almacenes, establos y construcciones agrícolas. 

Con el paso de los siglos, renovar el encalado dejó de ser una excepción para convertirse en una tarea periódica, especialmente antes del verano, cuando el estado de las paredes influía directamente en el confort del interior de las casas.

El secreto nunca estuvo en el blanco. Aunque las superficies blancas ayudan a reflejar parte de la radiación solar, la verdadera ventaja de la cal era otra mucho menos evidente: permitía que los muros respiraran. Su elevada permeabilidad al vapor de agua facilitaba que la humedad acumulada escapara lentamente al exterior, evitando condensaciones y reduciendo la sensación de bochorno durante los meses más cálidos. 

En lugar de sellar completamente la pared, como hacen muchas pinturas sintéticas actuales, la cal trabajaba junto al edificio para mantener un ambiente interior más estable, convirtiéndose en una pieza fundamental de la arquitectura pasiva mediterránea.

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Proteger la vivienda desde dentro. Las generaciones anteriores no conocían el concepto de calidad del aire interior, pero en cambio sí sabían que las paredes encaladas se conservaban mejor. La explicación está en el elevado pH de la cal, que dificulta la proliferación de hongos, bacterias y otros microorganismos, además de reducir los problemas derivados de la humedad persistente. 

Esa combinación de propiedades hizo que durante siglos se utilizara también en bodegas, despensas, establos e incluso en los troncos de los árboles, donde ayudaba a protegerlos frente a enfermedades, insolación o heladas.

La llegada de la pintura moderna. El declive del encalado no llegó porque hubiera dejado de funcionar, sino porque aparecieron alternativas más cómodas. Tras la Segunda Guerra Mundial, la popularización de las pinturas vinílicas y acrílicas ofrecía acabados más resistentes, menos exigentes en mantenimiento y compatibles con el ritmo de la construcción moderna. 

Poco a poco, una técnica que había acompañado a la arquitectura europea durante casi dos milenios fue desapareciendo de las viviendas, sobreviviendo sobre todo en la conservación del patrimonio histórico y en algunas tradiciones populares del Mediterráneo.

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Las olas de calor devuelven la técnica. El interés por la cal ha resurgido primero en la restauración arquitectónica y, más recientemente, en el diseño de interiores, donde acabados como el limewash o el estuco veneciano vuelven a ganar protagonismo. Sin embargo, detrás de esa tendencia estética hay un cambio de mentalidad mucho más profundo: la búsqueda de materiales naturales, transpirables y compatibles con estrategias de climatización pasiva.

La razón es bastante clara. En un contexto marcado por veranos cada vez más extremos y por la necesidad de reducir el consumo energético, la arquitectura está redescubriendo que muchas de las respuestas al calor ya formaban parte de las casas mediterráneas hace dos mil años.

La innovación vuelve al pasado. La historia de la cal demuestra que el progreso no siempre consiste en inventar materiales nuevos, sino también en recuperar conocimientos que parecían superados. Durante generaciones, millones de personas preparaban sus casas para el verano con una mezcla de piedra, agua y experiencia acumulada, sin necesidad de comprender la física que había detrás de aquel gesto. 

Dos mil años después, la ciencia ha puesto nombre a muchas de aquellas propiedades, mientras arquitectos y diseñadores vuelven a fijarse en una tradición que nunca fue una simple cuestión de estética: era una forma inteligente de convivir con el clima.

Imagen | DR, Laurits Andersen Ring 

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