Estamos a mitad de junio y no lo parece, pero el Mediterráneo occidental está ardiendo. Y no, no es una exageración: hablamos de una ola marina de calor con picos de anomalía superficial superiores a los 5 grados en zonas concretas.
Es lo que los expertos llaman en jerga técnica, un problema gigantesco. Sobre todo, de cara al otoño.
Una bomba de relojería. La gran tentación cuando vemos este tipo de datos es trazar una línea directa entre la temperatura del mar en junio y las DANAs de octubre. Pero sería un error. El mecanismo existe, desde luego. No obstante, el asunto en poco más complejo de lo que podríamos pensar.
Esto es así porque el mar recalentado no es un pronóstico de cuanta lluvia otoñal vamos a sufrir: es un medidor del techo de intensidad que esas lluvias pueden alcanzar. El efecto de un Mediterráneo anómalamente cálido es cargar la atmósfera de vapor de agua y elevar así la cantidad de agua que una DANA puede llegar a precipitar.
Pero, y esto es crucial, el disparador es atmosférico. De nada sirve tener la atmósfera cargada sin una masa de aire fría en altura que se descuelgue de la circulación general.
¿Qué es lo nuevo? Lo genuinamente nuevo no es que el Mediterráneo esté caliente. Lo está, de hecho, desde 2022 de forma sostenida. Lo nuevo es que tengamos una ola de calor marina desde mayo. Es decir, mucho antes del calendario histórico y muy lejos aún de el momento más cálido (agosto).
Además, lo queramos ver o no, El Niño está a la vuelta de la esquina y, aunque esperamos no recibir sus impactos más salvajes, el calor que va a insuflar al mundo hace que los expertos estén muy preocupados.
¿Por qué es relevante? Los datos son claros. La cuenca mediterránea se calienta en torno a un 20% más rápido que la media oceánica global y arrastra una racha de récords sin precedentes: 18 de los 20 valores diarios más altos desde 1982 se registraron entre 2023 y 2024 (con un máximo de 28,15 °C el 10 de agosto de 2024).
La memoria de la DANA de Valencia está aún fresca y la certidumbre de que la situación va a peor es una losa para la conversación climática nacional.
¿Vamos a peor? Es pura física: un mar más cálido eleva la evaporación y el contenido de vapor de agua de la atmósfera (a razón de un 7 % más vapor por cada grado). El mejor ejemplo es la tormenta Daniel que, como demostraron los investigadores, hubiera sido mucho más improbable sin el cambio climático.
Por eso conviene ser precisos y no sacar las cosas del contexto. El escenario actual es problemático porque si este otoño se forma una DANA sobre el litoral mediterráneo, tendrá más combustible disponible para descargar lluvias más intensas que con un mar frío. Si no se forma, no tiene por qué pasar nada.
Imagen | Copernicus

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