Muchas ciudades han perseguido la idea de que un solo edificio podía cambiarlo todo, atraer turismo y redefinir su identidad casi de la noche a la mañana. La obsesión tiene un origen muy concreto: el impacto que tuvo el Museo Guggenheim en la economía y la imagen de Bilbao, convertido en un caso de estudio global. En 1997, su inauguración marcó un antes y un después y alimentó una fiebre urbanística que llevó a replicar ese modelo en lugares donde el contexto no siempre acompañaba.
Un Guggenheim en el extrarradio. A comienzos de los años 2000, en pleno auge inmobiliario y con el efecto Bilbao aún resonando, Alcorcón decidió aspirar a su propio icono cultural, un complejo que debía situar a la ciudad en el mapa internacional del arte.
La idea era ambiciosa hasta el exceso: un macrocentro con nueve edificios interconectados que incluía auditorio, conservatorio, palacio de congresos y hasta un circo permanente, todo concebido como una especie de Guggenheim madrileño. El problema aquí no fue la falta de imaginación, por supuesto, sino la escala de un proyecto pensado para una realidad económica que estaba a punto de desaparecer.
Un gigante a medias. Las obras arrancaron en 2007 con presupuestos que ya eran elevados, pero pronto comenzaron a encadenar modificaciones, sobrecostes y decisiones difíciles de justificar, como la demolición de una biblioteca prácticamente nueva o la incorporación de instalaciones tan peculiares como, atención, cuadras para animales.
Cuando la crisis de 2008 golpeó de lleno, el proyecto se detuvo con alrededor del 70% ejecutado y más de 100 millones de euros invertidos, dejando tras de sí una estructura descomunal, parcialmente terminada y sin función clara. Lo que debía ser un emblema cultural se convirtió en una mole vacía, una demasiado grande para abandonarla del todo y demasiado cara para terminarla.
El coste oculto de un proyecto imposible. Más allá de la inversión inicial, el CREAA arrastró consecuencias económicas profundas para el municipio. ¿La razón? Se había financiado a través de una empresa pública que terminó acumulando una deuda gigantesca.
Las estimaciones hablaban de decenas de millones adicionales para finalizarlo y de varios millones anuales solo para mantenerlo en funcionamiento, lo que lo transformó en un problema estructural más que en una oportunidad. De hecho, incluso su diseño jugaba en contra: un complejo tan integrado que encender una sola zona implicaba activar prácticamente todo el sistema, disparando los costes y haciendo inviable cualquier uso parcial razonable.
Nadie quiere el “Guggenheim” de Alcorcón. Con el paso de los años, el edificio se convirtió en una especie de promesa fallida que iba pasando de mano en mano sin encontrar encaje real. Se barajaron proyectos de todo tipo y colores, desde un campus de la NBA hasta una universidad del deporte, pasando por un gran centro budista impulsado por Richard Gere, pero ninguno llegó a materializarse y la mayoría de los interesados declinó la oportunidad.
Incluso iniciativas más recientes, como la creación de un gran hub audiovisual, han terminado encallando al enfrentarse a los costes reales de adaptar unas instalaciones pensadas para otro contexto completamente diferente. La idea de que aquel complejo pudiera convertirse en un referente internacional ha ido diluyéndose con cada intento fallido.
De icono cultural a símbolo del exceso. Con el tiempo, el CREAA ha pasado de ser un proyecto emblemático a convertirse en otro ejemplo más de esa recurrente planificación desmedida en España, una construcción que aspiraba a cambiar la identidad de una ciudad, pero acabó condicionando su narrativa pública.
La imagen de esa gran estructura de hierro y hormigón, parcialmente terminada y durante años sin uso, ha pesado más que cualquier intención original, alimentando el debate sobre los límites del gasto público en proyectos culturales de gran escala.
Un final parcial para una historia inconclusa. Con todo, en los últimos años, algunos espacios han empezado a encontrar utilidad, como la instalación de un centro estatal de atención a víctimas o la reapertura parcial de ciertas áreas, pero el conjunto sigue lejos de cumplir la visión con la que fue concebido.
Más de una década después, el complejo comienza a reactivarse de forma fragmentada, adaptándose a necesidades mucho más pragmáticas que las que lo vieron nacer. El resultado, como en otras “moles” fantasma de la Península, es un recordatorio persistente de una época en la que se pensó que bastaba con construir a lo grande para transformar una ciudad, sin prever que el verdadero reto llegaría realmente después.
Imagen | Juan Lupión, Zarateman
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