La sequía está provocando que pueblos de Vizcaya y Cantabria dependan de camiones de agua para ducharse o beber

  • Pueblos donde siempre llovía están racionando el agua por franjas horarias para sobrevivir a la sequía

  • En 2025, Soria compró y repartió 3.147.000 litros de agua potable a través de cisternas

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Isra Fdez

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Las Rozas de Valdearroyo. Lleva el agua en su nombre. Y “roza” porque es el nombre que se da a la tierra barbechada antes de cultivar. El embalse del Ebro lo convirtió en el primer pueblo inundado completamente. Es decir, nunca ha faltado agua; más bien ha sobrado. Hasta ahora. Como esta región del norte, decenas. La sequía ya no es cosa del sur y hay parroquias que viven literalmente “a camión diario” de agua importada. Agua, además, a veces poco clorada. Parte de la España húmeda opera como si siguiera en redes pensadas para un régimen de lluvias que ya no existe.

Donde siempre llueve. O llovía. En Urdaibai, por ejemplo, llevaba sin llover un mes. Karrantza, valle encartado de Bizkaia, recibe cada día unos 250 metros cúbicos de agua potable en camiones cisterna para poder seguir abriendo el grifo en agosto. El envío lo coordina la Diputación, que transporta entre 250.000 y 300.000 litros de lunes a viernes, con dos vehículos que realizan una media de seis viajes por jornada entre las instalaciones del Consorcio y los depósitos municipales de San Esteban y Ubal.

El municipio no está integrado en la línea del Consorcio de Aguas Bilbao Bizkaia, depende de dos balsas propias, y la de Argañeda está fuera de servicio por un movimiento de tierras, lo que ha tensado al límite la balsa de Cerroja. Parte de ese agua llega desde la vecina Cantabria, cuando sus balsas estuvieron al 13% y 33% de capacidad. Y demos gracias, porque ahora mismo hay ganaderos en Aralar, la sierra de los montes vascos, llevando agua porque "Hay choferes que te dicen Yo ahí no voy con el camión, y menos con agua".

Cantabria, con mucha sed. Los que sufren son pueblos de montaña que nunca se conectaron a grandes redes de abastecimiento. Hermandad de Campoo de Suso y la citada Las Rozas de Valdearroyo reciben agua potable en depósitos y camiones cisterna para cubrir al menos tres meses de consumo básico. Llevan años así. La región ocupa casi todo el valle del Híjar y la sierra es su condena. Al lado, en Fontibre, nace el Ebro. Pero es que los manantiales se secan antes, en época de pastos. La inversión de unos 36.000 euros solo para Campoo de Suso antes recaía sobre ayuntamientos que tenían que contratar camiones por su cuenta.

El gobierno de Cantabria ya ha destinado 300.000 euros a subvencionar hasta el 95% del coste de camiones cisterna, remolques y depósitos móviles, con un máximo de 40.000 euros por ayuntamiento. Al oeste, la comarca de Liébana (Potes, Camaleño, Cabezón, a cuál más bonito) también anda con problemas pese a beber del Deva, el Quiviesa y el Bullón. A nivel local admitían que el agua está en la red, pero que no llega a estos núcleos.

Asturias, pagando agua a 200 euros la cuba. La Figarona, núcleo rural de Siero, el manantial local ya no entrega agua suficiente. Así que la comunidad, a título privado, ha pasado a comprar camiones de 15.000 litros a más de 200 euros cada uno. En 10 días se han pedido 15 servicios. Para estirar el goteo, la comunidad aplica cortes nocturnos: de 22:00 a 8:00 no hay agua en los grifos. Objetivo: reservar un volumen disponible para consumo humano básico durante el día. El ayuntamiento prioriza primero a los pueblos conectados a su red municipal, claro.

Leoneses y aragoneses, unidos por escasez. En Salamanca, hasta 64 pueblos han tenido que recibir agua en cisterna por una combinación de escasez hídrica y contaminación del suministro habitual por nitratos y pesticidas, lo que ha dejado los pozos fuera de uso. En Soria, la diputación repartió 412.000 litros de agua a 9 pueblos solo durante julio. Durante 2025 repartieron más de 3 millones de litros a 39 núcleos, con la mítica Medinaceli como ejemplo más visible. En los valles de Huesca, localidades como Jaca, Graus o Bonansa han visto cómo sus cursos y acuíferos dejan de aportar caudal y tiran de cisterna.

Agua sobre ruedas. El aviso viene de lejos. El embalse de Sierra Boyera (al norte de Córdoba) se secó en 2023 y dejó sin agua potable a unos 80.000 vecinos de 24 municipios y varias aldeas. El operativo implicó a 16 camiones diarios. Además, el agua del embalse La Colada se consideraba no apta para consumo humano, no valía. El coste diario de ese sistema se movía entre 15.000 y 18.000 euros. La Agència Catalana de l’Aigua destinó al menos 308.520 euros a subvencionar un suministro igual, y casos como Passanant i Belltall son de locos: 130 camiones en 4 meses, unos 65.000 euros en transporte de agua para garantizar la vida cotidiana.

¿Qué lleva a seis autonomías, cinco de ellas bien provistas de agua, a esta situación? ¿La falta de infraestructura? En parte. Tras un invierno muy húmedo, la primavera y el verano han encadenado meses muy secos. En julio apenas registramos el 26% de las lluvias normales según la agencia meteorológica. Hay embalses al 80% y otros al 40%; la media da un 69% de capacidad con 17 puntos por encima de la media de la última década. Pero ese dato protege sobre todo a quien está conectado a grandes sistemas de regulación, no a pueblos que dependen de pozos y pequeñas balsas. Y la primavera de 2026 fue la segunda más cálida de la historia.

Sellar, blindar y proteger. Expertos en ciclo del agua recuerdan que la combinación de embalses de hormigón, acuíferos degradados y suelos impermeabilizados crea una falsa sensación de seguridad (MITECO, sobreexplotación de acuíferos; ERICC‑2025, riesgos hídricos). Se reduce la capacidad del terreno para actuar como esponja y alimentar manantiales y pequeños depósitos, tal y como muestran los estudios europeos sobre soil sealing y pérdida de recarga (Umweltatlas Berlín; Comisión Europea, guía sobre sellado del suelo; Tóth et al., 2024). En resumen: en España queda mucho por hacer en materia de embalses. 

Imágenes | L'Est Républicain (ejemplo ilustrativo)

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