Aunque tendemos a pensar que lo desconocido está en el espacio y centramos la exploración a lo que está fuera de la Tierra, nuestro planeta nos sigue sorprendiendo: desde los 50.000 volcanes que esconde el fondo marino a formas y construcciones que parecen demasiado curiosas como para haber aparecido de la nada... especialmente cuando las vemos desde el espacio. Es el caso del Gran Dique de Zimbabue (que por cierto, no es un dique).
No nos vamos del continente africano porque allí hay otra cicatriz de tierra con una forma tan precisa que desconcierta. Desde el suelo no se aprecia, pero conforme vas ganando altura se deja ver mejor. Sin embargo, es desde el espacio donde se aprecia mejor, como ya ha fotografiado la NASA. Allí resulta sencillamente impactante: es el inexplicable ojo del Sáhara.
Es una especie de ojo gigante que mira al cielo grabado en la roca del Sáhara se llama en realidad Estructura de Richat. Como cuenta el astronauta francés Thomas Pesquet, casi todos los astronautas le han hecho alguna foto desde el espacio simple y llanamente porque no tiene pérdida. La enciclopedia Britannica asegura que los pilotos de la Segunda Guerra Mundial lo usaban como punto de referencia.
Al fin y al cabo, son casi 50 kilómetros de diámetro. Para hacernos a la idea, si la trasladásemos a Madrid, cubriría la ciudad por completo y llegaría a municipios circundantes. Sin embargo, está en Mauritania, en el extremo occidental del Sáhara. Más concretamente, se asienta sobre la meseta de Adrar, en el borde noroccidental de la cuenca de Taoudenni, a unos 500 metros sobre el nivel del mar y en una zona inhóspita. Como curiosidad, la localidad más próxima es Ouadane, está a unos 17 kilómetros del borde de la estructura y no es una ciudad cualquiera: fue fundada en 1147 por la tribu bereber Idalwa el Hadj y su parte vieja es Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1996.
La primera vez que la "descubrimos" (es un decir, porque ya estaba allí) fue en los años 30 y 40 y quien la estudió a fondo por aquella época fue el geógrafo francés Jacques Richard-Molard. Después, los astronautas James McDivitt y Ed White, a bordo de la misión Gemini IV, fueron los primeros en fotografiarla desde el espacio en 1965. Sin embargo, la imagen que ilustra la portada fue tomada el 10 de julio de 2020 por un astronauta a bordo de la Estación Espacial Internacional, en plena misión Expedition 63, con una cámara Nikon D5 con un objetivo de 50 milímetros.
Qué es y cómo se ha formado la Estructura de Richard
Desde esa altura orbital la imagen muestra algo que en desde el suelo sería imposible de captar: una serie de anillos concéntricos perfectos, como las ondas que deja una piedra al caer en el agua, pero petrificadas en el desierto. Los tonos de esa figura van desde el ocre al gris azulado, de un blanco casi impoluto al rojo oxidado. Cada color es una roca distinta y pertenece a una época diferente. Rodeando la estructura, un mar de dunas: a la derecha, dunas longitudinales que se estiran en largas lenguas paralelas y a la izquierda, dunas transversales, más anchas y arqueadas. El conjunto es verdaderamente extraño para haberse formado de forma natural.
Porque no es es un lago que se ha secado con el paso del tiempo. Tampoco es un volcán ni el cráter de un meteorito (la hipótesis que más se popularizó inicialmente). Es algo mucho más lento pero igual de violento: es el resultado de millones de años de fuerzas geológicas trabajando en silencio bajo la superficie del planeta. Y aunque el conjunto como tal se formó hace unos 100 millones de años, esas rocas tienen hasta 2.500 millones de años. O lo que es lo mismo, el Ojo del Sáhara se fraguó en el Cretácico, pero las rocas pertenecen a la época en la que no había animales, solo bacterias y algas.
La Estructura de Richat es un domo anticlinal geológico profundamente erosionado que se formó por una intrusión ígnea en el subsuelo, que deformó las capas de roca sedimentaria suprayacentes, dejando expuestos los anillos concéntricos con las rocas más antiguas en el centro. De forma simplificada, una burbuja de roca que nunca llegó a explotar: el magma del interior de la Tierra empujó hacia arriba las capas de roca que tenía encima y se enfrió sin llegar a la superficie.
El paso del tiempo fue erosionando esa burbuja como si fuera una cebolla, dejando al descubierto los anillos de cada capa. Las rocas más duras resistieron y conformaron el relieve, las blandas desaparecieron. De ahí los círculos. Los estudios más recientes constatan que además hubo agua caliente circulando por el interior de la estructura, lo que aceleró y modeló la forma final.
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