Cabrales es conocida por su queso. Salvo que seas espeleólogo, entonces sabrás que aquí se bate un récord nacional: la Torca del Cerro del Cuevón, en Cabrales, con 1.589 metros de desnivel, es la cueva más profunda de nuestra geografía. Y solo unas pocas expediciones han logrado tocar fondo. Va desde un collado de los Picos de Europa hasta un río subterráneo, frío y oscuro. Un reto extremo que requiere entre tres y cuatro días de descenso continuo y solo cuenta con un puñado de visitas en toda su historia.
Un laberinto kárstico. Además de ser la octava cueva más profunda del planeta, el sistema del Cerro del Cuevón suma dos simas conectadas, la Torca del Cerro del Cuevón (T‑33) y la Torca de las Saxífragas (TR‑2). Dos rutas de más de mil metros. La boca principal está a 2.019 metros de altitud, en un entorno que algunos mapas venden como “paraíso del senderismo”. Una montaña hueca y hostil que pide resistencia física, logística y mental. Más que bajar, el problema es el de siempre: permanecer operativo en un entorno que castiga con humedad, verticalidad, frío y fatiga acumulada.
En 1998 un equipo franco‑español que llevaba años trabajando en la zona llegó por primera vez al fondo y batió el récord nacional. Más recientemente, descensos españoles repitieron la gesta con plan de cuatro días, tres noches bajo tierra y despliegue de sensores para medir gases, temperatura y posibles correlaciones con sismicidad. Entre una cosa y otra, la sima ha pasado años sin visitas porque no se justifica abrir un lugar así sin objetivos muy claros ni equipos muy preparados.
Por qué casi nadie baja. Exige, sin paños calientes, años de preparación. A un profesional la profundidad no le asusta, pero le preocupa la técnica que tendrá que emplear. No hay bocas intermedias ni salidas laterales, así que el descenso obliga a comerse la sima entera, con pozos encadenados, meandros estrechos, cascadas y un río subterráneo que cruza el recorrido.
Las expediciones hablan siempre de un frío que se clava, humedad saturada, ruido de agua y tramos donde avanzas milímetro a milímetro con cuerda, taladro y anclajes en la roca. El pozo Vertisueño, por ejemplo, es una sima de 40 metros que exige un equipo de progresión vertical (EPV) y ni un despiste. Metros y metros de cuerda para acabar en la Sala Maldita. El nombre lo dice todo.
Lo que hay al final. No hay un tesoro, ya lo adelanto. Ni un dragón custodiándolo. Sí hay un torrente subterráneo bautizado Marbregalo que corre por debajo incluso del pueblo de Bulnes, uno de los núcleos más aislados de España. La hipótesis más repetida es que ese flujo termine en el Cares, pero el sistema no ha sido reconocido en profundidad. Todavía se mantiene el misterio geológico. ¿Días de rápeles y agua helada para esto? Bueno, es fácil encontrar algún que otro ciempiés gigante, crustáceos varios, coleópteros, diplópodos o grietas que emiten quejidos guturales que harían las delicias de cualquier músico.
Cómo se llega (solo) hasta la boca. Si profundizar en la sima ya es de pros, llegar arriba entra en la categoría de “ruta dura pero asumible”. La carretera AS‑114 lleva de Carreña de Cabrales a Las Arenas, la CA‑1 sube hasta Poncebos y desde ahí hay que seguir a pie por el clásico camino a Bulnes.
Después toca seguir hacia la majada de Amuesa y el refugio de Cabrones —el más aislado de España, dicen, enclavado en un macizo a m 2034 metros sobre el nivel del mar—, abandonar el sendero sobre los 2.000 metros y cruzar hacia los Cuetos del Trave. Ahí se abre la boca de la Torca del Cerro. Ese tramo ya exige piernas de barranquista, orientación y respeto por la meteo, pero sigue siendo algo típico de los Picos de Europa. Lo extremo empieza en el agujero.
Una potencia subterránea. Asturias es inagotable, agotarse es fácil: siempre y cuando se acuda con víveres suficientes y se haga la progresión muy lenta y muy controlada, parece viable. El problema es que este patrimonio subterráneo sigue bastante alejado del radar popular. España suma más de 4.500 kilómetros de cuevas y concentra aproximadamente el 19% de las simas más profundas del planeta. Cuidar estos biomas también exige estrategias técnicas.
La foto famosa siempre es la misma: Torrecerredo y el Naranjo de Bulnes, cañones de hasta 1.000 metros de profundidad y un karst moldeado con las manos históricas del glaciarismo. Pero toda la fotogenia de la zona es envidiable y toda esa cornisa es un privilegio precioso. Claro que no encaja en la lógica del reto de fin de semana ni en el consumo rápido de aventuras. Pero ver desde dentro grandes pozos como el Porrón en Cantabria es algo que ninguna peli de acción puede emular. Orgullo y respeto, dicen los que saben.
Imágenes | IGME

Ver 0 comentarios