No sé muy bien cómo escribir esto para no resultar desagradable, pero Nietzsche tenía razón. Sí, tenía un bigote raro, se ponía hasta arriba de opio y le encantaba dar largos paseos por los Alpes; pero tenía razón.
Al menos en lo que se refiere a una de sus ideas más aparentemente inocuas, pero más radicales: que a menudo da igual si alguien tiene razón o no, que la decisión de estar de acuerdo con ellos la tomamos previamente, que lo que más nos importa es el tono, las formas. Lo demás, aunque no moleste reconocerlo, no importa.
150 años después de Nietzsche, la ciencia cognitiva le ha dado la razón.
¿Qué quería decir Nietzsche...? En 1878, en plena ruptura con Wagner y Shopenhauer, Friedrich Nietzsche publicó 'Humano, demasiado humano'. Fue su primer libro de aforismos y en el que abandona la estética romántica y se propone encontrar una nueva forma de observar el mundo.
En ese libro, el filósofo austriaco hace una radiografía completa de la cacharrería psicológica de los seres humanos. "De las pasiones nacen las opiniones", dice en el aforismo 637. "Las convicciones son enemigos más peligrosos de la verdad que las mentiras", escribe en el 483. Pero el que nos interesa es el 303.
Donde Nietzsche descubrió el sesgo de confirmación. "A menudo, contradecimos una opinión cuando en realidad lo que nos resulta desagradable es tan solo el tono con el que fue expresada", dice ese aforismo. Y eso se parece mucho a lo que la moderna ciencia cognitiva llama 'sesgo de confirmación': la tendencia a buscar, interpretar y recordar información de tal forma que se refuerzan las creencias, expectativas o hipótesis preexistentes.
Primero nos formamos una idea por el tono del que nos habla y luego la justificamos. Simple, limpio y perfectamente confirmado por la evidencia. Al fin y al cabo, lo que hizo Nietzsche es anticipar muchas de las ideas que a Kahneman y Tversky le valieron el premio Nobel.
Pero eso poco importa, lo que importa es lo que podemos aprender. Y es que, bajo esa fama hosca y salvaje, Nietzsche tiene un montón de ideas útiles. Esta intuición, sin ir más lejos, tiene una aplicación directa y cotidiana: cuando alguien se dirige a nosotros con un tono que percibimos como agresivo, condescendiente o arrogante, nuestro cerebro activa mecanismos de defensa que impiden que procesemos racionalmente el contenido.
No evaluamos qué nos dicen, evaluamos cómo nos lo dicen. Reactancia, sesgo de confirmación y racionalización post-hoc: el combo perfecto para actuar automáticamente sin atender razones ni consecuencias.
De la misma forma, la reflexión nietzscheniana nos sirve para pensar en cómo nos dirigimos a los demás. Y eso, sí que merece la pena.
Imagen | Xataka
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