Zaragoza tiene un "frigorífico" gigante bajo sus calles: lleva 30 años funcionando y es la envidia geotérmica de Europa

  • Investigadores del IGME-CSIC despliegan el método THERMAL para gestionar de forma inteligente un recurso que ya ahorra un 52% de energía a edificios públicos y hospitales

  • Frente al sobreesfuerzo de la aerotermia en invierno, el subsuelo del Ebro ofrece 18 °C constantes todo el año. Un modelo de éxito silencioso que ya se exporta a Europa

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Alba Otero

Editora - Energía
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Alba Otero

Editora - Energía

Está a once metros bajo el asfalto. No hace ruido, no emite humo y no sale en las noticias. Pero mientras los zaragozanos debaten sobre la factura de la luz, bajo sus pies hay una capa de agua subterránea que se mantiene a unos 18 °C estables todo el año —en plena ola de calor de agosto o en la helada de enero— y que lleva casi tres décadas calentando y enfriando en silencio decenas de edificios de la ciudad. 

La existencia de este "radiador natural" escondido bajo las calles de Zaragoza ha vuelto a la actualidad esta semana con un doble motivo: la consolidación de la ciudad como referente europeo en aprovechamiento geotérmico urbano, y la presentación de un método pionero —desarrollado y testado ahí— para gestionar de forma inteligente este recurso antes de que el éxito lo destruya.

En corto. El equipo del Grupo de Sistemas Hidrogeológicos y Geotérmicos Avanzados (SHGA) del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC) ha presentado los resultados de THERMAL, un nuevo método de gestión del acuífero urbano que han probado con éxito en Zaragoza. Los datos son concretos: coordinando mejor las bombas de calor ya existentes —sin perforar un solo pozo nuevo— se pueden ahorrar más de 7.500 euros al año por instalación y evitar la emisión de casi 15 toneladas de CO₂.

Como detalla Cristina de Santiago Buey, geóloga, investigadora del IGME-CSIC, la capital aragonesa es ya un referente. "Lo que convierte a Zaragoza en un referente no es solo la magnitud del aprovechamiento, sino la forma en que se ha gestionado colectivamente a través de un modelo basado en el conocimiento científico y la coordinación institucional", explica la científica. "Esa visión total garantiza que el aprovechamiento geotérmico no comprometa ni la sostenibilidad del acuífero ni la salud pública, y convierte al municipio en un ejemplo pionero de gobernanza urbana del subsuelo".

¿Por qué Zaragoza? El "colchón" del Ebro. No es casualidad que esto ocurra aquí. Bajo la ciudad se extiende lo que los geólogos denominan el acuífero "Aluvial del Ebro: Zaragoza": una masa de agua subterránea de entre 20 y 30 metros de espesor, en conexión directa con el cauce del río, y con el nivel freático a unos 11 metros de profundidad. En términos sencillos, se trata de un colchón de agua ligado al Ebro que actúa como termostato natural.

La clave geotérmica de ese colchón es su temperatura. Mientras el aire exterior oscila entre los 35 °C del verano aragonés y los 2 °C de un día de cierzo, el agua subterránea se mantiene estable en torno a los 18 °C durante todo el año. Esa constancia es exactamente lo que necesita una bomba de calor geotérmica para trabajar con máxima eficiencia. 

Un frigorífico gigante bajo el asfalto. Para entender su mecanismo, conviene recordar cómo funciona el frigorífico de casa: no genera frío, simplemente mueve calor del interior hacia el exterior. La bomba de calor geotérmica hace lo mismo, pero a escala urbana y usando el subsuelo como fuente o sumidero de energía. En invierno, el sistema extrae agua del acuífero a 18 °C, le "roba" parte de ese calor mediante un intercambiador, y lo amplifica para calentar el edificio. Después, el agua —ahora algo más fría— se reinyecta. En verano, el proceso se invierte: se extrae calor del edificio y se cede al agua subterránea, que a 18 °C está mucho más fría que el aire exterior.

La ventaja sobre la aerotermia es sustancial. Cristina de Santiago Buey lo ilustra de forma muy clara: si queremos mantener una casa a 22 °C y el aire exterior está a 5 °C en invierno, una bomba aerotérmica tiene que salvar un gran salto térmico de 17 grados. "Si en lugar del aire usamos el terreno, que se mantiene estable alrededor de 18 °C, el salto es mucho menor y la bomba trabaja con mucha más facilidad y eficiencia", detalla la experta. Menos esfuerzo se traduce directamente en menos electricidad consumida y una factura mucho más baja.

Tres décadas y sesenta instalaciones. El aprovechamiento geotérmico del acuífero zaragozano fue creciendo progresivamente durante casi treinta años. El resultado: unas 60 grandes instalaciones, mayoritariamente en edificios públicos, con una potencia instalada de unos 110 megavatios térmicos solo para frío —el equivalente aproximado a la energía necesaria para climatizar más de 15.000 viviendas—.

Hospitales, campus universitarios, centros comerciales y bloques de viviendas se benefician de ello. Destacan el Edificio Cero Emisiones del Ayuntamiento, que consume un 52% menos de energía que un inmueble convencional, o la papelera Saica, con un campo de 12 perforaciones integradas en sus cimientos. Los gestores de estos inmuebles coinciden: la tranquilidad de no depender de los vaivenes del mercado eléctrico para enfriar o calentar enormes superficies compensa cualquier esfuerzo inicial de instalación.

Aunque hay una cara B. Con tantos pozos extrayendo y reinyectando agua, las instalaciones pueden interferirse entre sí. Si el acuífero se calienta en exceso a largo plazo por devolver demasiada agua caliente, deja de ser útil. El desafío actual no es la falta de recurso, sino coordinar su uso entre decenas de actores.

Aquí es donde entra el método THERMAL. El sistema ajusta caudales y temperaturas para que ninguna instalación interfiera con las demás. El siguiente paso ya está en marcha: incorporar inteligencia artificial y aprendizaje automático para anticipar la demanda energética y los cambios climáticos en el subsuelo, con el objetivo de exportar este modelo a otras ciudades europeas.

De Zaragoza a Mieres: un modelo exportable. Para dimensionar el hito de Zaragoza, conviene fijarse en los referentes internacionales. París, gracias al gran acuífero del Dogger, tiene una inmensa red subterránea de climatización; y cerca de Helsinki, en Vantaa, se está construyendo el mayor sistema de almacenamiento térmico estacional del mundo, diseñado para guardar el calor del verano y liberarlo en invierno.

En España, el otro gran ejemplo es Mieres (Asturias), donde el Pozo Barredo —una mina de carbón abandonada e inundada— se reconvirtió en la red geotérmica más grande del país. Hoy calienta un hospital, la universidad y cientos de viviendas en un perfecto ejemplo de economía circular: de mina contaminante a fuente de energía limpia.

¿Por qué el resto de España no mira hacia abajo? La geotermia tiene un problema de marketing: es invisible. No tiene el impacto visual de un panel solar en un tejado ni de un aerogenerador en el horizonte. Además, aunque la inversión inicial en perforaciones asusta a muchos promotores, los expertos insisten en que se amortiza en un plazo de entre cinco y ocho años gracias al ahorro mensual continuo. Con el actual impulso de los fondos europeos y las ayudas a la eficiencia energética, el apoyo financiero empieza a ser una realidad; ahora solo falta voluntad y formación técnica especializada.

Hay algo casi paradójico en la historia del acuífero de Zaragoza. Durante tres décadas, esa agua ha estado ahí, invisible, trabajando en silencio. Ahora, de la mano de la ciencia y la inteligencia artificial, esa historia sale a la superficie. Zaragoza ha demostrado que se puede climatizar una ciudad entera aprovechando lo que hay debajo de sus calles, sin contaminar y abaratando drásticamente la factura. La pregunta ya no es si funciona. La pregunta es por qué el resto de España sigue sin mirar hacia abajo.

Imagen | Pexels y CSIC

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