En un pueblo de León hay 150 proyectores de cine que deberían estar en un museo. El problema es que todos funcionan

Durante años, los cines tiraron sus proyectores vetustos a la basura. Miguel empezó a recogerlos y ya tiene más de 150

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Isra Fdez

Editor

En Veguellina de Órbigo (León) nadie conoce a Miguel Pérez García, porque allí lo conocen como "Trébol". Empezó a los 14 años en una cabina de proyección. Hoy reconstruye máquinas que ya nadie fabrica. Su vida es de película aunque su amor por las ídem alberga el verdadero relato.

Porque en la Calle Pío de Cela, número 3, duermen más de 150 proyectores, en un local municipal transformado en almacén. Todos son suyos y "todos funcionan", recalca Miguel. En 2013 sumaban más de 70 pero no quiso parar ahí porque hay quien considera que estos artilugios no sirven y se plantea tirarlos. Entran unos seis aparatos al año y dedica semanas enteras a restaurarlos. Ahora quiere abrir, por supuesto en su pueblo natal, un museo con lo recopilado.

El catálogo. Miguel tiene de todo, desde una linterna mágica de 1895-1900, un Pathé Baby a manivela, de los años veinte, pensado para el salón de casa, un Marín comprado en Infiesto, de los que recorrían pueblos en el cine ambulante, un Kinoton que exigió seis hombres para desmontarlo, hasta el último proyector de los Cinebox de Barcelona, en servicio hasta 2004. Y más: algunos Philips, Eumig y Bauer… la lista es enorme.

El último en llegar fue un Yelco Super 8 con sonido magnético. Apareció con la correa podrida y la lámpara fundida, así que Miguel ya tiene "para entretenerse". En el taller se apilan rollos del Nodo, un amplificador de válvulas y una pantalla de ocho metros. En 2013 guardaba además cortos mudos de autores desconocido sobre la minería leonesa, el arroz y la pesca de la caballa.

Un accidente. Así describe el momento cero del coleccionismo. El festival aéreo de 1996 en Valladolid acabó con una exhibición acrobática fallida. Allí, un mecánico de aviación le ofreció un proyector llegado de Canarias, completamente escacharrado. Aquella fue la pieza número uno. Ya trabajaba de electricista, así que la experiencia le sirvió para poner en marcha una máquina que avivó una pasión de siempre.

Miguel dice que ya de crío rebuscaba en la chatarra para pagarse el cine: una entrada cada dos meses. A los 14 conoció a Adolfo García, "Fines", operador y pintor. Él le enseñó a limpiar el proyector y a empalmar rollos con acetona, con la película en marcha. Su primera cabina: el cine Gordón. Su primera máquina: una Ossa VI-C. 

Ossa, por cierto, era un fabricante de proyectores de 35 mm de los años 20. El nombre viene de sus siglas: Orpheo Sincronic Sociedad Anónima. En los sesenta copaba casi todas las cabinas españolas. Fabricó motos desde 1948. Y su logo es un trébol de cuatro hojas. Casualidad con el apodo de Miguel, nada más. Como fuera, la marca cerró en 1982 y, desde entonces, Miguel ha ido reconstruyendo algunos proyectores pieza a pieza. Porque no existen recambios.

Por qué no hay recambios. Manejar aquellos armatostes era caro de mantener y requería cierta pericia técnica. La digitalización hizo el resto, ya se sabe. En 2018, el 98,6 % de las pantallas españolas proyectaba en digital: 3.469 salas. Entre los cines sin pantalla digital, el 96,4% eran pequeñas salas únicas. Un trabajador de cines nos contó que en 2013 su sala no conservaba un solo proyector de 35 mm. 

El proceso se aceleró con las cadenas: Cinesa, Yelmo, Odeon, Cinesur… que desplazaron la tarde de ver películas en un teatro a verlas en un centro comercial. Pero claro, se estima que una copia de 35 mm equivale a 8K. Los primeros proyectores digitales rendían, como mucho, en 2K. Perdimos calidad, definición y calor. A cambio, ganamos en ubicuidad y un ritmo mucho más acelerado de procesamiento, copia y distribución.

El oficio de cortar besos. Por supuesto, la censura reinaba en aquellas cabinas de antaño. El jefe cortaba los besos. Cinema Paradiso hizo del oficio un mito: el proyeccionista Alfredo guarda en una bobina los besos cortados y se la lega a Totó. Su director, Giuseppe Tornatore, fue proyeccionista de joven. Si Miguel se siente un poco Totó, Fines fue su Alfredo. Después pasó por otras salas, entre ellas el Imperial de Benavides de Órbigo y el Tagarro de Astorga, mientras compaginaba el oficio de operador con su trabajo como electricista. 

Fue en Astorga cuando se rompió el eje de la polea en plena función y la gente se quejó. En Sudamérica llamaban "cácaro" al operador: si fallaba la sesión, el gallinero cacareaba. Ni corto ni perezoso, giró la bobina a mano hasta el final. Para enlazar la segunda cinta sin cortar la sesión, sacó 22 metros de película y empalmó con un pincel de acetona. En 1980 dejó el trabajo y entró en la azucarera de Veguellina. Año y medio después, cerraba el cine por falta de afluencia.

Su película. La vida y labor de Trébol, que ha sido premiado con la Medalla Lumière en 2016, y premio de honor de Luna de Cortos, en 2026, también fue objeto de un documental. Bal Ferrero dirigió ‘Trébol, el proyeccionista. Una historia real con un guiño al surrealismo’, tras año y medio de rodaje. Estrenaron en el Cine Velasco de Astorga. Ahora compite en el Barcelona Indie Filmmakers Fest 2026 y la seleccionaron para Lift-Off Global Network Sessions 2026.

Una de las escenas se rodó en Sad Hill, el cementerio burgalés de ‘El bueno, el feo y el malo’. El motivo es claramente porque el género favorito de Miguel. Iba al cine los domingos y a veces los jueves, cuando ponían las del oeste. El Ejército español levantó aquel decorado en 1966, en tres días, con más de 5.000 tumbas. Quedó abandonado durante 49 años, pero un grupo de voluntarios lo desenterró en octubre de 2015. Es más, el documental de aquel rescate, ‘Desenterrando Sad Hill’, optó al Goya 2019 a mejor documental.

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Un museo de verdad. Ese es su sueño: convertir su archivo en el Museo del Cine de Veguellina. "Nadie se piensa que en un pueblo como este haya algo de tanta categoría y, sobre todo, que funcione", decía. "Todo esto no puede quedar tirado", apunta para el HuffPost. Hay interés foráneo por comprar piezas, y él se niega, mientras el alcalde, José Manuel Aceves, define la colección como única en España. No dice ninguna mentira: No es el Museo del Cine de Villarejo de Salvanés (Madrid), el cual ostenta el récord con más de 200 cámaras a lo largo de 500 metros cuadrados, pero sería el segundo.

Miguel también busca relevo, que los jóvenes aprendan a valorar esta tecnología (y usarla). Sus sesiones de cine de verano, en el barrio de Portugal, acabaron con sopas para el público: más de 500 raciones de congrío y, entre las emitidas, un clásico: ‘La diligencia’, de John Ford. El Trébol quiere honrar la memoria de quienes hicieron posible que la magia del cine llegara hasta los pueblos. La pelota, o la cinta, está ahora en el tejado gubernamental.

Imágenes | Pexels (Sami Türk)

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