En 2007, cuando Marruecos inauguró el puerto de Tánger Med frente a las costas españolas, muchos lo vieron como una apuesta logística ambiciosa. Menos de dos décadas después, ese puerto no solo se ha convertido en el mayor del Mediterráneo y África, sino que ha empezado a superar en tráfico a históricos gigantes europeos como Algeciras. Lo que parecía una infraestructura regional acabó transformándose en una de las principales puertas comerciales hacia Europa.
Una puerta entreabierta a Europa. Europa lleva años intentando reducir su dependencia industrial de China y, más recientemente, proteger a sus fabricantes frente a la avalancha de vehículos eléctricos procedentes del gigante asiático. Los aranceles impuestos por Bruselas, de hecho, responden precisamente a ese objetivo.
Sin embargo, recordaba el fin de semana el Financial Times que, mientras la atención se centraba en los puertos chinos y las fábricas del interior del país, Pekín comenzó a construir una alternativa mucho más cercana: una red industrial situada al otro lado del estrecho de Gibraltar. La preocupación creciente en Bruselas no surge porque China esté exportando más coches desde su territorio, sino porque está trasladando parte de su capacidad productiva a un país que disfruta de acceso privilegiado al mercado europeo.
Mapa de los alrededores de Tánger, con Tanger Tech City (al sur), Tanger Automotive City y el puerto de Tánger Med
Marruecos como plataforma industrial. Explicaba el medio que la transformación es visible en torno a Tánger y Kenitra, donde se multiplican las inversiones chinas en neumáticos, frenos, componentes electrónicos, materiales para baterías y futuras gigafactorías. Lo que está emergiendo no son simples plantas aisladas, sino una cadena de suministro cada vez más completa capaz de alimentar la industria europea del automóvil eléctrico.
Marruecos ofrece prácticamente todo lo que buscan los fabricantes: proximidad geográfica a Europa, costes laborales competitivos, energía renovable, ventajas fiscales y una extensa red de acuerdos comerciales. Para muchas empresas chinas, producir allí resulta más atractivo que seguir fabricando en China y afrontar después las crecientes barreras comerciales europeas.
El temor de Bruselas. La inquietud europea no reside únicamente en la inversión extranjera. Lo que preocupa es la posibilidad de que Marruecos se convierta en una vía indirecta para que productos respaldados por capital, tecnología y subvenciones chinas entren en Europa con condiciones mucho más favorables.
La Comisión Europea ya ha detectado casos en los que componentes fabricados con apoyo financiero chino terminan beneficiándose de acuerdos preferenciales. El desafío consiste en distinguir dónde termina una auténtica industrialización marroquí y dónde comienza una estrategia diseñada para sortear los aranceles. Dicho de otra forma, cuanto más complejas se vuelven las cadenas de suministro, más difícil resulta responder a esa pregunta.
La ventaja geográfica de Pekín. Si se quiere también, China ha comprendido que la geografía puede ser tan importante como la tecnología. Frente a las costas españolas se encuentra un país conectado por acuerdos comerciales con Europa y Estados Unidos, dotado de puertos modernos y cada vez más integrado en las cadenas globales de producción.
Desde la perspectiva china, instalar fábricas en Marruecos no supone abandonar Europa, sino acercarse aún más a ella. En lugar de enviar productos terminados desde miles de kilómetros de distancia, las empresas pueden fabricar componentes y vehículos a pocas horas de los principales mercados europeos. La estrategia reduce costes, limita riesgos comerciales y dificulta la aplicación de medidas proteccionistas.
Una batalla por la industria europea. Lo que ocurre en Marruecos refleja una competencia económica mucho más amplia. Europa intenta proteger una base industrial que considera estratégica, mientras China busca nuevas formas de mantener su enorme capacidad manufacturera funcionando pese a las crecientes restricciones occidentales. El resultado es que el norte de África se está convirtiendo en un espacio cada vez más disputado, donde se cruzan los intereses de Bruselas, Rabat y Pekín.
Para Marruecos, las inversiones significan empleo, infraestructuras y crecimiento. Para China, representan una plataforma privilegiada junto a la puerta de entrada al mercado europeo. Y para la Unión Europea constituyen una incómoda pregunta: si la producción china puede instalarse justo al otro lado del Mediterráneo, ¿hasta qué punto los aranceles son realmente capaces de frenar su avance?
Imagen | Adam Cli, El Mono Español
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