Un pueblo de La Rioja emerge del agua porque el embalse está dejando al descubierto sus antiguas calles

  • Mansilla de la Sierra lleva 66 años bajo el pantano del Najerilla

  • La sequía de este otoño ha devuelto a la superficie sus arcos de piedra, y con ellos una historia que empieza en la Roma tardía y aún no se ha cerrado

Mansilla
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Isra Fdez

Editor

Por el pantano de Mansilla (en La Rioja, entre Mansilla de la Sierra y Villavelayo) asoman ahora mismo muros, arcos de roca con musgo y el trazado de varias calles. Según recogía la agencia EFE el 25 de octubre, el antiguo Mansilla de la Sierra ha vuelto a salir a flote en el embalse del Najerilla, a unos 70 kilómetros de Logroño, con sus arcos de piedra y los restos petrificados de los árboles. ¿Y por qué es noticia? Por si fuera poco la sola estampa, basta mirar atrás para medir el contraste: en febrero, tras duplicar sus reservas en solo tres semanas, el embalse rozaba el 89 % de su capacidad, unos 68 hectómetros cúbicos. Ocho meses después, hay fines de semana en que los visitantes llegan en autobús para caminar entre el barro y las ruinas.

El pueblo ya se había mudado. Lo que emerge no es, sin embargo, el origen de Mansilla. Desde 2016, un equipo de arqueólogos excava junto a la ermita de Santa Catalina, el único edificio que quedó en pie en la orilla. Es solo el ábside y el presbiterio de una iglesia románica que fue la parroquia medieval del pueblo. Bajo ella han encontrado tres templos superpuestos y, debajo, un edificio tardorromano. Hay cerámica celtibérica y romana, y un incendio que el carbono 14 sitúa en la primera iglesia entre los años 576 y 654.

El dato importante es que, en el siglo XVI, el vecindario se trasladó a la orilla del río Gatón y la iglesia vieja se convirtió en cantera. Aquel segundo pueblo, el “pueblo viejo”, es el que se llevó el agua en 1960.

Treinta y tres años de papeles. Esa segunda mudanza se fraguó muy poco a poco. El libro ‘Para no olvidar. Memorias de Mansilla de la Sierra’ (1927-1960), publicado este año por el Instituto de Estudios Riojanos, sigue el proyecto desde las primeras noticias en 1927 hasta la inauguración. Sus autores, Luis Vicente Elías y Benjamín Blanco, hallaron en el archivo de la Confederación Hidrográfica del Ebro propuestas anteriores que situaban el embalse en Ventrosa o en Anguiano. 

También documentan el trabajo de presos políticos en la presa, las dificultades de los vecinos para cobrar sus indemnizaciones y un plan inicial que los destinaba a pueblos de colonización. La obra enmarca el caso en uno mayor: cerca de 500 pueblos españoles quedaron bajo embalses en el siglo XX, con unas 50.000 familias desplazadas.

Con el agua hasta las rodillas. El alcalde, José Manuel Ballesteros, ganadero como su familia, cuenta que sus mayores tuvieron que “salir corriendo” con los animales cuando el agua ya les llegaba a las rodillas. El pueblo de piedra era rico para la comarca de las Siete Villas, con más de 10.000 cabezas de ganado y 12.407 hectáreas. Según EFE, llegó a tener 600 vecinos y hoy el padrón no pasa de 60. Los arqueólogos manejan otra cifra: cerca de quinientos habitantes antes del traslado y menos de ciento cincuenta después.

El pueblo nuevo, de casas blancas adosadas, se levantó a unos dos kilómetros de la ermita. Los desplazados echaron de menos poder reutilizar las piedras de sus casas. Los más mayores, entre ellos el padre del alcalde, de 85 años, vuelven a ver su infancia al descubierto: la casa cuartel, la iglesia, la plaza, el Puente del Molino.

La niña que escribió el pantano. Mansilla tiene también un lugar en la literatura. Ana María Matute pasó largas temporadas de su infancia allí, en el pueblo de sus abuelos maternos, y lo transformó en la Artámila de sus cuentos. ‘A la mitad del camino’ (1961) y ‘El río’ (1963) evocan aquellos años. En el segundo describe cómo, al bajar el nivel del pantano en agosto, las laderas aparecían “roídas como un hueso”.

Mansilla

Turismo de recuerdos. La ironía de todo esto es que, para muchos visitantes, es un turismo de recuerdos. Y, para los descendientes, un homenaje. Para quienes nacieron y vivieron allí es otra cosa, y solo hace falta preguntar a cualquier arqueólogo para avivar la llama. Lo que motivó sus primeras intervenciones fue proteger las tumbas de lajas que quedaban al borde del agua, deterioradas por las crecidas, por el expolio de visitantes y por el paso del ganado. Se han catalogado 79 sepulturas y excavado 26. 

Una contención de gaviones protege ahora la necrópolis y se ha vedado el paso al ganado. Su objetivo declarado es que el yacimiento sirva a los propios mansillanos, para que se reconozcan en un pasado que la presa interrumpió. Cuando el agua vuelva a subir, las calles volverán a desaparecer, y casi mejor así. Pero tampoco se puede ahogar la pregunta: ¿a quién pertenece un pueblo cuando ya no existe?

Imágenes | Luis A. González para Flickr

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