Lo que diferencia estas dos imágenes de febrero y abril no es la lluvia, es la suerte. Y se nos está acabando

Lo que diferencia estas dos imágenes de febrero y abril no es la lluvia, es la suerte. Y se nos está acabando
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La buena noticia es que marzo ha sido un mes muy lluvioso. Extremadamente lluvioso, de hecho. Es más, abril, pese a los cambios bruscos de temperatura, también ha aportado mucha agua. Un agua que hacía falta. La mala noticia es que no ha servido de nada. O de muy poco: seguimos en sequía y lo que único que hemos conseguido es un poco más de tiempo.

Una España excepcionalmente seca. Es difícil encontrar un año hídrico más seco que éste en la última década. Durante los meses que fueron entre octubre de 2021 y febrero de 2022, muchas partes del país recibieron menos del 25% de agua habitual: los versos tristes que decía Neruda que podría escribir una noche debía parecerse muy mucho al acumulado pluviométrico del sureste peninsular. Estábamos, una vez más, al borde de la catástrofe ecológica.

Sí, soy consciente de que "catástrofe ecológica" son palabras mayores. Pero lo cierto es que, como demuestra el caso del Mar Menor, es muy difícil equilibrar el desarrollo económico y el equilibrio ecológico. Y, en este sentido, muchos ecosistemas llevan muchos años en crisis y su plasticidad no es infinita: estamos cerca de un punto de no retorno en casi todas las cuencas hidrográficas del país.

Luego vino la lluvia. Decíamos hace unos meses que, aunque en las últimas décadas nuestra gestión del agua y que eso nos estaba permitiendo aguantar, estábamos algo faltos de estrategia a largo plazo. Dicho sin rodeos, cada vez dependemos más del azar meteorológico para no sobrepasar las líneas rojas de deterioro ecológico. Ese 'azar meteorológico' este año se ha llamado 'marzo', es decir, la diferencia entre estas dos imágenes.

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¿Se ha acabado la sequía? Esa es la gran pregunta que se hace todo el mundo. Buena parte del país ha pasado de estar en una situación "muy seca" o "extremadamente seca" a "muy húmeda" o "extremadamente húmeda". Eso es una buena noticia. No obstante, basta con echar un vistazo al agua embalsada (y compararlo con no solo con la media de los diez últimos años, sino con 2020 y 2021) para comprobar que lo que hemos vivido este marzo es un pequeño respiro, sí; pero no consigue sacarnos del problema estructural que vivimos.

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Esperar que llueva no es una política de gestión. Es cierto, como ya hemos analizado en el pasado, que los problemas en los embalses no solo se deben a la falta de lluvia, sino también a las disfunciones del sistema eléctrico. La pregunta es qué estamos haciendo. Como bien decía Jose María Santafé hace unos días, a medida que los largos periodos de sequía sean cada vez más numerosos y habituales (que lo serán) debemos preguntarnos, en serio, qué hacemos.

Porque "en la realidad actual, la sequía es, en buena medida, un daño creado por nosotros mismos"; el déficit hídrico es un problema, pero los enormes problemas que acumulamos a nivel de gestión (y nuestra dificultad para ordenar el sector productivo a escala regional) hacen que cualquier las tendencias climáticas se conviertan en una bomba apunto de explotar. Una bomba con la mecha cada vez más corta.

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