Puigdemont a la fuga: por qué su llegada a Bruselas podría romper sin querer el gobierno de Bélgica

Puigdemont a la fuga: por qué su llegada a Bruselas podría romper sin querer el gobierno de Bélgica
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Carles Puigdemont y cinco miembros del ya extinto Govern de la Generalitat van a pedir asilo político en Bélgica, hogar del Parlamento, de la Comisión y del Consejo europeo. El vuelo del destituido presidente a Bruselas indicaba que, más allá del telar de alianzas que el independentismo ha tratado de tejer, Puigdemont quería internacionalizar el conflicto. Y hacerlo, además, esquivando los treinta años por "rebelión" que podría afrontar.

¿Pero por qué Bélgica, de entre todos los países del mundo? ¿No hubiera tenido más sentido buscar asilo en países hostiles a la Unión Europea o a España? Para entender la sucesión de acontecimientos y motivaciones que han colocado a Puigdemont a dos pasos de exigir asilo en Bruselas, hay que comprender la naturaleza propia del país, tan esquizofrénica en lo territorial como la española y muy dura en materia de extradición.

Una naturaleza que, dada su inestable historia y delicado equilibrio político, podría convertirle en la primera víctima nacional del procés: el gobierno belga, paradójicamente la pieza del rompecabezas más frágil y, a esta hora, incierta, del tablero independentista. Y en cómo el procés iniciado en 2012 ha llegado hasta este punto y se podría cobrar tan sorprendente pieza política juega un papel clave el N-VA.

El N-VA: el apogeo del independentismo flamenco

Hasta la fecha, Bélgica había sido el país que más reticente se había mostrado apoyando al gobierno español. Como contaba Pablo Suanzes en El Mundo, las palabras del secretario de estado de Asilo e Inmigración, Theo Francken, habían abierto una pequeña crisis diplomática con Exteriores: la mera sugerencia de que Puigdemont podría pedir asilo en Bélgica (y de que Bélgica se lo aceptaría) galvanizó las relaciones entre el gobierno de Charles Michel y el ministerio dirigido por Alfonso Dastis.

Detrás del ardid se encontraba Francken, prominente miembro de Nieuw-Vlaamse Alliantie (N-VA), el partido nacionalista (e independentista) flamenco más destacado.

El partido surgió en 2001 tras al escisión de Volksunie, tradicional formación depositaria de los votos del nacionalismo flamenco derechista. El agotamiento de la vía federal, subdividida Bélgica en tres regiones (más Bruselas) claramente diferenciadas y autónomas, provocó que las dos facciones del partido, la progresista y la conservadora, se dividieran. De esta última surgió el partido que hoy domina la política belga.

Rápidamente, el N-VA se postuló como un partido de sino separatista, y optó por la radicalización de sus posturas en el plano nacional: utilización exclusiva del flamenco (dialecto del neerlandés) en Flandes y en las tareas del gobierno regional, clara profundización en las competencias de autogobierno del país y camino gradual pero irrenunciable hacia la independencia. Aderezado con un talante moderado en lo económico y duro en lo social (especialmente en materia migratoria), el N-VA creció.

Bart Bart de Wever en 2010, el hombre que ha llevado al N-VA a donde está hoy. (Michiel Hendryckx/Wikipedia)

Lo hizo primero en coalición con el gran dominador histórico de la política belga (tanto a nivel federal como flamenco), el conservador Christen-Democratisch en Vlaams, y más tarde por su cuenta. A finales de la pasada década el N-VA ya se había convertido en una fuerza insoslayable en Bélgica, y en las elecciones federales de 2014 obtuvo un triunfo histórico acumulando 31 diputados en el parlamento, primera fuerza electoral.

De aquellas elecciones surgió el gobierno actual, encabezado por Charles Michel, cabeza política de un partido regeneracionista francófono. El gobierno se sostiene sobre mimbres precarios, como todos en Bélgica, un país a ratos ingobernable fruto de la radical división de sus dos entidades federales, Flandes y Valonia. Apoyado por el N-VA, los conservadores flamencos y los liberales flamencos, Michel está a merced de políticos voraces y oportunistas como Francken.

Flandes y Cataluña, una breve historia de amor

La irrupción del N-VA en la política flamenca y belga se comprende mejor dentro del empuje renacionalizador de la política europea, un proceso similar que ya han experimentado Piamonte, Véneto, Cataluña o Escocia.

Al igual que el SNP o el actual PDeCAT, el N-VA es un partido que aspira a redefinir las fronteras de la Unión Europea dentro de una fórmula confederal, asentado sobre la firme creencia de que sólo pequeñas comunidades intercooperativas permitirán responder a los retos económicos y sociales del futuro. Es conservador, nacionalista y europeísta (aunque cada día menos), en una línea más liberal y menos populista (con peros) que los movimientos anti-globalistas del Frente Nacional o de Alternativa para Alemania.

Heimo Scheuch And Minister President Geert Bourgeois Geert Bourgeois, derecha, el hombre que descorchó el champán cuando JxS se impuso en las elecciones de 2015. (Uwe Strasser/Wikipedia)

De ahí que la relación entre Flandes y Cataluña sea tan próspera: ambas regiones comparten objetivos y cierta similitud entre su élite política dominante, capaz de reformular ideas nacionalistas clásicas y románticas sobre vectores más asimilables en el siglo XXI como la "soberanía" o la "democracia". El propio Francken ha sido un vocero habitual del independentismo catalán en Bélgica, y ha acudido a actos conmemorativos y simbólicos catalanistas como la Diada.

Desde la radicalización del procés, el N-VA ha observado los acontecimientos con cautela. En 2016, el Ministro del Interior belga y una de las voces más destacadas del partido, Jan Jambon, admitía que si su formación no reconocía una eventual independencia de Cataluña su credibilidad quedaría en entredicho, en tanto que aspira al mismo objetivo para Flandes.

Quizá nadie haya expresado la relación de amor entre el nacionalismo flamenco y catalán con tan bellas palabras como Geert Bourgeois, el histórico líder del N-VA. En 2015 viajó junto a una delegación de su partido a celebrar la victoria de Junts pel Sí en las elecciones plebiscitarias, y expresó a Politico su "satisfacción" por lo sucedido y su deseo de que Artur Mas se convirtiera más pronto que tarde en el "29º presidente" de la Unión Europea.

Francken Theo Francken, secretario de estado de Asilo en Bélgica. (EU2016 SK/Flickr)

Al igual que el independentismo catalán, Bourgeois no cree que Flandes, Escocia o Cataluña deban quedar fuera de la UE en caso de una eventual secesión, y considera que los condicionantes económicos, históricos y culturales son lo suficientemente fuertes como para asentar y justificar la independencia de todos ellos. Pese a que la independencia no parece formar parte de los planes a corto plazo del N-VA, Bourgeois se muestra dispuesto a apoyar la catalana.

Y este es el origen del problema del gobierno de Michel y el motivo por el que Bélgica ha sido el único país de la Unión Europea que se ha mostrado tibio tras la proclamación de independencia del Parlament: la delicada coalición gubernamental en Bruselas depende ampliamente de la acomodación de preferencias del N-VA, y estas pasan por aplaudir y recibir con cálida satisfacción el éxito de un proyecto independentista al que tanto se asimilan y en el que tanto apoyo han invertido.

Si Michel decidiera ser más tajante, su gobierno podría caer.

Y algo más: unas leyes de asilo muy estrictas

La presencia de Puigdemont en Bruselas es un dilema para Michel. Su partido capitaliza el actual gobierno y tiene más que perder que el N-VA (sólo tres ministros y dos secretarías de estado) en caso de que se rompa la coalición.

El premier belga se puede ver presionado por dos vertientes: por un lado, por el N-VA, que tiene una simpatía natural hacia el movimiento independentista catalán, como ya hemos visto, y que necesita mostrarse solidario con sus pares ibéricos de cara a su electorado; por otro, por la comunidad internacional, el gobierno de España y la Unión Europea, que mediarán para evitar una incierta aceptación de asilo por parte del gobierno.

Michel Charles Michel, primer ministro belga. (U.S. Department of State)

No es una cuestión menor. Bélgica cuenta con una de las políticas de asilo y extradición más duras del continente. El gobierno español ya se ha enfrentado a ella: durante lustros, Bélgica se ha negado a extraditar a terroristas etarras a la justicia española en base a la carencia de garantías judiciales en el proceso. Si una petición de asilo de Puigdemont fuera aceptada, su extradición y segura llamada a declarar del Tribunal Supremo o de la Audiencia Nacional se verían comprometidas.

¿Y qué posibilidades hay de que el Govern se constituya como "gobierno en el exilio de la República Catalana"? Alguna. Especialmente si pensamos que el secretario de estado de Asilo belga es... Theo Francken, el mismo que ofreció asilo a Puigdemont antes de su fuga. Una pesadilla para Charles Michel.

En cualquier caso, hay algo que, como de costumbre, puede salvar al gobierno belga: la Unión Europea. Las peticiones de asilo se aceptan sobre bases jurídicas concretas, basadas en una discrecionalidad de la justicia del país de origen por cuestiones políticas. Sin embargo, la mera pertenencia a la Unión Europea asume de forma tácitca (y refrendada en los duros procesos de admisión) de que los 27 sistemas judiciales de los 27 estados miembros son garantes, justos, equitativos y "seguros" desde el punto de vista legal y democrático.

Así las cosas, ningún estado de la UE acepta peticiones de asilo provenientes de otro estado de la UE, como es el caso. Salvo una excepción: que el estado miembro del que provenga la petición, en este caso España, se viera sometido al Artículo 7 del Tratado de la UE. Este implica la apertura de un procedimiento disciplinario a un estado miembro en base a posibles violaciones de las garantías judiciales y democráticas (como casi fue el caso de Polonia).

Ni España ni Bélgica se encuentran en tal situación. Por lo que el expreso ofrecimiento de Francken a Puigdemont podría ser papel mojado sobre la base jurídica. Pero una bomba sobre la política.

Imagen | Manu Fernandez/AP

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