La Vía Láctea lleva miles de millones de años en el cielo. Hizo falta un desastre natural para que los vecinos de Los Ángeles la vieran por primera vez

Esta curiosa historia real es un claro ejemplo de la magnitud del problema de la contaminación lumínica

Via Lactea
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Azucena Martín

Editora

17 de enero de 1994. El Valle de San Fernando tembló bajo un gran terremoto de magnitud 6,7 que sacudió con terrible dureza la ciudad de Los Ángeles. Como es normal después de un desastre como este, las líneas de emergencias no tardaron en llenarse de llamadas de vecinos aterrorizados. Muchos eran los avisos habituales, pero había una llamada mucho más curiosa que se repitió hasta la saciedad. La de un montón de vecinos asustados por la enorme franja plateada que se había abierto en el cielo. Lo que veían, lejos de ser algo peligroso, era una clara señal de la contaminación lumínica que ya cubría Los Ángeles hace 30 años.

Solo era la Vía Láctea. En realidad, lo que estos vecinos veían no era ni más ni menos que la Vía Láctea. Muchos de ellos estaban poco acostumbrados a viajar fuera de las grandes ciudades, por lo que no habían visto nuestra galaxia surcando el cielo en toda su vida. Es precisamente por eso por lo que esta historia real se usa a menudo para concienciar sobre los riesgos de la contaminación lumínica

¿Por qué no se ve? La luz artificial de las farolas, los monumentos o los escaparates iluminados se refleja y dispersa en la atmósfera, de modo que ilumina el fondo del cielo. Normalmente, vemos las estrellas porque hay un gran contraste entre ellas y el cielo oscuro. Sin embargo, esa luz dispersada acaba casi por completo con dicho contraste. Desde la Tierra, la Vía Láctea se ve como una banda de luz muy tenue. Por eso, si no hay suficiente contraste es prácticamente imposible verla. Sigue ahí, pero está oculta a nuestros ojos.

Cuanta más contaminación, peor. La suspensión de partículas en el aire puede hacer que la luz artificial se disperse aún más. Por eso, el problema en las grandes ciudades, como Los Ángeles, es doble. Por un lado hay muchas farolas y otras luminarias y por otro lado suele haber mucha contaminación. Es normal que tantas personas no hubiesen visto nunca la Vía Láctea.

Cada vez peor. Este suceso tuvo lugar hace más de 30 años. Aunque hoy en día hay más concienciación sobre el problema de la contaminación lumínica y los Ayuntamientos de algunas ciudades diseñan los proyectos de iluminación asesorados por astrónomos y otros expertos, la situación no ha mejorado. De hecho, actualmente se calcula que el 80% de la población mundial vive bajo cielos contaminados lumínicamente. 

Usando como referencia el llamativo caso de la Vía Láctea, un estudio publicado en 2024 apunta a que el 60% de los europeos y el 80% de los estadounidenses nunca han visto la Vía Láctea. El caso de las personas que creían que se les había rajado el cielo es solo una anécdota. Sin embargo, la realidad es que los cielos ya no son lo que eran. Si no se soluciona el problema de la contaminación lumínica, las futuras generaciones no podrán disfrutar de muchos de los espectáculos que a nosotros nos ha regalado el firmamento. 

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