"Nos está idiotizando": hablamos con los jóvenes españoles que rechazan utilizar la IA conscientemente

"Nos está idiotizando": hablamos con los jóvenes españoles que rechazan utilizar la IA conscientemente

Pese a que su uso es generalizado, las actitudes anti-IA entre parte de las nuevas generaciones están dejando de ser un tabú

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Utilizando Ia
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Anabel Cuevas Vega

Colaboradora
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Anabel Cuevas Vega

Colaboradora

Mientras la IA se integra cada vez más en los estudios, el trabajo y la vida cotidiana, un fenómeno paralelo y aún minoritario se gesta en el subsuelo de la opinión pública y de los entornos profesionales: la de una corriente de jóvenes que mira esta tecnología con escepticismo, cansancio o rechazo. Algunos intentan limitar su uso; otros directamente la rechazan.

Aunque las generaciones jóvenes han acogido e integrado con rapidez estas herramientas en su día a día, hay estudios que apuntan al crecimiento de cierta reticencia. Una encuesta realizada este 2026 por la Fundación Walton Family, GSV Ventures y Gallup desvela cómo a pesar de que el 51% de la Generación Z estadounidense afirma usar IA semanalmente, “las emociones negativas hacia ella se han intensificado en el último año”. El estudio refleja la preocupación por el “coste” que puede tener el uso continuado de esta tecnología en “la creatividad o el pensamiento crítico”. 

Diego Castilla, miembro de la Asociación estudiantil de Historia de la Universidad Carlos III de Madrid, es uno de ellos. En su opinión, “la IA estupidece la mente”. Entiende que el uso de esta tecnología está impulsado por unos ritmos académicos y laborales cada vez más difíciles de sostener. Él intenta mantenerse al margen y asegura que solo la utiliza de forma “muy puntual y concreta”, porque está convencido de que “crea malos hábitos”. Para él, además, hay algo fácilmente reconocible en los contenidos generados por IA: “Se nota. A lo hecho por IA le falta alma”.

En esta línea, Marcos, diseñador gráfico de 26 años, cree que la gente joven lidera la “resistencia” o el “rechazo” a la IA. Mientras observa cómo las generaciones de más edad sienten una auténtica fascinación por esta tecnología —“les encanta hacer canciones, vídeos e imágenes”— y aceptan su uso sin apenas cuestionarlo, percibe entre los jóvenes una mirada mucho más crítica.

Frente a la “devoción” que detecta en algunas personas mayores, Marcos observa en la juventud una creciente necesidad de “escapar de la IA”. De hecho, considera que cada vez gana más fuerza el interés por “lo físico”: “Veo a más gente joven interesada en tener libros, acudir a talleres de artesanía o bailar…”. Actividades que, en su opinión, responden al deseo de alejarse de lo digital, “descansar” y volver a “conectar”.

“Existen muchos motivos válidos para rechazar la IA”

El impacto ecológico, la posible pérdida de autonomía, el potencial riesgo para determinados profesionales, el poder acumulado por las grandes compañías tecnológicas detrás de estas herramientas… Las razones para tomar distancia con la IA son múltiples.

Marcos Escudero-Viñolo profesor titular en la Escuela Politécnica Superior de la Universidad Autónoma de Madrid, conoce a varios perfiles que muestran un rechazo total a la IA: “Algunos por razones neoluditas, es decir, rechazan la IA por sus impactos sociales; otros por razones decrecentistas, es decir, la rechazan atendiendo a sus enormes impactos ecológicos; otros practican la resistencia o el boicot activo a esta tecnología, por ejemplo, como una crítica a la heterenomía que implican. Algunos combinan estos y otros factores”. 

Aunque estas posturas parecen ser minoritarias, están presentes especialmente entre perfiles jóvenes vinculados a colectivos ecologistas o decrecentistas —como Ecologistas en Acción, beyondGrowth o Tu nube seca mi río—, pero, según Escudero-Viñolo, también entre estudiantes, investigadores o algunos profesionales.

antiai (Unsplash)

Para Francisco José Estupiñá Puig, profesor contratado doctor de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid y codirector del grupo de investigación en conductas adictivas Controlab, “existen muchos motivos válidos para rechazar la IA”, y estos pueden enmarcarse en “posicionamientos éticos, políticos o ecológicos”. 

En algunos sectores el escepticismo —que muchas veces no llega a rechazo— se percibe con más intensidad. “Es más común que desde el ámbito artístico se puedan sentir amenazados e incluso generar un rechazo muy fuerte”, apunta César Poyatos Dorado, docente de tecnología educativa en la UAM. Lo corrobora Marcos, diseñador gráfico, que encuentra en su entorno profesional una creciente reticencia hacia los trabajos generados íntegramente con IA.ç

Paula Jiménez, content creator en una agencia de comunicación de 27 años, siente que “la IA nos está idiotizando”. Le preocupa el uso generalizado que se hace de estas herramientas para llevar a cabo “tareas creativas y humanas”, y cree que esta preocupación cada vez se hace más evidente entre los jóvenes: “De hecho, me considero una de esas jóvenes que reivindica no hacer cosas con la inteligencia artificial”. En esta misma línea, Marcos, estudiante de Historia y Política de 19 años, observa entre su grupo de amigos “un gran rechazo a la IA”, y aunque cree que esta postura no es la mayoritaria entre los jóvenes, sí la considera cada vez más común. 

Entre el rechazo y el uso crítico

“Es igual que cuando un fumador te reconoce que el tabaco es malo pero sigue fumando. Los jóvenes usan la IA porque es un recurso muy práctico pero tienen temor de que las IAs puedan sustituir a las personas en sus puestos de trabajo, critican que aquello creado por Ia no es tan creativo o interesante…”. Así explica María Ángeles Gutiérrez García, profesora, la relación ambivalente que tienen muchos de sus alumnos con esta tecnología; son “capaces de sacar muchos argumentos en contra de la inteligencia artificial a pesar de que la usen”.

Manuel Armayones, catedrático en Diseño del Comportamiento de la Universitat Oberta de Cataluña, cree que esa tensión entre uso y rechazo responde a una sensación creciente de incomodidad. “Utilizan la IA, pero al mismo tiempo no tienen claro hasta qué punto hacerlo es legítimo o les perjudica a largo plazo (...) Estamos ante una tecnología que no solo cambia cómo hacemos cosas, sino cómo pensamos, decidimos y nos percibimos como profesionales”, explica.

Photo 1710993011836 108ba89ebe51 (Unslpash)

Según Armayones, muchos jóvenes sienten que integrar la IA es casi obligatorio para no quedarse atrás, pero al mismo tiempo temen ser quienes dejan de tomar las decisiones y pasar a tener un papel de supervisión: “Por eso, más que rechazo frontal, muchas veces lo que vemos es una necesidad de poner límites y de entender qué papel queremos tener nosotros en ese sistema”.

Este limbo entre el rechazo y el uso crítico se refleja perfectamente en la content creator Paula Jiménez, que, aunque reconoce utilizar la IA para “tareas muy automáticas”, admite cierta alarma: “Me preocupa que la inteligencia artificial me vuelva idiota”. Esa contradicción también atraviesa su entorno: compañeros y amigos recurren constantemente a estas herramientas, pero al mismo tiempo miran con escepticismo los trabajos creados íntegramente con IA. “Creo que hay un movimiento, sobre todo entre los jóvenes, para dejar de hacer cosas con IA”, reflexiona, “puede que esté ligado a esa nostalgia por recuperar el pasado. Siento que mi generación mira las cosas con mucha nostalgia y trata de volver a lo analógico”. 

Por su parte, a sus 19 años, Marcos califica de “peligroso” el uso de la IA prácticamente en cualquier ámbito. “Si te acostumbras a que un chatbot piense, escriba y lea por ti ¿cómo vas a pretender saber pensar, escribir y leer?”, se pregunta. A pesar de que es crítico con esta tecnología —”si dejamos de razonar porque no nos parece útil, perderemos nuestra humanidad”—, reconoce que hay ocasiones en las que se ha “rendido” a su uso.

¿Es posible evitar la dependencia?

Raquel, una joven de 25 años que trabaja en el ámbito sanitario, reconoce que no utiliza IA en su trabajo: “No la necesito”. Sin embargo, observa justo lo contrario en parte de su entorno. Tiene amigas que, asegura, “usan la IA para absolutamente todo”: “Para contar cuántos días quedan hasta una fecha concreta, para encontrar cajeros de su banco, saber qué vino comprar…”. 

Esa dependencia diaria es precisamente una de las cosas que más le incomodan. Aun así, cree que escapar completamente de estas herramientas se está volviendo cada vez más difícil, “incluso aunque tengas una visión crítica sobre ellas”, porque la IA ya se ha integrado en servicios tan básicos como los propios motores de búsqueda.

Escudero-Viñolo sostiene que, paradójicamente, el propio sistema está empujando a los jóvenes a usar IA incluso aunque tengan reservas sobre ella. En el ámbito universitario, asegura, las tareas empiezan a diseñarse dando por hecho que los alumnos utilizarán estas herramientas, aumentando su complejidad y dificultando completarlas sin el apoyo de estos modelos. “Les están forzando a usarla porque no llegan”, señala. Al mismo tiempo, esta adopción masiva se está produciendo “sin tener mucha idea sobre todos los impactos posteriores que puede tener”, especialmente en el desarrollo de competencias y capacidades cognitivas. 

Aunque pueda existir un uso generalizado de las herramientas de IA entre las generaciones más jóvenes, “es prematuro hablar de adicción”. Francisco José Estupiñá Puig, profesor contratado Doctor de la Facultad de Psicología de la UCM y codirector del grupo de investigación en conductas adictivas Controlab, prefiere hablar de “dependencia”. Estupiñá Puig plantea un futuro posible donde la IA “se acabe haciendo indispensable para muchas personas, como lo es ya el teléfono o la conexión a internet”. 

Photo 1692607431230 5fabd2b717cb (Unsplash)

Desde la tecnología educativa, Poyatos Dorado ve indispensable “no delegar nuestro pensamiento en la IA”: “Si la IA escribe por ti, es que piensa por ti”. Mientras, para Gutiérrez García una “visión crítica de la IA puede ser interesante, pero no suficiente”. Sobre todo en un contexto en el que “la gente se agarra a su uso como un clavo ardiendo”.

Desde la psicología, Estupiñá Puig destaca la importancia de “plantear límites de uso y buscar interacciones delimitadas”, manteniendo un “propósito definido y objetivos claros”. Para el experto, un uso acrítico de estas herramientas puede tener consecuencias en dos planos: tanto en la salud mental —especialmente cuando la IA empieza a ocupar espacios de apoyo emocional o incluso terapéutico— como en el intelectual. 

“Que uno de los tres usos más populares de ChatGPT sea usarlo como psicoterapia, lo que es una pésima idea, nos habla de un problema de regulación tanto como uno de acceso a recursos para mantener la salud mental”, señala. Y añade otra advertencia: “Hay que tener cuidado con la posibilidad de que un uso asiduo no estructurado debilite nuestro pensamiento crítico”.

En un contexto en el que se exige desarrollar una relación con una tecnología que en muy poco tiempo se ha integrado de forma masiva en el día a día —y que, además, facilita enormemente muchas tareas—, Escudero-Viñolo recuerda que la “estabilidad” es un factor clave para poder reflexionar sobre su uso. Cuando el ritmo diario apenas deja espacio para detenerse, pensar y cuestionar hasta qué punto dependemos de estas herramientas, resulta mucho más difícil plantearse límites o formas alternativas de relacionarse con ellas.

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