En el mundo hay apenas unos pocos pasos marítimos capaces de alterar la economía global en cuestión de días, y algunos de ellos son tan estrechos que cabrían dentro de una gran ciudad. Por esos corredores circulan cada día cientos de barcos cargados con energía, materias primas y mercancías esenciales. Su fragilidad es tal que no hace falta un gran despliegue militar para alterarlos: basta con que algo deje de encajar para que todo el sistema se resienta.
Cerrado… pero no por lo que parece. Durante semanas, el foco internacional ha estado en si el estrecho de Ormuz estaba abierto o cerrado, pero la realidad podría ser mucho más inquietante: que Irán no controla completamente el cierre que él mismo provocó.
Tras sembrar minas navales como respuesta a los ataques de Estados Unidos e Israel, el paso quedó prácticamente paralizado, elevando los precios de la energía y otorgando a Teherán una poderosa herramienta de presión. Sin embargo, esa misma estrategia ha generado una situación inesperada en la que, según ha deslizado Irán, el bloqueo ya no depende solo de una decisión política o militar, sino de un problema técnico mucho más difícil de revertir.
El concepto “perder las llaves”. Porque el núcleo del problema está en cómo se pudieron desplegar las minas: de forma apresurada, desorganizada y, en el peor de los casos, sin un registro preciso de su ubicación. Algunas incluso pudieron desplazarse por corrientes marinas, complicando aún más su localización.
Así, contaba este fin de semana el New York Times que lo que en teoría debía ser un cierre controlado del estrecho se ha convertido en algo más caótico e inquietante, donde ni siquiera quienes colocaron las minas saben con certeza dónde están todas. La metáfora de “perder las llaves” no es retórica, sino una descripción bastante literal de la situación que se ha escuchado en embajadas de Teherán: Irán ha bloqueado la puerta, pero ya no puede abrirla con facilidad.
Un arma eficaz en contra. El uso de minas, combinado con la amenaza de drones y misiles, logró reducir el tráfico marítimo a mínimos y generar una fuerte presión global, pero esa ventaja estratégica empezó a volverse en contra de Teherán.
Para mitigar el impacto, Irán ha mantenido corredores limitados y ha difundido rutas supuestamente seguras, incluso permitiendo el paso de algunos buques bajo ciertas condiciones. Aun así, el flujo de tráfico no se ha normalizado, porque el riesgo sigue siendo demasiado alto y la incertidumbre sobre la ubicación de las minas persiste.
El límite técnico de una guerra moderna. De fondo, algo que hemos ido contando estas semanas: la eliminación de minas navales es una de las operaciones más complejas en el ámbito militar, y ni siquiera potencias como Estados Unidos cuentan con suficientes capacidades para limpiar rápidamente una vía tan crítica como Ormuz.
En este contexto, la situación iraní es aún más delicada: sus propias limitaciones técnicas, agravadas por los ataques a su infraestructura naval, hacen inviable una reapertura rápida. Esto introduce un factor inesperado en las negociaciones, ya que las “limitaciones técnicas” mencionadas por sus líderes no son una excusa diplomática, sino un obstáculo real.
Equilibrio inestable con riesgo de escalada. El resultado es un escenario extremadamente frágil, donde un estrecho parcialmente bloqueado depende tanto de decisiones políticas como de un campo de minas fuera de control. Ni Irán ni Estados Unidos tienen una imagen clara de cuántas minas hay ni dónde están, mientras Teherán conserva la capacidad de sembrar más con pequeñas embarcaciones difíciles de rastrear.
Claro que también hay una opción que nadie descarta. Ahora que es Estados Unidos es quien ha decidido bloquear Ormuz, Irán podría estar jugando sus cartas, porque lo normal es que todas las minas están mapeadas, y que Teherán simplemente no confía en Washington y se niega a dar ningún paso antes de recibir concesiones concretas.
Y en todos estos escenarios, Ormuz se convierte en una zona donde cualquier error, accidente o cálculo incorrecto puede escalar rápidamente, porque el problema ya no es solo quién controla el paso, sino que nadie tiene el control total de lo que ocurre bajo el agua.
Imagen | Jenikir
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