Enseñar a una vaca a utilizar un retrete parece una ocurrencia propia de una comedia. Sin embargo, en 2021, un equipo de investigadores de Alemania y Nueva Zelanda decidió comprobar si era posible. Lo que descubrieron en apenas diez días no solo puso en cuestión lo que creíamos saber sobre la inteligencia de estos animales, sino que abrió una vía inesperada para reducir la contaminación de las granjas.
Una idea que parecía imposible. Durante décadas, los científicos habían asumido que el ganado bovino apenas controlaba cuándo y dónde orinaba. A diferencia de otros animales, como los perros, que pueden aprender a hacer sus necesidades en lugares concretos, las vacas parecían hacerlo sin prestar demasiada atención.
Pero Jan Langbein, psicólogo animal del Instituto de Biología de Animales de Granja de Alemania (FBN), se hizo una pregunta aparentemente sencilla: si podemos enseñar a perros y caballos, ¿por qué no a las vacas? Junto con investigadores de la Universidad de Auckland, en Nueva Zelanda, decidió poner a prueba aquella hipótesis. El resultado se publicó el 13 de septiembre de 2021 en la revista científica Current Biology.
Un retrete llamado MooLoo. Los investigadores diseñaron una pequeña zona delimitada, cubierta de césped artificial, que bautizaron como MooLoo. El experimento comenzó con 16 terneros que recibían sesiones de entrenamiento de unos 45 minutos. Primero, los animales permanecían dentro del recinto y recibían una recompensa, como una bebida dulce o cebada triturada, cada vez que orinaban.
Cuando aprendieron a relacionar el lugar con el premio, los científicos los trasladaron a un pasillo exterior desde el que podían acceder voluntariamente al retrete. Si entraban y orinaban, volvían a recibir comida. Si lo hacían fuera, recibían una breve pulverización de agua de unos tres segundos. También probaron sonidos desagradables, pero resultaron poco eficaces.
Diez días que cambiaron las expectativas. Lo sorprendente llegó cuando los terneros empezaron a anticipar la necesidad de orinar y se dirigieron por iniciativa propia al recinto. Tras aproximadamente diez días de entrenamiento, 11 de los 16 animales habían aprendido a utilizar el MooLoo, con una tasa de acierto cercana al 77% entre los que completaron el aprendizaje. Los otros cinco no alcanzaron el mismo nivel durante el ensayo, aunque los investigadores consideraron que probablemente necesitaban más tiempo.
El experimento demostró que los bovinos podían reconocer las señales de su vejiga, controlar su comportamiento y aprender a orinar en un lugar determinado. Según los autores, su rendimiento era comparable al de niños pequeños durante determinadas fases del aprendizaje del uso del baño.
El verdadero problema estaba en la orina. Aunque el experimento parecía una simple curiosidad sobre inteligencia animal, su objetivo era mucho más ambicioso: reducir la contaminación de la ganadería. Una vaca adulta puede producir decenas de litros de orina al día y, con cerca de 1.000 millones de bovinos en el mundo, el volumen acumulado es enorme. En los establos, la orina se mezcla con las heces y favorece la liberación de amoníaco, un contaminante que perjudica la calidad del aire y contribuye a la acidificación de los ecosistemas.
Además, parte del nitrógeno de la orina puede transformarse en óxido nitroso, un potente gas de efecto invernadero, mientras otra parte termina contaminando suelos y aguas. La idea de los investigadores era recoger los residuos antes de que se mezclaran y aprovechar nutrientes como el nitrógeno y el fósforo para fabricar fertilizantes.
Una solución con cifras sorprendentes. Los cálculos citados por los investigadores indicaban que recoger aproximadamente el 80% de la orina del ganado en instalaciones específicas podría reducir las emisiones de amoníaco de los establos en más de un 50%. La propuesta permitiría actuar directamente sobre una de las principales fuentes de contaminación ganadera sin necesidad de modificar la alimentación de los animales.
Y tenía otra ventaja: al separar la orina de las heces, sería más sencillo tratarla y recuperar sus nutrientes. Sin embargo, aquellas reducciones eran estimaciones basadas en investigaciones previas, no resultados ambientales medidos durante el experimento con los 16 terneros. Lo que el equipo había demostrado era que los animales podían aprender a utilizar el retrete, no que el sistema ya funcionara a escala industrial.
De 16 terneros a millones de vacas. El gran obstáculo era trasladar aquella experiencia a las explotaciones ganaderas, donde puede haber cientos o miles de animales y no resulta viable que una persona supervise cada visita al baño. Por eso, los investigadores plantearon desarrollar sistemas automáticos con sensores capaces de detectar cuándo un animal orinaba correctamente y dispensar recompensas sin intervención humana. Langbein también expresó su interés en comprobar si las vacas podían aprender a defecar en lugares específicos, algo que el experimento de 2021 no había demostrado.
La investigación dejó así una conclusión tan sencilla como inesperada, una donde unos científicos habían conseguido que 11 terneros aprendieran a utilizar un retrete en apenas diez días, aunque convertir aquella habilidad en una herramienta contra la contaminación requería resolver un desafío mucho mayor. Lo que empezó como una pregunta aparentemente absurda había terminado demostrando que quizá llevábamos demasiado tiempo subestimando a las pobres vacas.
Imagen | lloorraa
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