"Explotamos las debilidades de la IA": la lucha solitaria de los profesores por reinventar los deberes y los exámenes

"Explotamos las debilidades de la IA": la lucha solitaria de los profesores por reinventar los deberes y los exámenes

Desde solicitar trabajos a mano hasta formas de evaluar que resalten lo que la IA no hace bien, así lo viven desde dentro los centros

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Anabel Cuevas Vega

Colaboradora
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Anabel Cuevas Vega

Colaboradora

“Hay trabajos y ejercicios que veo que me sirven para aprender algo. Esos los hago yo. Pero otros que me parecen innecesarios… Le digo a la IA: hazme este trabajo, copio, pego y lo entrego”. Lucía, estudiante de un grado medio del ámbito de la salud que prefiere mantener su anonimato, lo cuenta sin rodeos. El año pasado empezó a usar IA para sus trabajos. Desde entonces, algunos los ha hecho ella, pero muchos otros no. 

No es un caso aislado. En muchos centros educativos la inteligencia artificial generativa se ha convertido en una herramienta cotidiana. ChatGPT, Gemini y otros asistentes se han normalizado entre los estudiantes para hacer deberes, resúmenes o trabajos, igual que antes lo hicieron Wikipedia o los buscadores. La diferencia es que ahora no solo encuentran información: también la escriben.

De primaria a la universidad

“Claramente la usan”, afirma Nerea Eguiguren, profesora de Filosofía e Historia en un instituto de Madrid, refiriéndose al uso de estas herramientas entre sus alumnos. En su centro se trata de algo extendido, pero califica este uso como “superficial”: “Ni siquiera abren ChatGPT. Ponen la pregunta en Google y la primera respuesta ya es de Gemini. Lo copian y te plasman lo que sea”.

En la universidad el fenómeno tampoco pasa desapercibido. “El uso de la IA está generalizado”, explica Silvia Eva Agosto Riera, profesora asociada de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid. Los estudiantes la emplean para buscar información, redactar textos o corregir trabajos. Algunos de forma responsable; otros, simplemente trasladando lo que les da la herramienta sin contrastar nada. Coincide en ello Sergio Cuevas del Valle, doctorando en Ingeniería Aeroespacial en la Universidad Rey Juan Carlos y colaborador docente en la misma, quien está seguro de que sus alumnos la usan: “La pregunta más bien es, ¿para qué no la usan?”. 

Mientras tanto, en otras áreas de la enseñanza el impacto parece más limitado. Marta Benegas, profesora de Artes Plásticas en secundaria, lo nota cada día. “No usan tanto la IA porque básicamente dibujan. Para dibujar necesitas el cuaderno y el lápiz”. Cuando aparece este uso, suele ser para lo mismo que en otras materias: preparar trabajos escritos. 

Y es que el impacto de la IA no es igual en todas las asignaturas. En materias más teóricas —como lengua, filosofía o historia— su repercusión se nota más, porque muchos de sus ejercicios tradicionales, como ensayos o comentarios de texto, son precisamente el tipo de tareas que la IA puede resolver con soltura. En cambio, en asignaturas más prácticas el margen de “copia” es menor: dibujar, resolver problemas paso a paso o practicar procedimientos obliga a demostrar el proceso. 

Aula (Unsplash)

Lucía lo ha comprobado en sus asignaturas y evaluaciones más prácticas: “En muchos casos si no tienes una base, por mucho que le preguntes a la IA no lo vas a poder entender. Puedes preguntar pasos o instrucciones, pero si no lo has hecho nunca tú, no te enteras”.

En primaria el debate se encuentra todavía en una fase distinta. La edad aún limita ligeramente el uso autónomo de estas herramientas. Belén Álvarez, profesora en un colegio de Canarias, reconoce que ni siquiera quería mencionar la IA en su aula hasta hace poco. “No quería que la conocieran gracias a mí”, comenta. Sus alumnos más pequeños tienen ocho años, pero la mitad ya tiene móvil con acceso a internet. “Sinceramente, la IA no me parece lo más peligroso a lo que tienen acceso”. 

Ante esta presencia casi omnipotente de la inteligencia artificial en el ámbito educativo, los docentes encuentran nuevos retos a la hora de mandar deberes y trabajos. La docencia trata de adaptarse al nuevo escenario, lo que ha llevado a repensar la forma de evaluar lo que realmente saben los alumnos. 

¿Ha llegado el fin de los deberes y los trabajos?

En muchos casos, la reacción ha sido inmediata y directa. Ante la realidad de poder resolver trabajos —que antes se mandaban como deberes para hacer en casa— en cuestión de segundos con la ayuda de la IA, una de las soluciones más rápidas ha sido traer esas tareas de vuelta al aula. 

Nerea Eguiguren lo hizo después de detectarlo varias veces. “Antes mandaba comentarios de texto para casa en segundo de Bachillerato. La tercera vez que vi que usaban IA, cambié”. Ahora, aunque sigue mandando esos ejercicios, los hacen en clase: “Así sé que no la pueden usar”. Más ejercicios presenciales, más actividades orales, menos trabajos para casa o evaluaciones más prácticas, todos estos ajustes se repiten en distintos niveles educativos.

Las herramientas de detección de IA también se han convertido en aliadas de los docentes, que las usan sobre todo para supervisar los trabajos más teóricos  —aunque la mayoría de veces como un simple apoyo, ya que son conscientes de que su fiabilidad también es limitada—. Y cuando su presencia es evidente, la consecuencia también puede ser directa. “Claro que he suspendido trabajos por uso indebido de IA (...) No te da para suspender la evaluación, pero trabajos he suspendido muchos”, cuenta Eguiguren. 

Photo 1541829070764 84a7d30dd3f3 También afecta a la Universidad. (Unsplash)

Sergio Cuevas del Valle también ha tenido que “plantear todo de forma distinta”: “Casi cualquier problema que yo pueda llegar a plantear como reto habrá sido planteado ya, y casi seguro, resuelto. Es muy probable que los alumnos pudieran encontrarlo hasta sin IA”. Por ello, se plantea cómo “la IA llega a cuestionar hasta la figura del profesor, e incluso la del alumnos, en la medida en que permite que los seres humanos no tengamos necesidad de acumular conocimiento interno, ni necesitamos que alguien nos lo enseñe”.

Todo ello “subraya la necesidad de repensar la enseñanza a todos los niveles”, tratando que los estudiantes “trabajen capacidades como el desarrollo de la intuición, pensamiento lógico y capacidad de esfuerzo, que ya eran inherentes a los ‘deberes’”. La IA puede resolver mecánicamente casi cualquier problema, “pero sigue siendo necesario alguien que haga las preguntas correctas”.

A estos nuevos enfoques, Silvia Eva Agosto añade las llamadas tareas “resistentes a la IA” —contempladas en las indicaciones de buen uso de la UCM, muestra de los protocolos que las instituciones educativas está poniendo en marcha—. Estos son ejercicios en los que “se explotan debilidades (actuales) de las IAs generativas de tal forma que se vuelve necesaria la intervención humana reiterada si se quiere alcanzar los objetivos de la tarea”. 

Mientras tanto, desde el lado de los estudiantes, algunas de estas medidas tienen un efecto limitado. Lucía, como alumna de grado, cuenta que algunos profesores han empezado a pedir los trabajos escritos a mano. “Da igual”, reconoce, “se lo puedo pedir a ChatGPT y luego escribirlo”. En este sentido, Eguiguren confiesa cómo “muchas veces uno se cansa del papel de policía detector de IA. Yo digo porqué es importante que no la usen, digo en qué sí la pueden usar, y si la utilizan y no me doy cuenta, pues ya está”.

En etapas más tempranas, el impacto, al menos por ahora, parece menor. Belén Álvarez aún no ha cambiado el tipo de deberes que manda. Sus alumnos todavía no dominan bien estas herramientas. De hecho, cuando un día probó a generar una imagen con ChatGPT en una de sus clases, la reacción fue de sorpresa. “Flipaban”, recuerda.

Photo 1689391211713 5d1f6dbfc9eb (Unsplash)

El problema, coinciden muchos docentes, es que todos estos cambios se están haciendo sobre la marcha. El temario sigue siendo el mismo, el ritmo del curso no se reduce y el tiempo para repensar la evaluación es limitado. “Creo que nos faltan esos tiempos de reflexión y de plantearnos cómo abordar la cuestión”, lamenta Eguiguren. El tiempo que requiere “cambiar la estructura y evaluación, así como replantearse la manera de dar clase” es “demasiado para la rapidez con la que vamos”. 

Adaptarse a una tecnología que evoluciona tan rápido se ha convertido, para muchos profesores, en una tarea más dentro de un calendario que ya estaba lleno. “Si me tienen que exponer un trabajo 30 alumnos, necesito cinco clases, y son cinco clases que no doy. ¿Qué hago con ese temario que no estoy dando?”, se pregunta Eguiguren. 

Entre la ayuda y el atajo

Más allá de cómo cambian los deberes o la forma de evaluar, muchos profesores señalan un problema más profundo: qué pasa cuando los estudiantes empiezan a delegar parte de los procesos mentales en estas herramientas. Resumir un texto, seleccionar información o contrastar fuentes son tareas que obligan a leer, pensar y decidir. Cuando el proceso se reduce a copiar una respuesta generada por IA, ese recorrido desaparece. “No se queda ningún poso”, resume Eguiguren.

En primaria y secundaria el cerebro todavía está en desarrollo, especialmente en las áreas relacionadas con el pensamiento crítico y la toma de decisiones. Marta Benegas recuerda que en la adolescencia la corteza prefrontal sigue madurando. En ese contexto, enfrentarse de golpe a grandes volúmenes de información —y a respuestas aparentemente perfectas— puede dificultar que los alumnos aprendan a discriminar fuentes o a construir su propio criterio.

Al mismo tiempo, casi ningún docente plantea eliminar la herramienta. Ellos mismos en muchas ocasiones la usan a diario; para preparar rúbricas, analizar resultados o ahorrar tiempo en tareas burocráticas. “A veces somos un poco hipócritas”, admite Eguiguren. “Los profesores también la usamos bastante”. En ese sentido, el debate no gira tanto en torno a prohibir la inteligencia artificial como a aprender a usarla con criterio.

Photo 1630983358494 96012d838b84 (Unsplash)

Porque, como resume Benegas, la IA se parece cada vez más a otras tecnologías que ya forman parte de la vida cotidiana. Puede ahorrar tiempo, facilitar tareas y acelerar procesos. El problema aparece cuando sustituye completamente al esfuerzo. O, como dice Sergio Cuevas, cuando aprender deja de ser estudiar o entender algo: ”Aprender ya ni siquiera es estudiar para aprobar; tan solo teclear para pedir la respuesta que, con un porcentaje altísimo, será acertada”.

Más que el fin de los deberes, lo que muchos docentes ven es una crisis más profunda del modelo de evaluación. Internet ya había cambiado la forma de acceder a la información, pero la inteligencia artificial ha dado otra vuelta de tuerca. “El sistema de evaluación está en crisis desde hace mucho tiempo”, señala Silvia Eva Agosto.

La pregunta que empieza a aparecer es: qué significa aprender cuando una herramienta puede generar respuestas correctas en segundos. Para Cuevas, el debate afecta a la propia naturaleza y esencia de la academia: “La universidad enfrenta en los próximos años la tarea de redefinir por qué es necesario ir a la universidad exactamente”, dice, y “la IA está exponiendo esa pregunta con una luz más intensa”.

Por su parte, las docentes de secundaria, dado que “la IA ha venido para quedarse”, ven necesario buscar “una estrategia transversal de centros” que se dirija a encontrar los mejores procedimientos y consensos en los modelos de evaluación, pero también en la educación de estas cuestiones. 

Imagen | Jessica Lewis

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