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A las dos serán las dos: la mayoría de países del mundo no cambian la hora porque no tiene ningún sentido hacerlo

A las dos serán las dos: la mayoría de países del mundo no cambian la hora porque no tiene ningún sentido hacerlo
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Esta noche millones de personas cambiarán la hora y dormirán una hora menos. Hace unas semanas, otros muchos millones la cambiaron también. Es lo que toca. Sin embargo, la mayor parte de los países del mundo no la cambiarán. En ningún momento.

El cambio de hora es una de esas particularidades occidentales que, a fuerza de hacerla, nos acostumbramos y pensamos que es universal. Ni la mayoría de los países ecuatoriales, ni la mayoría de Asia y África utilizan en cambio de hora. Y no porque no lo hayan intentado, sino porque, sencillamente, no les funciona.

A las dos de la madrugada serán las dos de la madrugada

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La última vez que se cambió la hora en Islandia fue el 29 de octubre de 1967. Bangladesh hizo una prueba en 2009: los cortes de luz eran tan habituales que las autoridades del país se preguntaron si el famoso 'cambio de horario' podría ayudarles a ahorrar energía. Seis meses después, el cambio se fue para no volver.

Gigantes como China o la India tampoco lo hacen. Y países como Egipto llevan las últimas décadas haciéndolo o no dependiendo de si quien estaba en el poder quería llevarse bien con Occidente o no. Esa también es la razón de que muchos países ecuatoriales hagan el cambio de hora aunque para ellos no tenga sentido: es una forma de "alinearse con los husos horarios de Estados Unidos y mantenerse en sincronía".

El 68% de los países no cambia la hora en ningún momento del año

Sin embargo, en torno al 68% de los países del mundo no cambia la hora en ningún momento. Y algunos de los que sí la cambian se lo están replanteando en serio. Namibia, por ejemplo. Desde 1994, Namibia es el único país del África subsahariana que realiza el cambio de hora. Pero, en los últimos años, la ley de cambio horario está siendo muy polémica.

Un mundo que ha cambiado

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Aunque fue propuesto por Benjamin Franklin en 1784 y defendido por George Hudson a finales del XIX, la primera vez que un país organizó un cambio horario de esta magnitud fue el 20 de abril de 1916. En plena Primera Guerra Mundial, Alemania y el Imperio Austrohúngaro decidieron ponerlo en marcha.

En Estados Unidos hubo un debate intensísimo entre los comerciantes (partidarios del cambio) y las empresas ferroviarias (partidarios de mantener el mismo horario durante todo el año). En 1918, ganaron los comerciantes e industriales. Y supongo que esa es la lección más importante sobre el cambio de horario: que si en aquella época ya era difícil diseñar un cambio que satisficiera a todos los sectores productivos, en sociedades complejas como las nuestras es casi imposible.

Ese es el pegamento que, junto con la costumbre, mantiene activo el cambio horario: nuestras sociedades se han acostumbrado tanto a hacerlo que, aunque los beneficios no estén claros o sean muy pequeños, los perjuicios están ya descontados.

Es muy complejo diseñar un cambio horario que beneficie a todos los sectores de la sociedad

No sólo eso, la efectividad de este tipo de medidas depende también (y, sobre todo) del estado tecnológico y el tejido industrial de cada país. Eso hace que las tensiones por eliminarlo sean constantes.

Y también por introducirlo, claro: Sudáfrica, por ejemplo, está considerándolo por las presiones de Durban, la tercera ciudad del país, en la costa este. Otros deciden tomarse cambio por su cuenta: Anjajavy, un hotel de Madagascar, tiene su propio cambio horario para ajustar los ritmos de los turistas al de los lémures. Y, oye, no es una solución mágica, pero tampoco es mala opción.

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