El paraíso retro de 'Slipstream': así es el arcade de conducción indie que te devuelve al volante de 'Out Run'

El paraíso retro de 'Slipstream': así es el arcade de conducción indie que te devuelve al volante de 'Out Run'
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Resulta complicado definir dónde reside el encanto de 'Out Run', más allá de la deliciosa sensación de velocidad y su desafiante nivel de dificultad. Hay algo en los escenarios, en el coche atravesándolos a toda velocidad acompañado de una de las bandas sonoras más evocadoras y perfectas de la historia del videojuego, cuyo magnetismo es indescriptible. Por eso es justo decir que imitadores ha tenido muchos, pero pocos han tenido la fortuna de hacerle sombra. De hecho, solo lo consiguió el increíble 'Out Run 2 - Coast to Coast' de Xbox.

Pero las carreras trepidantes en entornos pixelados irreales e infinitos es una convención a la que múltiples estudios se han acercado, una y otra vez, y siguen haciéndolo, porque el atractivo de 'Out Run' es infinito. La última prueba: un devoto del título de Sega, el brasileño Sandro Luis de Paula, aprendió a programar para poner en pie su reverencia al clásico, imitando su estilo ensimismado en la velocidad y su atmósfera de carrera sin final. Fue un éxito en Steam en 2008.

Ahora nos llega a las consolas actuales, a manos de los catalanes Blitzworks, expertos en ports indies como los de 'Fez' o 'Spelunky 2'. Son ellos los que se han encargado de portarlo a Nintendo Switch (la versión que hemos jugado), PS4, PS5, Xbox One y Xbox Series X/S. El resultado es sencillamente espectacular.

Con una panoplia de circuitos de aires ochenteros a nuestra disposición y una deliciosa banda sonora a la altura, el jugador tendrá que participar en una serie de carreras, divididas en cinco etapas con una bifurcación en su punto central. Mismo esquema que 'Out Run' aunque, los tiempos mandan, aquí podremos escoger entre una serie de coches que difieren en su velocidad punta, aceleración y manejabilidad: la variedad del garaje sabrá a poco, eso sí, para quienes vengan fogueados de 'Gran Turismo' o 'Forza'. Pero es que 'Slipstream' no va de eso.

Un viaje único

En cuanto a las mecánicas, no hay cambios de marcha, pero sí derrape, y de hecho, controlar este último será vital para no salirse en las curvas a altas velocidades. Además, colocarse a rebufo de un rival nos inyectará un turbo momentáneo. Como suele ser habitual el juego no perdona, y controlar ambas mecánicas será vital no ya para ganar las carreras, sino directamente para no quedar el último (con diferencia).

Está claro que, aunque 'Slipstream' proponga una zambullida en los juegos de hace unas décadas, no quiere que la dificultad sea tan enloquecedora como en la de los arcades retro. Por eso propone una serie de ajustes que hacen el juego más accesible a los menos hábiles: está la posibilidad de que el derrape sea automático, un detalle que simplifica notablemente la conducción sin que el juego deje de ser exigente. Permite bajar la velocidad de las carreras, lo que ya hace que las pruebas sean mucho más accesibles. Y se pueden rebobinar cinco segundos con un simpático efecto VHS que permite diluir el ritmo febril de la competición.

Todo ello se despliega en una variedad de pruebas considerables: a los cinco circuitos del modo principal se suman contrarrelojes, eliminaciones del jugador más lento, un Gran Premio que permite completas modificaciones a los vehiculos y un multijugador local para cuatro y en pantalla partida. Pero eso no es lo que hace especial al juego.

Éste encuentra su auténtica identidad en la enfebrecida velocidad que alcanza, y que respeta la estética Super Scaler de los juegos clásicos. Hay algo en el continuo parpadeo de los objetos engrandeciéndose en la pantalla para simular velocidad que resulta hipnótico y que es testimonio de los ingeniosos aparatajes que los juegos retro ponen ante los ojos del jugador, con recursos rudimentarios para emular sensaciones complejas. Y en eso es en lo que triunfa 'Slipstream': un juego aparentemente sencillo pero como los grandes tesoros retro, con sus escenarios a la vez modernísimos y demodé, esconde mucha enjundia entre píxel y píxel.

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