En Freetown, Sierra Leona, Kelvin Doe tenía un problema bastante más básico que decidir qué quería inventar: muchas veces ni siquiera podía contar con electricidad para hacerlo. Con 13 años comenzó a rebuscar entre materiales desechados y componentes electrónicos buscando aquello que no podía comprar. Después de numerosos intentos consiguió combinar ácido, soda y piezas de metal para fabricar su propia batería.
Aquella chapuza funcionó. Y fue el comienzo de una cadena extraordinaria.
La basura como tienda electrónica. Kelvin había empezado a desmontar aparatos y recoger componentes siendo todavía más pequeño, alrededor de los 10 u 11 años. Vivía en Dworzark, un barrio de Freetown donde el suministro eléctrico era muy deficiente, y aprendía electrónica mediante un método esencialmente autodidacta: encontraba cables, metales o piezas abandonadas, los llevaba a casa, los desmontaba e intentaba comprender qué hacía cada cosa.
No tenía un laboratorio ni una formación convencional en electrónica. Al contrario, su materia prima era aquello que los demás habían decidido tirar.
Fabricar lo que no puedes comprar. Las baterías eran uno de sus primeros obstáculos. Kelvin las necesitaba para experimentar, pero comprarlas una y otra vez resultaba demasiado caro, así que comenzó a probar maneras de construirlas él mismo.
Tras varios fracasos encontró una combinación rudimentaria de ácido, soda y metal que, introducida en un recipiente y asegurada con cinta, consiguió producir electricidad. Era una batería artesanal y poco elegante, pero funcionaba. El problema que debía haber detenido sus experimentos acababa de convertirse en su primer gran invento.
Doe con su kit de computadora Kano en Sierra Leona en 2013
Cada solución creaba otro problema. La batería solamente era el principio. Kelvin recuperó después un estabilizador de tensión desechado y consiguió transformarlo en un generador con el que podía producir electricidad cuando la red no estaba disponible. El aparato terminó siendo útil más allá de sus propios experimentos: vecinos acudían para cargar sus teléfonos móviles.
Su manera de trabajar empezaba a adquirir un patrón muy concreto: cuando algo necesario era demasiado caro, escaso o directamente inexistente, intentaba construirlo con lo que tenía alrededor.
Su barrio necesitaba una voz. El siguiente salto fue la radio. Kelvin construyó un transmisor FM y trabajó con componentes recuperados y reparados para levantar junto a otros estudiantes una pequeña emisora local. Bajo el nombre de DJ Focus emitía música, noticias, debates sobre problemas de la comunidad e incluso contenidos deportivos, acompañado por amigos que ejercían como reporteros y presentadores.
La edad media de aquel peculiar equipo rondaba los 12 años. Lo que había comenzado como un adolescente intentando conseguir electricidad había terminado convirtiéndose en una infraestructura de comunicación para su entorno.
El concurso. En 2012 apareció la oportunidad que cambiaría su trayectoria. Global Minimum, una organización impulsada por el sierraleonés David Sengeh y sus colaboradores, lanzó Innovate Salone para que estudiantes desarrollaran soluciones a problemas cotidianos del país.
Participaron unos 300 jóvenes repartidos en 70 propuestas y Kelvin presentó su proyecto de emisoras FM locales. Con una diferencia importante: mientras otros participantes todavía proponían ideas que esperaban desarrollar, él podía enseñar prototipos y demostrar que los suyos ya funcionaban.
Directo al MIT. Sengeh sabía reconocer aquella situación porque había recorrido un camino parcialmente parecido: había estudiado en Harvard y entonces realizaba su doctorado en el MIT. Al conocer a Kelvin encontró a un adolescente que, sin educación formal en electrónica ni apenas infraestructura, había aprendido a desmontar tecnologías existentes y reconstruirlas para resolver problemas concretos.
Su trabajo acabó llevándolo a Estados Unidos y, con 15 años, se convirtió en el participante más joven invitado hasta entonces al programa Visiting Practitioners del MIT. Allí pasó de experimentar con chatarra en Freetown a mostrar sus creaciones a estudiantes e investigadores, y también tuvo contacto con Harvard.
Lo que Kelvin veía dentro de la basura. La historia puede parecer la de un niño prodigio que llegó inesperadamente a una universidad de élite, pero su recorrido resulta más interesante leído al revés. Kelvin construyó una batería porque no podía comprar las que necesitaba. Fabricó un generador porque no podía confiar en la red eléctrica, y desarrolló un transmisor porque una emisora convencional resultaba demasiado cara para su comunidad.
En realidad, la escasez fue marcando qué tenía que construir a continuación. Cuando los responsables del MIT terminaron fijándose en él, los materiales que habían hecho posible sus inventos llevaban años disponibles en Freetown: estaban en la basura. Lo excepcional era que un niño había mirado aquel montón de chatarra y había visto nada menos que una batería, un generador y una radio.
Imagen | YouTube (MIT), Kano Computing
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