Si aún no tienes plan para la noche de Halloween, te propongo uno: quedar con tus amigos, inventar un fantasma y charlar con él. No, no se me ha ido la cabeza. Justamente lo que te propongo ya lo hizo en los años 70 un equipo de científicos del Grupo de Investigación Parapsicológica de Toronto. Básicamente, querían comprobar si los fenómenos que se dan normalmente durante las sesiones de espiritismo se deben a factores externos o algo relacionado con las personas que participan en ellas. Para estudiarlo, se inventaron un fantasma al que bautizaron como Philip. Todo iba bien hasta que un día Philip empezó a comunicarse con ellos.
Philip Aylesford. Para dar más realismo a su experimento, estos científicos inventaron la historia de su fantasma. Se trataba de un hombre llamado Philip Aylesford, señor de Diddington Manor en el siglo XVII. Aunque el nombre de su señorío suene a chiste, es un lugar real de Inglaterra. En la historia, el pobre Philip se había casado por motivos políticos con una mujer a la que no quería, por lo que acabó enamorándose de otra mujer a la que su esposa, cuando se enteró, acusó de bruja. Después de ver cómo ejecutaban a su amada, Philip se había suicidado tirándose desde un muro. En las sesiones de espiritismo realizadas por los científicos, simplemente se limitaban a intentar hablar con él, sin ninguna treta. Para sorpresa de nadie, el fantasma no se comunicó con ellos. Pero después algo cambió.
Espiritismo victoriano. Para dar un toque más de realismo a su experimento, estos científicos decidieron emular las condiciones en las que se realizaban las sesiones de espiritismo en la época victoriana. Este periodo estuvo muy marcado por el espiritismo. A menudo, las personas de la alta sociedad contrataban a médiums para dar un toque distinto a sus fiestas y muchísimas personas aseguraban haber hablado con sus seres querido (y no tan queridos) fallecidos.
En este caso no hubo nadie que hiciese de médium, pero sí que se imitaron los cánticos, chistes, charlas relacionadas… Poco a poco, la mesa empezó a vibrar y a deslizarse, a veces incluso parecía que levitaba, y Philip se comunicó con ellos: un golpe para “sí”, dos para “no”.
Posibles explicaciones. Ninguno de los científicos se esperaba lo que ocurrió, así que todos se lanzaron a hacer sus conjeturas. Uno de ellos, George Owen, señaló que este experimento era la demostración de que cualquier persona podría aprender psicoquinesis si era capaz de concentrar energía mental. El resto, en cambio, pensaron que se trataba de un caso de efecto ideomotor.
¿Ideoqué? El efecto ideomotor fue una de las hipótesis que se lanzaron en la época victoriana para explicar los múltiples casos de comunicación con los muertos que ocurrían en las sesiones de espiritismo. Casi todas coincidían en que había movimientos de mesas, péndulos que basculaban o golpes. Justo lo que hacía Philip para comunicarse. Según científicos de la época como el médico William Benjamin Carpenter, ciertos pensamientos, ideas o expectativas pueden provocar movimientos musculares involuntarios. Por lo tanto, las personas sugestionadas serían las que moverían el vaso sobre la ouija o provocarían el temblor de la mesa, por ejemplo.
El poder de la sugestión. La sugestión es mucho más poderosa de lo que parece. La literatura científica está llena de ejemplos de epidemias misteriosas que terminaron siendo casos de “histeria colectiva”, como la epidemia de risa de Tanganica de 1962. Hasta 95 niñas de un mismo internado experimentaron esta curiosa afección, caracterizada por una risa descontrolada que duraba desde unas pocas horas hasta 16 días, con una media de una semana. Durante meses, se siguió extendiendo por más colegios de la zona, con cientos de personas afectadas.
La histeria colectiva, conocida también como enfermedad psicógena masiva se da cuando una serie de síntomas aparecen en varias personas simultáneamente sin causa aparente, simplemente por pura sugestión. Suele asociarse al estrés y la ansiedad, algo que puede darse cuando estás intentando hablar con los muertos. Cuando eso se junta con el efecto ideomotor, el resultado puede ser imparable. Eso explica lo que le pasó a aquellos científicos en los 70. Al menos, gracias a eso, el pobre Philip tuvo unos cuantos amigos nuevos con los que hablar.
Imagen | Colton Sturgeon (Unsplash)
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