"El infierno son los demás": por qué la frase más famosa de Jean-Paul Sartre significa exactamente lo contrario de lo que parece

"Se ha malinterpretado", se lamentaba en los 60 Sartre sobre la que seguramente es su frase más famosa

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Carlos Prego

Editor - Magnet
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Carlos Prego

Editor - Magnet

La historia de la filosofía está repleta de frases redondas que (en teoría) sintetizan el modo de pensar de sus autores. También de interpretaciones ambiguas o directamente erróneas. Quizás el caso más claro lo deja Jean-Paul Sartre, uno de los iconos del existencialismo. A menudo su frase "El infierno son los demás" se entiende en su sentido más literal y descarnado, como si se tratara del grito misántropo de alguien cansado de vivir en sociedad. No es así.

El propio Sartre se encargó de aclararlo.

Un infierno inesperado. En Jean-Paul Sartre (1905-1980) se daba una doble cualidad que no siempre acompaña a los grandes filósofos. Una mirada profunda. Y una habilidad para expresar teorías complejas de forma clara, incluso atractiva. De ahí que plasmara su modo de ver el mundo tanto en ensayos como en novelas, guiones y obras de teatro. La frase que nos ocupa sale de una de estas últimas, 'Huis Clos', de 1944, que suele traducirse al español como 'A puerta cerrada'.

En ella el filósofo francés nos presenta a tres personajes (un hombre, dos mujeres) atrapados en una sala. Lo interesante llega cuando comprendemos que la habitación en cuestión es el infierno y los actores que vemos sobre el escenario representan almas condenadas. Los tres esperan la clase de torturas sobre las que han leído y visto en cuadros, pero a medida que pasa el tiempo comprueban que no ocurre nada. Ni diablos con tridentes ni llamas. Nada de escenas dantescas. Nada que se parezca remotamente a 'El Jardín de la Delicias' del Bosco.

"L'enfer, c'est les autres". A lo largo de la obra cada uno de los tres personajes va confesando su historia y los pecados que cometió en vida, tejiendo de paso un frustrante triángulo amoroso. Hacia el final de la representación uno de ellos, Garcin, pronuncia la que tal vez sea la frase más rotunda y desde luego la más famosa, ya no solo de la obra en sí, sino de toda el legado de Sartre: 

"Nunca lo hubiera creído… ¿Recordáis? El azufre, la hoguera, la parrilla… ¡Ah! Qué broma. No hay necesidad de parrillas, el infierno son los Demás". 

Para ser más precisos, lo que escribió Sartre en el original, en francés, fue "L´enfer, c´est les autres",  por lo que hay quien ha creído que la traducción "El infierno es el Otro" se ajusta mejor a la intención del autor.

¿Pues está bastante claro, no? No tanto, en realidad. Si algo bueno tiene la literatura (el arte n general) es que puede discutirse, pero desde prácticamente los años 40 los lectores y espectadores de 'Huis Clos' han tendido a interpretar la frase de Garcin de una forma que no es del todo correcta. No tanto porque sea errónea en sí sino porque empobrece el sentido que quiso darle su autor.

Sabemos que Sartre era ateo, así no es descabellado pensar que cuando nos presenta un un infierno personal, sin torturas, diablos ni ríos de lava lo que nos quiere sugerir es que en realidad nuestra auténtica condenación es "el Otro", la obligación de entendernos con la gente con la que compartimos nuestro tiempo, igual que los prisioneros de 'Huis Clos', ¿no? "El verdugo es cada uno para los otros dos", llega a decir en un momento de la obra uno de los personajes.

Jean Paul Sartre Fp

"Se ha malinterpretado". Lo cierto es que lo anterior es un planteamiento simplista. Desde luego no es ese el sentido que Satre quiso dar a sus palabras. Y lo sabemos no porque lo hayan sugerido así los críticos o académicos dedicados a estudiar la obra y vida del autor francés. No. Fue él propio Sartre quien en 1964, años después de estrenar la obra, se quejaba de que su mala interpretación.

"'El infierno son los demás' siempre se ha malinterpretado. Se ha pensado que con esa frase quise decir que nuestras relaciones con los demás siempre están envenenadas, que son invariablemente relaciones infernales. Pero lo que realmente quiero decir es algo totalmente diferente", aclara el filósofo

"Quiero decir que si las relaciones con otra persona están distorsionadas, viciadas, entonces esa otra persona solo puede ser un infierno. ¿Por qué? Porque... cuando pensamos en nosotros mismos, cuando intentamos conocernos... usamos el conocimiento que otros tienen de nosotros".

¿Y qué significa eso exactamente? Lo fundamental no es tanto el trato con los demás o si este nos resulta fácil o complicado, sino cómo construimos nuestra autocomprensión. Se entiende mejor con la metáfora de los "espejos", una herramienta que también está muy presente en la obra teatral de Sartre

Cuando queremos saber cómo somos físicamente, por fuera, lo tenemos fácil: recurrimos al reflejo que nos devuelve el cristal. Pero... ¿Cómo formamos nuestro autoconocimiento?. "Cuando intentamos conocernos, utilizamos el conocimiento que los otros tienen de nosotros", nos explica Sartre, quien advierte sin embargo de que el 'reflejo' que recibimos en ese caso no es como la de los cristales.

"Nos juzgados con los medios que otros tienen y nos han dado. En todo lo que digo de mí, siempre entra el juicio de alguien más. En todo lo que siento en mi interior, entra el juicio de otro. Eso no significa en absoluto que uno no pueda tener relaciones con otras personas. Solo resalta la importancia fundamental de todas las demás personas para cada uno de nosotros", insiste el filósofo.

Personajes atrapados. Los tres personajes de 'Huis Clos' están atrapados, pero no (solo) en una sala cerrada. Cada uno de ellos es prisionero del juicio que el resto se ha hecho de él en una relación compleja. Ese es su auténtico castigo, su infierno, no los monstruos y las llamas que vemos en las pinturas del Bosco. 

Su penitencia es que los tres personajes están condenados definirse a través de "los espejos distorsionadores" de sus compañeros, personas que les devuelven un reflejo negativo y a su vez causan el mismo efecto, añade Kirb Woodward.

El propio Sartre plantea ese concepto de la tiranía del "ser para los demás" de otra forma en 'El Ser y la nada': "Por la mera aparición del Otro me veo en la posición de juzgarme a mí mismo como a un objeto, pues es como un objeto que me presento ante el Otro". Cuando Garcin se expresa como lo hace lo que está señalando es que está atrapado por los juicios de sus compañeros, exactamente igual que las dos mujeres con las que comparte su estancia en el infierno.

¿No es un poco desalentador? No necesariamente. De entrada el propio Sartre reconocía que esa relación con la mirada del otro no siempre tiene por qué ser tan trágico como en su obra teatral. "No significa que no podamos tener otras relaciones; simplemente resalta la importancia crucial de cada persona para cada uno de nosotros", aclaraba en su entrevista de 1964. Es más, la conciencia de la dependencia no significa que tenga que adoptarse una actitud resignada.

Como explica Larmagnac-Mathron en Philosophie Magazine tal estemos siempre expuestos al "riesgo de una distorsión tiránica" en la medida que dependemos de los demás (estamos influidos por los juicios ajenos), pero esa condición también nos ayuda a conocernos. Que hacemos a partir de ahí queda en nuestras manos. De hecho uno de los pilares del existencialismo es que el hombre debe abrazar el reto de asumir su libertad, escoger su rumbo y darse un sentido a sí mismo.

Imágenes | Wikipedia 1 y 2 y Museo del Prado

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