En 1967 una guerra cerró el Canal de Suez durante ocho años. Medio siglo después, el estrecho de Ormuz se asoma al mismo abismo

Mientras Wall Street confía ciegamente en un alto el fuego inminente y los mediadores debaten, la inercia logística que nos ha protegido de la escasez tiene fecha de caducidad

Petrolero
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Alba Otero

Editora - Energía
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Editora - Energía

Cuando estalló la guerra entre Egipto e Israel en 1967, quince barcos comerciales quedaron atrapados en el Canal de Suez. Los capitanes echaron el ancla asumiendo que solo tendrían que esperar unos días a que terminaran los combates. Tenían razón en la duración de las hostilidades: fue la Guerra de los Seis Días. Sin embargo, el canal tardó ocho años en reabrir. Cuando los barcos por fin pudieron zarpar en 1975, solo dos seguían en condiciones de navegar. El resto se había oxidado tanto bajo el sol del desierto que pasaron a la historia como la "Flota Amarilla".

Casi sesenta años después, la historia rima en el Golfo Pérsico. Noventa días después de que la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán bloqueara el Estrecho de Ormuz a finales de febrero, el paso marítimo más importante del mundo sigue cerrado. Decenas de petroleros aguardan anclados, esperando un acuerdo diplomático que siempre parece inminente pero nunca llega.

La trampa del optimismo en Wall Street

El analista Javier Blas, en su columna para Bloomberg, expone la peligrosa complacencia con la que el mundo está afrontando este cierre. La industria financiera opera bajo una versión adaptada de la Ley de Stein: "El estrecho no puede estar cerrado para siempre porque causaría demasiado daño económico; por lo tanto, reabrirá pronto".

El problema de esta lógica es que la economía aún no ha infligido el dolor necesario para forzar la paz. Como señala Blas:

  • Para Washington: La guerra está resultando políticamente barata. La economía estadounidense cabalga con un crecimiento trimestral superior al 4% y el índice S&P 500 roza máximos históricos, habiendo subido casi un 10% desde el inicio del conflicto.
  • Para Teherán: Aunque la moneda se desploma y la inflación ahoga a la población, el régimen iraní ha demostrado durante décadas una capacidad casi inagotable para absorber el castigo económico cuando considera que se enfrenta a una amenaza existencial.

Mientras los mediadores buscan un acuerdo en Islamabad, la inercia mantiene la ilusión de normalidad. El mercado ha absorbido la desaparición de unos 20 millones de barriles diarios gracias a inventarios acumulados y liberaciones masivas de reservas estratégicas. Pero el tanque global se está vaciando.

Junio: El fin de la inercia logística

Si no vemos escasez en las calles es por pura física del transporte: un superpetrolero se mueve a la velocidad de una bicicleta. El combustible que consumió Occidente en primavera zarpó del Golfo antes de que cayera el primer misil.

Sin embargo, los datos ya muestran las fisuras del sistema. La demanda mundial cayó en 5 millones de barriles diarios en abri], la mayor destrucción de consumo desde la pandemia de COVID-19. Y el golpe ya se siente en casa: Funcas advierte que, si el conflicto se prolonga, la inflación española superará el 4% y el crecimiento caerá al 1,8%. Además, el sobrecoste multimillonario del combustible para aerolíneas como Iberia o Vueling amenaza directamente a la línea de flotación del turismo español.

El verdadero precipicio tiene fecha: junio. Con la llegada del verano, la temporada de mayor conducción y el uso masivo de aire acondicionado chocarán contra unos inventarios en mínimos de varios años. Además, una reapertura diplomática no solucionaría el problema físico: desminar la milla de ancho que compone el carril seguro de Ormuz requeriría meses de operaciones navales complejas.

No obstante, el impacto de esta crisis va mucho más allá del surtidor de gasolina. A medida que la escasez física de crudo se vuelve innegable, las repercusiones más graves se están gestando en las entrañas del sistema financiero global:

  • La fractura del petrodólar: El acuerdo no escrito de 1974, por el cual se garantizaba la seguridad en el Golfo a cambio de que el crudo se vendiera en dólares y se reinvirtiera en deuda estadounidense, se resquebraja. Países como India están vendiendo sus bonos del Tesoro estadounidense para conseguir liquidez y pagar un petróleo mucho más caro.
  • El mercado de bonos: La persistencia de la inflación energética ha disparado los rendimientos de los bonos soberanos. Los bonos del Tesoro a 30 años en EEUU superaron el 5,15%.
  • El coste de la vida real: Si los bonos del Estado rinden por encima del 5%, las hipotecas a 30 años se acercan inexorablemente al 7%. Esto se traduce en créditos más caros, menor inversión empresarial y una parálisis del mercado inmobiliario. Como advierten diversos analistas, deshacer el daño económico de Ormuz podría requerir una recesión inducida para frenar los costes de endeudamiento.

El baipás del desierto

Mientras el mundo espera, algunos actores ya han dado a Ormuz por perdido. Emiratos Árabes Unidos ha acelerado de urgencia la construcción de un gigantesco oleoducto que esquiva el estrecho, con el objetivo de exportar 3,5 millones de barriles diarios directamente al Golfo de Omán para 2027. Es "una planificación prudente para el peor escenario", y una señal clara de que Abu Dabi cree que la vía navegable podría seguir amenazada durante años.

Hace medio siglo, nadie imaginó que 15 barcos se pasarían una década pudriéndose al sol en Suez por una guerra que duró menos de una semana. Hoy, el mundo asume que la crisis de Ormuz será un bache temporal. Pero con el paso de los días, los amortiguadores se agotan y los mercados financieros crujen. El petróleo, simplemente, sigue esperando en el mar.

Imagen | Photo by Jens Rademacher on Unsplash

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