Centros de datos inmensos, un consumo de agua cada vez mayor, toneladas de hardware y una enorme demanda energética… La cara oscura de la IA es tan conocida como su enorme potencial para ayudarnos a ahorrar tiempo y esfuerzo y, por tanto, recursos, y ser más eficientes.
Ahora un estudio ha puesto cifras a ese potencial. Según estimaciones de la consultora Boston Consulting Group y el gigante tecnológico Google, la inteligencia artificial podría ayudar a identificar oportunidades para mitigar entre el 5% y el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial, desde hoy hasta 2030. Es lo que recoge el monográfico de sostenibilidad De los datos a la acción: así puede impulsar la IA un futuro sostenible, confeccionado por BBVA. Este documento analiza algunas de las aplicaciones que la IA ya tiene (o podría tener) frente a retos hoy tan cruciales como la crisis medioambiental y dibuja un horizonte positivo. Pero hay una condición: utilizarla allí donde compense su propia huella ambiental.
No se puede solucionar aquello que no se mide. Según el informe, su capacidad para convertir grandes cantidades de datos en conocimiento, automatizar tareas y mejorar la toma de decisiones más eficientes puede ser especialmente útil para el futuro. Lo es, especialmente, para la predicción y la velocidad a la hora de procesar datos y para hacer simulaciones y modelos predictivos. También para marcar la valiosa diferencia entre detectar lo que ya ha ocurrido y detectar que algo va a suceder.
Con esto, el documento apunta que la IA puede tener un efecto transformador y se centra en algunos ámbitos en los que como tecnología ya está mejorando el mundo. Para ello, hace referencia al Programa de las Naciones Unidas para el Medioambiente (UNEP en inglés) que identifica una triple crisis medioambiental, con el cambio climático, la amenaza a la biodiversidad y la contaminación, en la que la esta herramienta puede ser particularmente valiosa.
Descarbonizando los sectores más contaminantes. El transporte representa alrededor del 20% de las emisiones globales de CO₂, por lo que electrificar los vehículos no parece suficiente para alcanzar los objetivos de cero emisiones netas en 2050. Habrá que echar mano de mejoras técnicas en eficiencia y optimizar cuestiones operativas, como la logística y la distribución, y ahí la IA puede ser clave. Es el caso de Green Light, un proyecto de Google que, mediante el tratamiento de datos en tiempo real y la sincronización de semáforos de 20 ciudades, es capaz de reducir la congestión del tráfico y hasta el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero, según las estimaciones del informe.
Pero no solamente. Otro de los ámbitos en los que la IA puede jugar un interesantísimo papel es en la adaptación a los fenómenos extremos del cambio climático. Con temperaturas que alcanzan máximos históricos y fenómenos extremos cada vez más preocupantes, anticiparse y diseñar estrategias de adaptación y de mitigación resulta una obligación.
El investigador postdoctoral del Instituto de Geociencias Bernat Jiménez explica en el documento que ya existen modelos que aprenden directamente de datos atmosféricos, que además de reproducir la evolución del tiempo de forma precisa, pueden servir de herramienta práctica para simular eventos extremos. De este modo, la IA puede reducir costes y agilizar la toma de decisiones que protejan a la población.
De la reacción a la prevención. La IA también puede cambiar cómo vigilamos la naturaleza. El informe destaca su potencial para analizar grandes cantidades de datos procedentes de la monitorización de la vida salvaje, con cámaras trampa, sensores acústicos, drones e imágenes satelitales. Iniciativas como Wildlife Insights, desarrollada con organizaciones dedicadas a la conservación del medio natural y con socios tecnológicos como Google, utiliza IA para identificar automáticamente especies en imágenes en cuestión de minutos. Gracias a esto, investigadores, administraciones y entidades ambientales pueden saber con rapidez qué especies habitan un territorio, cómo evolucionan sus poblaciones y dónde pueden estar apareciendo nuevas amenazas.
Aunque la IA, por sí sola, no garantiza resultados. Para que su impacto sea positivo a todos los niveles, será necesario desarrollar marcos regulatorios, estimular la colaboración entre administraciones públicas, empresas, centros de investigación y ciudadanía y apostar por un uso responsable de algo tan potente en cuestiones que sean de verdad efectivas. Una de las conclusiones más tajantes del documento es que un futuro más sostenible no depende de aumentar el uso de la IA, sino de hacerlo en aquellos casos en los que el beneficio ambiental o social que aporta sea mayor que su coste. De ahí, el cierre del monográfico que sentencia que la IA es, al mismo tiempo, parte del problema y parte de la solución de la crisis medioambiental.
Imagen | Geoffrey Moffett
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