Lo tenemos tan interiorizado, tan asimilado, que quizás nunca te lo has planteado, pero ahí va una de esas preguntas que suenan a Perogrullo: ¿Por qué vestimos distinto hombres y mujeres? ¿Por qué cuando vamos a una boda, a una gala o una cena elegante se da por sentado que ellos lucirán un traje de corte más o menos sobrio y colores discretos mientras ellas llevarán vestidos y tacón? ¿Por qué la ropa 'varonil' suele ser más funcional que la femenina? Y ya puestos, ¿por qué nosotros no usamos faldas, como se preguntaba hace poco David Uclés?
Como suele ser habitual cuando hablamos de moda (tendencias sociales en general) nada de lo anterior es fruto del azar o el simple capricho.
¿Por qué vistes como vistes? Las cosas como son: si eres un hombre (al menos en la España de 2026) y acudes a una reunión con vestido y tacones es bastante probable que tus compañeros se extrañen al verte cruzar la puerta. Sin embargo la misma ropa en una mujer se consideraría de lo más normal.
¿Por qué? Esa misma pregunta se la hacía hace poco el escritor David Uclés. Y no es el primero. Antes que él ya la deslizaron otros, como la diseñadora y fotógrafa Ana Locking, que en otra entrevista reciente en la cadena SER animaba a los hombres a ser mucho más arriesgados a la hora de seleccionar su vestuario.
"Si hoy te quieres sentir sexy, vístete sexy. Las piernas de los chicos son súper sexis, los escotes de los chicos son súper sexis. Abre escote, ponte una falda, unas bermudas, unos botines con un poco de tacón", animaba Locking tras lamentar que, a medida que maduran, los hombres se "cortan las alas" al plantarse ante el armario. "Entra en juego un poco el qué dirán, el sentirse vulnerable".
¿Se trata solo de presión social? Depende de cómo se mire. La moda en sí es un constructo social, pero la tendencia que nos lleva a los hombres a apostar por prendas sobrias y desterrar de nuestros roperos faldas, tacones y prendas que puedan considerarse 'extravagantes' se explica por otra razón: la historia.
De hecho no es una pauta que se haya aplicado siempre. Llega darse un paseo por el Museo del Traje o El Prado para comprobar que en lo que a moda varonil se refiere, la sobriedad no siempre ha sido sinónimo de buen estilo o elegancia.
Para muestra, este lienzo del rey Felipe V con su familia pintado en 1743 por Louis Michel van Loo o esta otra obra de finales del XVII, también conservado en El Prado, y en la que Jacob-Ferdinand Voet nos muestra a Luis Francisco de la Cerda, IX duque de Medinaceli. ¿Hay algo que te llame la atención en ellas?
¿Pelucas, tacón alto y brilli brilli? Exacto. Si te fijas en ambas obras verás que los hombres llevan pelucas, tacones, medias, chaquetas amplias que caen casi a modo de faldones y abundancia de colores brillantes, la clase de ropa que por aquel entonces (finales del XVII, primera mitad del XVIII) denotaba estatus.
Si lo piensas tiene sentido. Lo que nos muestran Jacob-Ferdinand Voet y Louis Michel van Loo son personajes vestidos con atuendos vistosos, aunque no sean lo que diríamos 'funcionales'. Pero… ¿Por qué habrían de serlo? Si alguien podía permitirse esa clase de ropa eran los aristócratas que no tenían que trabajar.
¿A quién no le gustan los tacones? William Kremer lo explicaba bien en 2013 en la BBC al repasar la historia de los tacones altos y por qué los hombres dejaron de usarlos. De nuevo quizás suene a una pregunta rebuscada, pero en realidad tiene mucho sentido y nos revela aún más sobre nuestra historia.
Durante siglos los tacones se usaron en Oriente Próximo como parte de la vestimenta para montar a caballo. Y no solo por razones estéticas. Con ellos los soldados persas podían ponerse de pie sobre los estilos, estabilizarse y adoptar una buena postura para usar el arco. Cuando a finales del XVI el sha Abbas I de Persia envió una misión diplomática a Europa para recabar apoyos los nobles se fijaron en el zapato de estilo persa. Tanto les gustó que con el tiempo fueron apostando por tacones altos que realzaban su talla… y su rango social.
¿Y todo eso con unos tacones? Así es. "Una de las mejores maneras de transmitir estatus es a través de lo poco práctico", comentaba en 2013 Elizabeth Semmelhack, del Museo del Calzado Bata, Toronto. Quizás los tacones no fuesen muy aconsejables para caminar por el campo y las calles enlamadas y con baches de las ciudades del XVII, pero, ¿acaso tenían que hacerlo los mismos nobles que posaban para los pintores de cámara ataviados con prendas tan lujosas como farragosas? "No trabajan en el campo ni tienen que caminar mucho".
¿Por qué dejaron de usarse? Cambiaron los tiempos. Y la forma de pensar. Cuando repasan la historia de la moda (sobre todo la masculina) los historiadores suelen detenerse en la Ilustración, entre mediados del XVII y comienzos del XIX, una época en la que los intelectuales apostaron por una forma de pensar en la que se priorizaba lo racional y útil. También la educación sobre los privilegios. El estatus ya no es un don heredado, sino fruto de la formación y el trabajo.
En lo que a la moda se refiere eso se tradujo en una nueva sensibilidad que favorecía el uso de prendas cómodas y funcionales. En Inglaterra, por ejemplo, incluso los terratenientes acabaron abrazando un estilo más práctico, más apto para gestionar sus propiedades. Al menos así fue entre los hombres. De ellos se destacaba la faceta racional; en ellas se subrayaba la naturaleza emocional.
¿Influyó solo la Ilustración? No. La mentalidad ilustrada jugó un papel crucial, pero los historiadores suelen señalar un episodio que (aunque bebe de la Ilustración) es mucho más concreto, tanto a nivel geográfico como temporal: la Revolución Francesa. Con ese telón de fondo, la forma de vestirse pasó a ser algo más que una simple elección estética o una marca de estatus. Se convirtió en cierto modo en una forma de manifestación política, como recuerda la BBC.
Probablemente el ejemplo más claro son los sans-culottes, término que puede traducirse cono "sin calzones" y que designaba a los partidarios más firmes de las clases populares durante la Revolución. En vez de las calzas cortas y prietas que solía usar la aristocracia, sus miembros (artesanos, comerciantes, campesinos) vestían pantalón largo holgado, mucho más cómodo para trabajar. Los museos vuelven a resultarnos útiles para comprender ese cambio. Aquí dejamos un retrato de sans-culotte realizado en el XVIII por Louis Léopold Boilly.
¿Tanto dice una prenda? Con el tiempo ese cambio de mentalidad fue cuajando. Sobre todo a medida que radicales y jacobinos ganaron influencia. Caló la idea ilustrada de la utilidad y la vestimenta pasó a convertirse en una manera de rechazar (de forma manifiesta) las extravagancias de la vieja aristocracia. Los pantalones largos jubilaron a los bombachos y se prescindió de las filigranas, los adornos, las florituras y colores brillantes que tanto gustaban en la corte. La manera con la que los hombres se acercaban al vestidor empezó a cambiar.
¿Así de simple? Cuando hablamos de tendencias nada lo es. El proceso en realidad es más complejo y va más allá de la Francia revolucionaria. Por ejemplo, en un interesante ensayo de 2025 sobre el tema La Brújula Verde recordaba que entre mediados del XVI y el XVII en la España de los Austrias solía predominar el vestuario sobrio y oscuro entre los caballeros. También en los países calvinistas la estética era distinta. Sin embargo fueron excepciones, no la pauta general.
Más allá de la Europa continental, la nueva estética varonil se abrió paso en América e Inglaterra, donde también prendió con fuerza la mentalidad ilustrada. En la primea encontramos dos ejemplos elocuentes. El primero es la decisión de Benjamin Franklin de prescindir de las famosas pelucas blancas. El segundo es el 'Discurso de la Cuchara de Oro' pronunciado en 1840 en la Cámara de EEUU y que básicamente ridiculizaba el estilo atildado del presidente Van Buren.
¿Todo eran tendencias abstractas? No. También hubo influencers con nombres y apellidos que contribuyeron al cambio. Quizás el más famoso sea el británico George 'Beau' Brummel, el prototipo de dandi europeo, quien llegó a trabar amistad con rey Jorge IV. Durante un tiempo Brummell fue el gran guía de la moda masculina en Inglaterra y un exponente claro del nuevo estilo.
Su estilo apostaba por la discreción, la limpieza y la elegancia. Adiós florituras. Abrigo, chaleco, camisa, corbata, pantalones y botas de montar. Colores tenues, nada de excentricidades. Templanza. El foco pasó a centrarse en el cuidado de los detalles, las calidades y la compostura, no en los floripondios innecesarios.
¿Qué dicen los expertos? Todo lo anterior quizás suene abstracto o difuso, pero el fenómeno está bien estudiado por los expertos. De hecho incluso usan una expresión para referirse a ese cambio de mentalidad en la moda de caballero que nos llevó a primar lo útil por encima de lo 'bonito': la "Gran renuncia masculina", una etiqueta acuñada hacia 1930 por el psicólogo británico John C. Flügel.
"El hombre abandonó su pretensión de ser considerado hermoso. De ahí en adelante se propuso ser tan solo útil. En la medida en que la ropa continuó siendo importante para él, sus esfuerzos podían dirigirse solo en la dirección de 'estar adecuadamente ataviado', no en la de estarlo de firma elegante o elaborada".
Con el paso de los siglos esa máxima no ha permanecido inmutable (la moda es rica en pendulazos y en rivisarse a sí misma), pero ayuda a entender por qué en pleno 2026 tantos hombre siguen sin verse embutidos en una falda.
Imágenes | Wikipedia 1, 2, 3 y 4
En Xataka | Los chicos no están bien: la moda masculina está achicharrando a los hombres en verano
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