Queriendo evitar incendios en Oviedo, los limpiadores han tropezado con otro problema: la Guerra Civil

  • España registra casi 200 búnkeres, de los cuales más de la mitad fueron erigidos durante la Guerra Civil

  • Hace décadas, este búnker de la Guerra Civil quedó sepultado por la maleza en Asturias. El miedo a los incendios lo ha recuperado

  • Durante la época de peligro alto (del 1 de junio al 15 de octubre), el desbroce de montes es una instrucción obligatoria

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Isra Fdez

Editor

Si creíamos que España ya tenía catalogado hasta el último vestigio de la Guerra Civil, malas noticias. Todavía salen rincones de artillería como setas en otoño. Cicatrices de un territorio que nos recuerda a un país roto. Imagina la cara que se les quedó a los profesionales de limpieza del ayuntamiento cuando metieron la desbrozadora donde no tocaba. 

Imagina la cara de la cuadrilla municipal de Oviedo: limpiando una senda cualquiera en el término de El Campón en pleno julio, la máquina tropieza con hormigón armado y una tronera de 1937, agazapada bajo los helechos desde hace 89 años. A quien conoce el monte Naranco no le sorprende. A quien solo sigue rutas guiadas, de placa turística y manual escolar, alucinará.

Un frente bajo los matorrales. Dicen los archivos que Oviedo aguantó un cerco republicano en 1936 que hacia octubre terminó por romperse. Entonces, el Naranco se llenó de trincheras para vigilar los pasos hacia Grado. En El Rebollal contaron trece posiciones: dos para ametralladora, once para fusil. Campo Cimero suma treinta y una, repartidas en cuatro arcos hacia el noroeste, el conjunto defensivo más grande de Asturias.

Por citar un ejemplo, en Ayones el nido conserva su geometría original: siete lados por fuera, cilindro por dentro, alzado en 1937 por los republicanos. Y claro, la maleza no borra estas estructuras, más bien las guarda y las contornea. Y salvo las construcciones nacionalistas de Pando, casi todo lo conservado en esta zona —Rebollal, Campo Cimero, Fitoria, Ayones— es republicano.

Las heridas de España. Aunque nadie tiene la cifra exacta, el portal BunkerAtlas tiene registradas y geolocalizadas 192 posiciones. Es más una muestra que un censo oficial, claro. Madrid concentra casi el 19% de lo catalogado; Cataluña ronda el 16%; Navarra el 12%; Aragón el 11%. Y casi seis de cada diez estructuras registradas se levantaron durante la Guerra Civil, por ambos bandos. Solo en Madrid se han documentado más de 2.000 fortificaciones en un centenar largo de municipios, unas 500 de hormigón; la capital reúne ya 531 fichas de inventario entre Casa de Campo, El Pardo y Ciudad Universitaria.

En los Pirineos, el franquismo diseñó la Línea P: diez mil búnkeres proyectados a lo largo de 500 kilómetros de frontera. Menos mal que la obra se paró con menos de la mitad construida, unos 4.000, y quedó obsoleta hacia 1980. Multiplica eso por cada frente —Ebro, Jarama, el propio cerco de Oviedo— y la cifra real ronda con seguridad las decenas de miles. La mayoría sigue bajo zarzas, esperando una limpieza.

Quién decide qué se salva. España cataloga este patrimonio desde la Ley de Memoria Histórica de 2007, ampliada por la Ley de Memoria Democrática de 2022 —revisada en marzo de 2026—. Ambas obligan a identificar y proteger estos restos, y en algunos casos a abrirlos al público. El problema, como siempre, es de recursos: inventariar miles de kilómetros de trinchera cuesta un dinero que no siempre llega, y cada nido recuperado depende de un ayuntamiento, una asociación de memoria o una cuadrilla forestal que tropieza con él.

Presente sobre pasado, como siempre. Pensemos en El Carmen de los Mártires, el jardín más bello del entorno de la Alhambra, el cual se alza sobre el antiguo Corral de los Cautivos, donde los presos cristianos pasaban la noche en mazmorras árabes. Tras la Guerra Civil sirvió de residencia para jóvenes. En 1970 un proyecto de hotel arrasó buena parte del bosque histórico, hasta que la protesta vecinal frenó las obras. 

O el Turó de la Rovira. Lo conoce todo el mundo como los Bunkers del Carmel, aunque el nombre es un error histórico: allí nunca hubo un búnker ni un refugio subterráneo. Lo que la República instaló en 1938 fue una batería antiaérea a cielo abierto, cuatro cañones Vickers de 105 mm, para frenar los bombardeos de la aviación italiana sobre Barcelona. Cuando acabó la guerra, el ejército republicano inutilizó las piezas y se retiró;, dejando el hormigón vacío. Hoy es el atardecer más fotografiado de Barcelona, nido de tiktokers.

La otra urgencia: el verano manda. La realidad es que el vestigio encontrado en El Campón responde a una acción clave y nada de esto debería frenar el desbroce. Al contrario. El verano de 2026 ya es el peor arranque de la serie histórica: junio cerró con un 90% más de superficie quemada que la media de los últimos veinte años, y cuadruplicó los datos del mismo mes en 2025. El incendio de Almería arrasó cerca de 6.600 hectáreas, con proyecciones que rozan las 7.000. La Unión Europea puso en marcha su mayor despliegue histórico contra incendios y no es fácil sospechar que sigue siendo insuficiente.

El desbroce perimetral responde a la ley. Si bien el bulo de que la normativa ambiental prohíbe limpiar el monte circula cada julio; ni la Agenda 2030, ni el Pacto Verde europeo, ni la Ley de Montes prohíben el desbroce. Lo exigen, con plan anual. Memoria y prevención no compiten. Basta avisar a Patrimonio, dejar que el nido respire un rato al sol y decidir después qué hacer con él. La Guerra Civil sigue enterrada por media España; motosierra es justo lo que hace falta para desbrozar y limpiar contra la expansión de incendios.

Imagen | Flickr (Diego Valera)

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