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No, el Medio Ambiente no es una causa perdida

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La semana pasada fue una semana negra para el medio ambiente. Como ya sabréis, Trump y sus polémicas ideas sobre política ambiental sacaron a EEUU, uno de los países más contaminantes (y más influyentes) del mundo, de los esfuerzos internacionales contra el cambio climático. Ante esto, lo fácil es volverse cínico o pesimista y acabar preguntándonos qué tenemos que celebrar en días como hoy.

Pero, aunque aún queda mucho por hacer, las muchas tendencias globales no justifican (del todo) ese pesimismo. Y el Día Mundial del Medio Ambiente es un buen momento para recordar las más importantes.

La naturaleza es (y debe ser) rentable

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En los últimos años hemos comprendido dos ideas fundamentales: que los entornos naturales tienen un enorme potencial financiero y que, además, deben tenerlo. Por ejemplo, Nueva York descubrió que mientras estaba malgastando cientos de millones en plantas de filtrado y potabilización de agua, conservar los ecosistemas de las cuencas era más barato y tenía efectos similares.

China, que se encuentra en medio de una crisis sanitaria bastante fuerte por culpa de la contaminación, también ha llegado a la conclusión de que sale más barato invertir en medio ambiente. Por eso, ha desarrollado un ambicioso plan que identifica (y protege) recursos naturales críticos y que ya tiene una plantilla de más de 4.000 funcionarios.

Pero no solo eso, hemos comprendido que, además, los ecosistemas pueden ser muy rentables. Es decir, hemos dejado de ver los bosques, los mares y las reservas de la biosfera como zonas que solo tienen valor ecológico. Si queremos que esas reservas tengan futuro, deben ser una fuente de recursos para su entorno socioeconómico local. Y en esto, combinar un turismo verde y responsable con nuevas industrias forestales intensivas en tecnología parece ser la clave de los grandes planes de conservación ambiental.

Las ciudades están cambiando

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Junto a esta nueva forma de entender los espacios protegidos, estamos viviendo una transformación sin precedentes del espacio urbano. Y es que las ciudades se enfrentan a tal cantidad de problemas de contaminación, de movilidad y de caída de la productividad que se ven avocadas a una reforma integral parecida a la que supuso la revolución industrial.

Eso conlleva repensar los medios de transporte, sí; pero también las cadenas de distribución y producción de suministros que llegan a las ciudades todos los días. Hoy por hoy ese sistema es ecológicamente insostenible. En Europa se desperdician 88 millones de toneladas de comida cada año. El equivalente a lo que necesitaríamos para alimentar 495 millones de personas, según los expertos. Por eso, la Unión Europea planea reducir a un 50% sus residuos antes de 2030.

La energía solar es imparable

Aunque según cuentan, en la decisión de Trump ha pesado mucho la idea de 'salvar el carbón norteamericano', lo cierto es que eso no va a poder ser posible en un futuro cercano: las energías renovables están rompiendo con todos los récords que conocemos y están empujando hacia abajo el precio de la energía. Con un poco de suerte, la tecnología expulsará al carbón y al resto de combustibles fósiles del mundo de la energía en muy poco tiempo.

La última razón es política

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Y seguramente es la menos importante. La prensa norteamericana no se ha cansado de repetir que, esta jugada, aisla internacionalmente a EEUU y cede el testigo de todo un enorme conjunto de políticas (no sólo) ambientales a China y Europa. Eso es cierto, pero hay más.

El Acuerdo de París no es un tratado de cuotas y restricciones. Así fue el "fracasado" Protocolo de Kioto. París optaba por otro juego basado en la transparencia y la presión de la opinión pública.

Y por eso lo que están pensando muchos expertos y activistas es que los ataques de Trump pueden tener un efecto rebote sobre la opinión pública y eso puede acabar llevando a que muchos países acaben redoblando sus esfuerzos contra el cambio climático. Aunque esto depende, más bien, de todos nosotros.

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