Hace casi 40 años ya que un equipo de profesionales de la biología capturó al último cóndor californiano que volaba libre consumando así la tragedia: la especie se había extinguido oficialmente, al menos en la naturaleza. Sin embargo, esa captura fue por una buena intención: el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos iniciaba así el programa para su recuperación. A finales del año pasado el inventario de cóndores superaba por primera vez los 600 ejemplares, con casi 400 ya en libertad.
Pero esa recuperación costó sangre, sudor y lágrimas. Bueno, es un decir: supuso un enorme gasto de dinero, conflictos y mucha polémica sobre el precio de mantener la biodiversidad. Esa es la pregunta que se discutió hasta ayer 30 de octubre en la cumbre de biodiversidad de la ONU en Ereván: quién decide qué especies se salvan y quién asume los costes. Y en esa conversación falta alguien clave: las comunidades locales y los pueblos indígenas. Son quienes más sufren las consecuencias, pero su papel en la toma de decisiones es testimonial.
Queremos salvar especies pero no sabemos cómo. En 2022 los países firmaron el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, que tiene como objetivo proteger el 30 % de tierras y mares del planeta, detener las extinciones causadas por el ser humano y reunir 200.000 millones de dólares al año hacia 2030. En ese acuerdo no se decide qué especies salvar, pero sí que orienta las prioridades nacionales y hacia qué se destinan los fondos.
La cara B de la conservación. Volvamos al caso del cóndor porque es el ejemplo ideal para ilustrarlo: pasó de 22 aves en 1982 a más de 600 y en el camino hubo críticas por el coste, por las restricciones de uso del suelo en comunidades rurales y por la oposición de grupos de caza a la prohibición de usar munición con plomo, una de las principales causas de muerte de la especie por envenenamiento.
La vuelta del lobo en Europa tampoco ha estado exenta de polémica: la convivencia conlleva peajes a pagar y las quejas y presiones de los ganaderos han llevado a que en algunas regiones de España se permita su caza, pese a que hoy existen fondos de la UE para proteger el ganado. Hay un caso extremo del "coste humano" en Tanzania, donde los masái llevan años resistiéndose a las órdenes de abandonar sus tierras porque estas están en una zona de conservación, el Área de Conservación de Ngorongoro.
Y en España. Además del lobo, hay otros casos de recuperaciones de especies como el lince ibérico, que pasó de menos de un centenar de ejemplares en 2002 a 2.663 censados en 2025 en la península, una cifra que el propio Ministerio considera un mínimo. De hecho, la UICN rebajó la amenaza de "en peligro" a "vulnerable". Como pasa con el cóndor, buena parte de culpa de su regreso está en la cría en cautividad y la reintroducción, y como él, su éxito tiene letra pequeña: los atropellos causan el 77,9 % de las muertes registradas. En pocas palabras: para que tenga el espaldarazo definitivo habría que explorar opciones dentro de la infraestructura para protegerles.
El quebrantahuesos, que vive en los Pirineos de Navarra a Cataluña, siguió un camino parecido: en 1986 desapareció de Andalucía y quedaban unas 40 parejas en el Pirineo, y hoy se mantienen reintroducciones en Andalucía, Picos de Europa y los sistemas Ibérico y Central. Como pasa con el cóndor, SEO BirdLife señala el problema del plomo en la munición de caza, además del veneno. Y nuevamente, para su recuperación hace falta acción humana: el proyecto LIFE en Picos de Europa incluyó patrullas antiveneno, comederos con aporte de carroña y una red de escuelas. Porque salvar a la especie es solo la mitad de trabajo, la otra mitad consiste en mantener las condiciones y la implicación local para que permitan que la especie se asiente y no vuelva a caer.
Por qué importa. Porque hay un millón de especies en riesgo de extinción en todo el planeta y ya vamos tarde con nuestros objetivos. Teniendo en cuenta que el presupuesto es limitado, toca elegir qué proteger y qué dejar atrás y la elección no es en absoluto neutral: según un estudio que analizó más de 14.000 proyectos entre 1992 y 2016, cinco grupos de mamíferos (primates, carnívoros, ballenas, elefantes y rinocerontes) se llevaron el 86 % de la financiación. El resto, para todo lo demás.
Sin embargo, el patito feo fueron las plantas e invertebrados: pese a ser fundamentales para la polinización, solo se llevaron el 6,6%. Friendly reminder que descuidar los polinizadores amenaza tanto a la diversidad de la flora como lo que llega a nuestro plato.
En Xataka | Aquella vez que el ejército australiano sacó los tanques contra los emús... Y perdió
Portada | Thomas Fuhrmann
Ver 0 comentarios