EEUU ha cerrado todas las salidas del estrecho de Ormuz. Y ahora Irán puede poner en práctica lo que lleva preparando 25 años

El estrecho de Ormuz no es solo un paso estratégico, sino un campo de batalla diseñado a medida para Teherán

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Miguel Jorge

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En 1988, durante la llamada Operación Praying Mantis, Estados Unidos lanzó en un solo día la mayor ofensiva naval desde la Segunda Guerra Mundial en el Golfo Pérsico, destruyendo buena parte de la flota iraní tras el impacto de una mina en una fragata estadounidense. Aquel episodio, que parecía cerrar un capítulo, terminó marcando el inicio de una forma completamente distinta de entender la guerra en el mar.

Un bloqueo para estrangular… o exponerse. Estados Unidos ha optado por una de las herramientas más agresivas disponibles: bloquear el tráfico hacia y desde los puertos iraníes en el estrecho de Ormuz para asfixiar su economía, desplegando una combinación de portaaviones, destructores, fuerzas especiales y apoyo aéreo con capacidad para interceptar, abordar y retener petroleros. 

La operación, sin embargo, no consiste en cerrar un grifo sin más, sino en vigilar y controlar un embudo marítimo extremadamente estrecho y saturado, donde cada movimiento obliga a acercar activos de alto valor a la costa iraní. Esa proximidad, necesaria para hacer efectivo el bloqueo, convierte cada maniobra en una exposición constante a ataques, elevando el coste potencial de la operación desde el primer momento.

La paradoja militar. Aquí aparece un punto clave, porque, aunque Estados Unidos ha devastado la marina convencional iraní, hundiendo fragatas, corbetas y grandes unidades, el verdadero instrumento de control de Ormuz sigue en pie: la flota asimétrica de la Guardia Revolucionaria. 

Hablamos de más del 60% de sus lanchas rápidas que permanecen operativas, ocultas en bases subterráneas y diseñadas específicamente para operar en aguas confinadas, lanzar ataques relámpago, colocar minas o acosar buques comerciales. De hecho, esta estructura no solo ha sobrevivido, sino que ha demostrado su eficacia reduciendo drásticamente el tráfico marítimo, dejando claro que el poder naval tradicional no es el factor decisivo en este escenario.

Hormuz Map

El estrecho convertido en arma. Contaban esta mañana los analistas de TWZ que hay una oleada de dragaminas de Estados Unidos en estos momentos desplazándose de Japón hacia Oriente Medio. El movimiento se entiende fácil, ya que Irán ha transformado el estrecho en un entorno hostil donde cualquier superioridad tecnológica pierde parte de su ventaja frente a la saturación y la dificultad de detección. 

Minas navales, drones explosivos, misiles lanzados desde tierra y pequeñas embarcaciones rápidas crean una red de amenazas distribuida que no necesita hundir grandes buques para ser efectiva. Basta con generar incertidumbre y riesgo constante para paralizar el tráfico, encarecer los seguros y disuadir a las navieras, como ya se ha visto con decenas de ataques y la caída del número de cruces diarios a niveles mínimos.

Embudo estratégico: controlar o quedar atrapado. Porque el plan estadounidense de “embotellar” Irán a ambos lados del estrecho implica desplegar fuerzas en el Golfo de Omán y en el Golfo Pérsico para cortar entradas y salidas, pero esa misma geometría convierte la operación en una trampa potencial

¿Cómo? A priori, las fuerzas deben operar dentro de un pasillo de apenas 30 km de ancho, bajo alcance directo de misiles costeros y rodeadas de amenazas de bajo coste, pero alto impacto. En ese contexto, el control del espacio no elimina el riesgo, sino que lo concentra, obligando a los buques a permanecer dentro de una zona donde el adversario ha diseñado durante décadas su forma de combatir.

Iran Mine Boat

El punto crítico. Bajo ese escenario, la lógica del enfrentamiento favorece a Irán en un aspecto clave, porque en realidad no necesita derrotar a la armada estadounidense en su conjunto, solo infligir pérdidas limitadas, pero simbólicamente devastadoras

De ahí que, como explicaba el almirante retirado de la Armada de Estados Unidos, James Stavridis, a la CNN, el hundimiento o la inutilización de uno o dos destructores de Washington, o el daño a un solo portaaviones, no cambiaría el equilibrio militar global, pero sí tendría un impacto político y estratégico inédito, cuestionando de por sí toda la operación. De fondo una explicación sencilla: en un entorno donde los ataques pueden venir en forma de enjambres de drones o misiles relativamente baratos, el coste-beneficio se inclina peligrosamente contra quien despliega los activos más valiosos.

Tiempo, economía y presión global. No solo eso. Mientras el bloqueo busca cortar los ingresos iraníes, sus efectos colaterales ya están golpeando al sistema global: subida del petróleo por encima de los 100 dólares, tensiones en el suministro de combustibles, impacto en aviación, fertilizantes y cadenas industriales. 

Precisamente Irán juega con ese desgaste, consciente de que prolongar la crisis aumenta la presión sobre Estados Unidos y sus aliados, tanto económica como políticamente. En ese escenario, cada día que el estrecho permanece alterado refuerza la posición negociadora iraní, convirtiendo el bloqueo en un arma de doble filo.

Décadas esperando la batalla. Si se quiere, el último análisis de la situación en Ormuz es quizás el más inquietante para los intereses de Washington. Lejos de ser una sorpresa, el escenario encaja exactamente con la doctrina que Irán desarrolló tras la destrucción de su flota en los años ochenta: evitar el combate convencional y dominar los puntos críticos mediante guerra asimétrica

Así, desde finales de los 90 y especialmente en los 2000, Irán invierte en tres pilares muy concretos pensados justo para ese cuello de botella: enjambres de lanchas rápidas armadas con misiles y cohetes, miles de minas navales fáciles de desplegar incluso desde barcos civiles, y misiles antibuque lanzados desde tierra que cubren todo el estrecho. A eso se han sumado en la última década drones navales y aéreos, submarinos en miniatura y redes de vigilancia costera. Lleva 25 años esperando, pero no para ganar una batalla naval clásica, sino para hacerla inviable.

El estrecho de Ormuz no es solo un paso estratégico, sino un campo de batalla diseñado a medida, uno donde la combinación de geografía, preparación y herramientas permite a Teherán compensar su inferioridad frente a una potencia naval extremadamente superior. Por eso, más que un movimiento decisivo, el bloqueo estadounidense abre la puerta a un enfrentamiento en el terreno donde Irán se siente más cómodo y donde el riesgo de una escalada imprevisible es máximo si Teherán es capaz de tumbar un par de “fichas”. 

Imagen | Iran State Media

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