El rey francés que se creía de cristal: la extraña epidemia medieval que paralizó a Europa durante dos siglos

Don Quijote no era el único trastornado de Cervantes. Otro personaje se creía de cristal, una dolencia común durante dos siglos

carlos VI
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John Tones

Editor Senior - Entretenimiento
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En algún momento a finales del siglo XIV, Carlos VI de Francia dejó de moverse. No por parálisis ni por miedo a sus enemigos, si no porque estaba convencido de que su cuerpo era de vidrio, y que cualquier roce podría hacerlo añicos.

No fue un caso aislado. Los afectados de este delirio colectivo creían que todo o parte de su cuerpo estaba hecho de vidrio. El fenómeno tiene nombre propio en la historia de la psiquiatría: el delirio del cristal. Y su historia dice cosas perturbadoras sobre cómo la mente enferma habla siempre el idioma de su época.

Carlos VI, apodado El Loco por lo que sea

Carlos VI heredó el trono francés en 1380, con once años. Cuando cumplió veinte, apartó a sus tíos corruptos del poder y devolvió estabilidad a las finanzas del reino. El pueblo lo llamaba le Bien-Aimé, el Bienamado. Doce años después, su apodo definitivo sería otro: le Fou, el Loco. En agosto de 1392, durante una campaña militar hacia Bretaña, el rey (23 añitos entonces) cabalgaba por el bosque de Le Mans cuando un paje dejó caer una lanza. 

El estruendo metálico bastó para desencadenar una crisis violenta: Carlos se lanzó contra sus propios caballeros y mató a cuatro antes de ser reducido. Fue el primero de decenas de episodios que lo acompañarían hasta su muerte en 1422. El papa Pío II dejó escrito que había momentos en que Carlos creía estar hecho de vidrio, y que por eso intentaba protegerse de múltiples formas para no romperse, llegando a hacerse coser varillas de hierro en la ropa. 

Poco después del inicio del delirio cristalino ocurrió algo más. En enero de 1393, el rey y varios nobles asistieron a una fiesta disfrazados de "hombres salvajes", con trajes de lino cubiertos de pez y ramas. Una chispa errante prendió un disfraz y el fuego se extendió entre los hombres. Solo el rey y otro acompañante escaparon con vida, en un suceso que inspiró a Edgar Allan Poe para escribir su macabro cuento 'Hop-Frog'. El suceso pasó a la historia como el Bal des Ardents, el Baile de los Hombres en Llamas. Si ese trauma aceleró o no su deterioro mental es algo que los historiadores discuten todavía.

Cuando sus crisis se apoderaban de él, Carlos se convertía en un hombre diferente: podía permanecer sentado sin moverse durante horas y, si se desplazaba, lo hacía con una precaución extrema. Esto tuvo un tremendo coste político: la inestabilidad del monarca debilitó la corte francesa y permitió que facciones rivales pugnasen por el poder, lo que agravó los desafíos que enfrentaba Francia en plena Guerra de los Cien Años con Inglaterra. 

En 1415 sus tropas fueron aplastadas en Agincourt, y en 1420 firmó el Tratado de Troyes, por el que desheredó a su propio hijo.

La generación de cristal

Carlos VI fue, según el historiador Gill Speak probablemente el primer caso documentado de alguien que creía que su cuerpo entero era de vidrio. Pero estuvo lejos de ser el único. El primer texto médico que registra el delirio como condición reconocible data de 1561, obra del médico neerlandés Levinus Lemnius. El fenómeno pertenecía a una categoría más amplia denominada "melancolía del estudioso", una dolencia que afectaba principalmente a hombres de letras y nobles de los siglos XV al XVII. 

Los casos documentados son tan extravagantes como reveladores. Un hombre estaba convencido de que tenía las nalgas de vidrio y que sentarse las haría estallar, por lo que evitaba salir de casa por si un vidriero intentaba fundirlo para convertirlo en ventana. Otro viajó hasta Murano, la isla italiana célebre por su vidrio, con la intención de arrojarse a un horno y transformarse en una copa. 

Cervantes Licenciado Vidriera 1 Grabado de 'El licenciado vidriera'

Un tercer noble (siempre gente desocupada, cuestión nuclear del tema) creía ser una vasija de vidrio y pasaba el día tumbado en una cama de paja. Su médico ordenó prender fuego a la cama con la puerta cerrada: cuando el noble aporreó la puerta pidiendo socorro, el doctor preguntó por qué no se había hecho añicos con tanto trajín. La cura fue brutal pero, por lo visto, efectiva.

El vidrio transparente no era, en el siglo XV, algo cotidiano. Fue en ese siglo cuando el vidriero veneciano Angelo Barovier inventó el cristallo, un vidrio claro e incoloro que resultaba extraordinariamente escaso y era visto por muchos como algo casi mágico. Antes de esa innovación, las neurosis eran distintas: hombres que se creían de barro y después, ya en el siglo XIX, personas que se creían de cemento.

El contenido de los delirios refleja la cultura de cada momento: el vidrio era un material nuevo y por eso se convirtió en objeto de delirios. El vidrio, concretamente, ofrecía transparencia: ser de vidrio implicaba ser precioso y frágil, una forma de grandeza y aislamiento a la vez.

Miguel de Cervantes publicó en 1613 'El licenciado Vidriera', una de sus 'Novelas ejemplares'. El protagonista, Tomás Rodaja, es un estudiante brillante y pobre que, tras ingerir una pócima de amor, queda convencido de que su cuerpo es de vidrio por la delicadeza y sutileza del material, con una admirable y delirante lógica interna. 

Es una muestra clara de que el delirio tiene su correspondiente literatura en la época: Robert Burton catalogó el fenómeno en 'Anatomía de la melancolía' (1621) como un síntoma de la melancolía, y Descartes, en sus 'Meditaciones acerca de la filosofía primera' (1641), usó el "hombre de vidrio" como ejemplo de locura para distinguir sus propias dudas filosóficas de los delirios de un cerebro enfermo.

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