El USS Zumwalt fue diseñado para representar cómo sería la guerra naval del futuro, pero su historia terminó contando algo bastante distinto. La Armada estadounidense redujo la clase de 32 unidades previstas a solo tres, mientras los costes crecían y varias de sus capacidades originales se rebajaban. Desde fuera, el barco seguía pareciendo una ruptura con todo lo anterior; en la práctica, acumulaba problemas técnicos y sistemas difíciles de sostener. Esa distancia entre lo prometido y lo construido es la que EEUU intenta corregir ahora.
El regreso del Zumwalt. De las tres unidades de la clase, la novedad inmediata afecta a la primera. La Armada estadounidense prevé reincorporar el USS Zumwalt a la flota para septiembre de 2026, equipado con cuatro tubos capaces de albergar tres misiles de ataque rápido cada uno, hasta 12 en total. Será el primer buque de la Armada preparado para disparar armamento hipersónico. Las otras dos unidades recibirán la misma configuración: los trabajos del futuro USS Lyndon B. Johnson ya están en marcha, mientras la modernización del USS Michael Monsoor llegará posteriormente. Un destructor para otra guerra. La apuesta original no se limitaba a hacerlo menos visible al radar. El Zumwalt fue construido alrededor de un sistema híbrido eléctrico que alimenta tanto la propulsión como sus equipos y puede generar aproximadamente 78 megavatios, casi lo mismo que un portaaviones nuclear. Incluso a 20 nudos, la Armada le atribuye 58 megavatios de potencia de reserva. Lo que prometía margen para incorporar capacidades avanzadas también creó una dependencia de sistemas exclusivos, complejos y costosos de mantener dentro de una serie tan corta.
Dos cañones sin una misión clara. El problema no era solo técnico, sino también operativo: el Zumwalt había quedado rodeado de dudas sobre qué función podía cumplir de manera razonable dentro de la flota. Sus dos sistemas avanzados de armas de 155 milímetros han sido desmontados para liberar el espacio destinado a los lanzadores hipersónicos, mientras otras capacidades avanzadas de la clase ya habían sido reducidas. De ahí que las preguntas sobre sus posibles cometidos persistieran con el paso de los años. El nuevo armamento no añade simplemente potencia de fuego: intenta darle al barco una misión estratégica más concreta.
Velocidad para abrirse paso. Lo que aporta el sistema de ataque CPS no es solo rapidez, sino una trayectoria más difícil de anticipar. Un cohete de varias etapas impulsa un vehículo planeador hipersónico no propulsado hasta las condiciones necesarias y, tras la separación, este avanza dentro de la atmósfera mientras maniobra hacia su objetivo. Frente a un misil balístico tradicional, esa combinación de velocidad, trayectoria relativamente tendida y capacidad de maniobra plantea más problemas de detección e interceptación.
El diseño volvió a pasar factura. La modernización obligó a apagar y reiniciar por primera vez sistemas esenciales del buque desde su entrega a la Armada, una operación durante la que aparecieron fallos en su compleja red eléctrica. A eso se sumó otro problema:durante la instalación de los tubos se retiró más cableado del previsto y fue necesario incorporar cableado adicional para adaptar la nueva configuración del barco. En agosto de 2025, la Armada añadió 230.000 horas de trabajo no planificado al contrato por 20 millones de dólares.
Tres barcos, el mismo retraso. Lo que comenzó como una demora en la primera unidad se ha extendido al programa completo. La GAO calcula que la modernización de los tres buques acumula 24 meses de retraso, pese a que el USS Zumwalt había alcanzado un 94% de avance en enero de 2026. También se ha aplazado la primera prueba de lanzamiento desde el mar, que pasó de 2025 a 2027. Los calendarios del USS Michael Monsoor y del futuro USS Lyndon B. Johnson tampoco han quedado al margen.
El cuello de botella está en tierra. El Departamento de Defensa prevé invertir más de 50.000 millones de dólares en los distintos programas necesarios para desarrollar, probar, producir y desplegar esta capacidad, incluidos los destructores, futuros submarinos clase Virginia y el sistema terrestre del Ejército. Sin embargo, la instalación del contratista solo puede producir entre seis y siete misiles al año, frente a los 12 anuales que, según los datos recogidos por la GAO, serían necesarios para estabilizar la producción. En abril de 2026, el coste medio estimado por unidad rondaba los 67 millones.
Un rescate con condiciones. El USS Zumwalt volverá con una misión más definida: atacar a gran distancia objetivos de máximo valor y fuertemente defendidos. Eso no convierte, sin embargo, la modernización en una solución completa. Lo que hemos visto es una capacidad potente, pero limitada por la escasez de misiles, su elevado coste y las dificultades para sostener una clase tan singular. EEUU ha encontrado una utilidad más clara para el destructor, aunque todavía no ha resuelto todos los problemas que arrastra desde su origen.
Imágenes | Museo Nacional de la Marina de los Estados Unidos

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