Egipto se embarcó en uno de los proyectos de ingeniería más ambiciosos de su historia moderna en 1997: sacar agua del lago Nasser, llevarla hasta el desierto occidental y construir allí una especie de segundo valle del Nilo. El proyecto Toshka debía convertir cientos de miles de hectáreas de arena en campos de cultivo, levantar nuevas ciudades y trasladar hasta allí a una parte considerable de una población que seguía concentrándose en una estrechísima franja alrededor del río. El Estado construyó canales y una de las mayores estaciones de bombeo del mundo.
El problema fue que llevó el agua al desierto mucho antes que lo demás.
El viejo sueño de escapar del Nilo. Egipto tiene un problema geográfico extraordinario: más del 95% de sus habitantes se concentra en una fracción diminuta de su territorio, fundamentalmente alrededor del Nilo y su delta. La idea de conquistar el desierto para aliviar esa presión llevaba décadas rondando al Estado egipcio y ya había aparecido en los planes asociados a la presa de Asuán durante la época de Gamal Abdel Nasser.
Hosni Mubarak recuperó aquella vieja aspiración en 1997 y la convirtió en Toshka o New Valley: no se trataba simplemente de crear algunas explotaciones agrícolas, sino de levantar un nuevo corredor habitable paralelo al valle histórico del Nilo.
Construir un segundo valle del Nilo en mitad del desierto. La escala de la promesa explica por qué Toshka fue apodado la "pirámide de Mubarak". El agua del gigantesco lago Nasser sería bombeada hacia el desierto y distribuida mediante una red de canales para recuperar tierras agrícolas, mientras alrededor aparecerían viviendas, fábricas, colegios y hospitales.
En sus planes iniciales, el Gobierno llegó a plantear el traslado de hasta el 20% de la población egipcia hacia ese nuevo territorio. Toshka debía resolver de una tacada algunos de los grandes problemas del país: superpoblación, desempleo, escasez de suelo cultivable y dependencia alimentaria.
Toshka
Egipto hizo la parte aparentemente imposible: llevar el agua hasta allí. El corazón de aquella operación fue una gigantesca estación de bombeo inaugurada en 2005, construida por unos 436 millones de dólares y diseñada para elevar agua desde el lago Nasser hacia el sistema de canales de Toshka. Con 24 enormes bombas, la instalación podía enviar una cantidad extraordinaria de agua hacia unas tierras que hasta entonces eran puro desierto.
El canal Sheikh Zayed debía distribuirla después a través de distintas ramas y extender la transformación mucho más lejos. Desde el punto de vista visual, la imagen era exactamente la prometida: enormes cursos de agua azul atravesando uno de los lugares más áridos del planeta.
Vista satelital de los lagos Toshka, el canal Sadat y el proyecto del Nuevo Valle
Pero el agua llegó antes que el resto. Quince años después del comienzo de las obras, la distancia entre la propaganda y la realidad era enorme. En 2012 había unas 21.000 hectáreas cultivadas, menos del 10% del objetivo citado entonces, mientras las ciudades, fábricas, colegios y hospitales que debían convertir Toshka en un verdadero segundo valle seguían sin existir.
Había trigo, uvas, judías o cacahuetes, pero buena parte de aquella producción estaba destinada a la exportación y las explotaciones apenas habían generado unos pocos miles de empleos. El resultado era una paradoja formidable: Egipto había construido la infraestructura necesaria para llevar agua a kilómetros de desierto, pero alrededor de buena parte de ella continuaba habiendo desierto.
Hacer llegar agua al Sáhara no significa convertirlo en el Nilo. Toshka chocó además con problemas que una obra hidráulica gigantesca no podía solucionar por sí sola. La salinidad, las características del suelo, las aguas subterráneas, el coste de explotación y las dificultades para atraer inversión complicaron la expansión agrícola, mientras algunas concesiones de enormes superficies avanzaban mucho más despacio de lo prometido.
El contraste era todavía más incómodo porque comunidades próximas al lago Nasser denunciaban escasez de agua mientras las explotaciones de Toshka disponían de ella, y el proyecto abrió además otro conflicto con los nubios, que reclamaban como ancestrales algunas de las tierras destinadas al desarrollo. La gran obra concebida para resolver problemas económicos y demográficos terminó acumulando otros políticos, sociales y ambientales.
Un segundo intento. El fracaso de la primera etapa no acabó con la idea. Abdel Fattah al-Sisi recuperó Toshka y, especialmente desde 2020, el Estado volvió a desplegar empresas, maquinaria, estaciones eléctricas, sistemas de bombeo y grandes equipos de riego por pivote central. En 2023 las autoridades hablaban ya de decenas de miles de hectáreas incorporadas en nuevas fases y de enormes plantaciones de trigo y palmeras, dentro de una estrategia cada vez más vinculada a la seguridad alimentaria.
Casi tres décadas después, por tanto, Toshka sigue siendo una obra en construcción y no simplemente una ruina: Egipto continúa intentando que la infraestructura levantada para aquel sueño termine justificando su existencia.
Todavía intenta conseguir el valle. Ahí está la gran paradoja de Toshka. La ingeniería resolvió una de las partes más espectaculares del problema: bombear cantidades gigantescas de agua desde el lago Nasser y hacerlas circular por canales abiertos en mitad de un paisaje prácticamente vacío.
Mucho más difícil resultó conseguir que detrás del agua aparecieran agricultores, inversiones, ciudades, empleos y una economía capaz de sostener aquella transformación. Mubarak pensó que, si llevaba el Nilo al desierto, el valle crecería detrás. Toshka terminó demostrando que construir el río artificial era, quizá, la parte fácil.
Imagen | Rémih, Stefflheffl, NASA
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