En plena Guerra de Corea, el general estadounidense Douglas MacArthur llegó a definir a Taiwán como un "portaaviones insumergible". No era una metáfora sobre su ejército, sino sobre su posición geográfica: quien controla la isla controla uno de los principales accesos entre el mar de China y el océano Pacífico. Más de setenta años después, esa ubicación sigue condicionando la estrategia de las grandes potencias.
Cinco destructores al día. Hace apenas unos años, ver varios buques de guerra chinos rodeando Taiwán era sinónimo de crisis diplomática o de unas maniobras militares extraordinarias. Hoy ocurre prácticamente todos los días.
Pekín ha conseguido transformar lo excepcional en rutinario y, con ello, ha dado un paso decisivo hacia un objetivo mucho más ambicioso: aislar progresivamente la isla sin necesidad de disparar un solo tiro.
El cerco ya no se prepara, se practica. Contaba hace unos días el Wall Street Journal que la Armada china mantiene de forma permanente entre cinco y seis buques de guerra alrededor de Taiwán, una cifra que aumenta cuando se incorporan otras unidades de forma puntual.
Los barcos permanecen aproximadamente dos semanas en la zona antes de ser relevados por otros, permitiendo que un número creciente de tripulaciones acumule experiencia en un escenario que podría convertirse en un futuro campo de batalla. Más que una demostración de fuerza, el despliegue constituye un entrenamiento continuo para un eventual bloqueo o invasión.
Cada patrulla sirve para aprender y desgastar. La presencia constante de estos barcos obliga a Taiwán a responder una y otra vez con sus propias unidades navales y guardacostas. Cada incursión supone horas de seguimiento, combustible, mantenimiento y tripulaciones en alerta permanente.
Mientras la isla consume recursos para reaccionar, China recopila información sobre cómo se desplazan los buques taiwaneses, cuánto tardan en responder, qué comunicaciones emplean y cuáles serían sus movimientos en caso de conflicto.
Controlar las aguas. El nuevo paso consiste en extender la presión hacia el este de Taiwán mediante patrullas de su Guardia Costera. Esa zona concentra un intenso tráfico marítimo y tendría un enorme valor estratégico en un hipotético bloqueo de la isla.
Pekín ya no limita su actividad al estrecho que la separa del continente, sino que proyecta su presencia hacia el Pacífico occidental para reforzar su mensaje de que también considera esas aguas bajo su jurisdicción.
Más allá de la vigilancia. Recordaba el New York Times en un reportaje que los guardacostas chinos no actúan únicamente como una fuerza policial marítima. En los últimos meses han llegado a requerir información a buques mercantes sobre su destino, tripulación o carga, tratando de ejercer una autoridad que Taiwán rechaza por completo.
Ese tipo de actuaciones permite a Pekín ensayar mecanismos de control del tráfico marítimo utilizando organismos civiles armados, una estrategia mucho más difícil de responder militarmente que un despliegue exclusivamente naval.
El verdadero objetivo. Porque China no necesita cerrar completamente el acceso a Taiwán de un día para otro para alterar el equilibrio en la región. Le basta con aumentar poco a poco la intensidad de sus patrullas, ampliar las zonas donde opera y acostumbrar a navieras, pescadores, gobiernos y fuerzas armadas a convivir con esa presencia constante.
Si esa situación termina percibiéndose como la nueva normalidad, Pekín habrá avanzado una parte importante de su estrategia sin haber iniciado formalmente un bloqueo.
El bloqueo antes de que comience la guerra. Sea como fuere, las operaciones actuales muestran que un bloqueo ya no tiene por qué consistir en cerrar de golpe todos los accesos a la isla. Puede construirse de forma gradual mediante patrullas permanentes, inspecciones, ejercicios militares, presencia de guardacostas y presión psicológica sobre el tráfico marítimo.
Desde ese prisma, China parece haber comprendido que el aislamiento de Taiwán no empieza el día en que se declara una guerra, sino mucho antes, cuando el cerco se convierte en parte del paisaje cotidiano y cada nuevo paso resulta menos sorprendente que el anterior.
Imagen | Coast Guard News

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