Puerto Rico introdujo mangostas para combatir las ratas en los campos de azúcar. 150 años después, son el principal foco de rabia en la isla

Cuando la solución a una plaga sale regular

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Miguel Jorge

Editor

En la década de 1870, los propietarios de plantaciones de caña de azúcar del Caribe tenían un problema aparentemente sencillo: las ratas devoraban y dañaban sus cultivos. La solución fue importar desde India a un pequeño depredador que parecía perfecto para el trabajo, la mangosta india. Puerto Rico fue uno de los lugares donde se introdujo. Un siglo y medio después, la industria azucarera que debía proteger prácticamente ha desaparecido de la isla, pero las mangostas siguen allí.

Y se convirtieron en una especie invasora.

Una mangosta parecía la solución perfecta. La caña de azúcar llegó a ocupar un lugar central en la economía puertorriqueña y las ratas constituían una importante plaga para las plantaciones. Durante el siglo XIX, propietarios de plantaciones del Caribe comenzaron a importar pequeñas mangostas indias para utilizarlas como una forma primitiva de control biológico: en lugar de combatir las ratas directamente, introducirían un depredador que hiciera el trabajo. 

Puerto Rico adoptó aquella estrategia en la década de 1870. Sobre el papel tenía lógica; en el ecosistema real, el experimento salió de una forma muy diferente.

Solo había un pequeño problema. Las mangostas se extendieron con rapidez, pero nunca resolvieron del todo el problema que había justificado su llegada. Una de las explicaciones resulta casi absurda vista siglo y medio después: las mangostas son fundamentalmente diurnas, mientras que las ratas de los cañaverales son principalmente nocturnas. 

Depredador y presa podían compartir territorio sin coincidir durante buena parte de sus periodos de actividad. Las ratas continuaron siendo una plaga y Puerto Rico se quedó, además, con una nueva especie perfectamente capaz de sobrevivir por su cuenta.

Cuando faltaron ratas, había muchas otras cosas que comer. NO solo eso. La mangosta encontró alternativas con facilidad. Aves, reptiles, anfibios y otros pequeños animales que habían evolucionado sin enfrentarse a aquel depredador pasaron a formar parte de su dieta, un patrón que se repitió en numerosas islas caribeñas donde había sido introducida. 

Lo que había llegado como herramienta agrícola terminó considerado una especie invasora y una amenaza para la fauna nativa. Era el primer gran efecto bumerán de aquella decisión del siglo XIX, pero no sería el último.

Astonished

Un problema mucho más difícil de controlar. Ocho décadas después de la introducción llegó la consecuencia sanitaria. En 1950 se produjo en Puerto Rico el primer gran brote de rabia confirmado en laboratorio entre estas mangostas, y con las décadas el virus se asentó en la población. 

Los animales acabaron convirtiéndose en el principal reservorio de rabia de la fauna terrestre de la isla y han llegado a representar más del 70% de los casos animales notificados, y el CDC situó históricamente esa proporción cerca del 75%. Una especie importada para proteger los campos de azúcar se había transformado en el animal que mantiene circulando una de las enfermedades más letales de Puerto Rico.

Señales de rabia en cuatro de cada diez mangostas. La magnitud exacta es difícil de medir porque detectar anticuerpos no significa que un animal tenga rabia activa, pero los estudios muestran una exposición considerable. Una investigación realizada en El Yunque y Cabo Rojo encontró anticuerpos neutralizantes contra el virus en aproximadamente el 39% de las mangostas analizadas. 

Estudios posteriores en más lugares obtuvieron porcentajes menores, alrededor del 17%, demostrando que la exposición varía mucho según el hábitat y la zona. El problema tampoco queda encerrado entre animales: los investigadores calculaban una media de unos 280 puertorriqueños mordidos por mangostas cada año.

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Una mordedura demostró hasta dónde podía llegar el problema. Un hombre de 54 años del sureste de Puerto Rico fue mordido por una mangosta mientras atendía un gallinero y no buscó tratamiento médico. Semanas después comenzó a sufrir fiebre, dificultad para tragar, parestesias y otros síntomas. Regresó al hospital cuando su estado empeoró y murió poco después de sufrir una parada cardiaca. 

Los análisis realizados tras su muerte confirmaron rabia y vincularon el virus con la variante caribeña asociada a las mangostas. Fue la primera muerte documentada en Puerto Rico provocada directamente por la mordedura de una mangosta y el primer caso de este tipo registrado en Estados Unidos o sus territorios.

Intentar controlar al animal que llegó para controlar a otro. El problema ha cerrado un círculo peculiar. Investigadores estadounidenses llevan años estudiando densidades de población, movimientos y cebos con los que algún día podría desplegarse una vacunación oral contra la rabia similar a la utilizada con otros animales en Estados Unidos. 

Los ensayos llegaron incluso a probar distintos sabores y descubrieron que las mangostas preferían los cebos de queso a los de coco o pescado. El objetivo actual ya no es conseguir que estos animales controlen una plaga, sino encontrar una forma de controlar las consecuencias que dejó su propia introducción.

El azúcar desapareció, las mangostas se quedaron. Puerto Rico ya no es la potencia azucarera que era cuando alguien decidió que importar un depredador asiático podía solucionar el problema de las ratas. Las plantaciones retrocedieron, pero las mangostas colonizaron la isla, atacaron fauna nativa y encontraron en Puerto Rico un lugar donde permanecer generación tras generación. 

Unos 150 años después, siguen obligando a científicos y autoridades sanitarias a dedicar recursos a vigilar mordeduras, estudiar la transmisión del virus y buscar formas de vacunarlas. La solución concebida para una plaga agrícola del siglo XIX terminó sobreviviendo al problema que pretendía resolver y creando otro que Puerto Rico todavía intenta solucionar.

Imagen | Minakksi, Daniel Dwyer Jr 

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